enero 20, 2012

Scorsese, el ilusionista

por Mauricio González Lara

En el documental A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (1995), el ya casi septuagenario realizador estadounidense narra cómo los directores que trabajan en Hollywood generalmente operan bajo una de tres modalidades distintas: ilusionista, contrabandista e iconoclasta.

Los “ilusionistas” son los que conciben al cine como un oficio similar al de los magos, capaces de robar el aliento del espectador con trucos y efectos nunca antes vistos. Los “contrabandistas”, más artesanos que magos, son dedicados trabajadores que infiltran sus obsesiones autorales en estructuras convencionales diseñadas para obtener el financiamiento y “luz verde” de los estudios; son aquellos capaces de camuflar su estilo y temas personales en películas engañosamente genéricas y populares. Los “iconoclastas”, los más ambiciosos, son los que rompen con todo y redefinen las reglas del juego.

Vale la pena retomar la clasificación para entender a plenitud la intención de La invención de Hugo Cabret, un sentido homenaje de Scorsese a los “ilusionistas” que fundaron el “séptimo arte”, a los demiurgos que comprendieron su poder y potencialidad. Como lo ha hecho durante una buena parte de su carrera, Martin se torna una vez más en “contrabandista” para alcanzar su objetivo. La carga oficial de la cinta, el camuflaje, es la vida de Hugo Cabret, un niño huérfano que habita de manera secreta en la estación de trenes de París durante los años 30; el contrabando, lo que realmente le interesa contar a Scorsese, es una fantasía basada en el mítico George Méliès, el mago/director de la icónica Viaje a la Luna (1902).

La carga oficial -casi toda la primera hora- es trámite y tedio; el contrabando, sin embargo, es opio puro, espectacular. Apropiadamente, el contrabando también es una ilusión: del intrusivo rostro caricaturesco de Sacha Baron Cohen al detalle de la profundidad de campo de la estación de trenes, nunca habíamos visto un truco de magia en tercera dimensión tan logrado como éste. El entusiasmo de Martin ante las posibilidades expresivas del formato es de alcances epifánicos. Caer en el lugar común y afirmar que la cinta más reciente de Scorsese es el Ciudadano Kane de la 3D no es ninguna exageración, es simplemente hacerle justicia. Ya sabíamos de la maestría de Scorsese como contrabandista e iconoclasta (por lo menos Taxi driver, Buenos muchachos y La última tentación de Cristo son lo suficientemente disruptivas para acreditarlo como tal), pero ignorábamos que a estas alturas pudiera transformarse en entrañable ilusionista.

Con La invención de Hugo Cabret, a los 69 años, Martin reclama su lugar como uno de los grandes magos del cine. Llenos de asombro, sólo podemos aplaudirle.

+Una versión reducida de este texto aparecerá en el número de febrero de la revista Deep.

diciembre 31, 2011

Las películas del 2011

por Mauricio González Lara

Estas son las 15 películas que más me gustaron en el 2011. Como siempre, sólo enlisto cintas estrenadas en el circuito comercial.

1 De dioses y hombres. En un año en el que varios directores intentaron conectarse con irritante grandilocuencia al cosmos divino, Xavier Beauvois entregó una cinta cuya espiritualidad radica en la más humilde de las trascendencias: el sacrificio por los demás. La última cena de los monjes, con esa danza de rostros y emociones conscientes de su fatal destino, es invencible. Imposible no querer abrazar a esos hombres. Somos más hermosos cuando somos más vulnerables. De dioses y hombres entiende esto y lo exponencia al máximo. Mi favorita del 2011.

2 El juego de la fortuna (Moneyball). Si realmente lo deseas y cuentas con la habilidad natural básica, nos dice el ethos del sueño deportivo americano, la victoria será tuya. El tema central de Moneyball es una trasgresión de toda esa basura: no importa qué tanto lo quieras, o incluso si eres insólitamente talentoso, la diferencia entre ganar la serie mundial y quedarse en los últimos lugares radica en estrategia y estadísticas, en números y horas nalga. Nada más. Que una premisa tan cruel y aburrida sea el cimiento de una de las cintas deportivas más emocionantes de todos los tiempos no es mérito menor. El guión de Aaron Sorkin y Steven Zaillian, ácido y sostenido, es ejecutado con inteligencia por Bennett Miller, quien evita todos los clichés del género con astuta frialdad. Lo más sorprendente es Brad Pitt, quien carga la película sobre sus hombros con el aplomo y simpatía del más clásico Robert Redford.

3 El planeta de los simios (R)evolución. La libertad es ruptura y paroxismo. Eso se sabe. Sin embargo, nunca lo habíamos visto plasmado con tanta claridad como con ese “no” emitido por César en el segundo tercio de esta precuela a la famosa saga de los changos. Casi se puede sentir cómo la gente se queda clavada en sus asientos. Increíble. Un clásico instantáneo. Mención aparte merece el trabajo de Andy Serkis como César, la criatura más expresiva que ha dado hasta hoy el “motion capture”.

4 Senna. Words of advice for Michael Mann: la legendaria rivalidad entre Ayrton Senna y Alan Prost, centro de gravedad de este trepidante documental dirigido Asif Kapadia,  debería ser el tema de su próxima película: hombres  con códigos morales propios enfrentados en escenarios visualmente delirantes.  Heat on wheels! Hágame caso, en serio.

5 Fish tank. Más cerca del espíritu de Mouchette que del cine de Ken Loach, este retrato de una adolescente atrapada en la pecera de las cero expectativas de la clase trabajadora inglesa es un acto de equilibrio ajeno al trazo gordo y reduccionista que suele caracterizar al “drama social”: al final de la primera mitad, cuando la tragedia y el horror amenazan con aparecer, queda claro que la historia ha sido conducida con una elegancia poco común en el género. El resultado final es entrañable: no hay un ojo seco en la sala cuando madre e hijas se dicen adiós al ritmo de “Life’s a bitch and the you die”, de Nas. De Andrea Arnold, escritora y directora de Fish tank, sólo espero grandes cosas.

6 El caballo de Turín. Inmersivos e hipnóticos, los primeros dos planos secuencia de la que quizá sea la última cinta de Béla Tarr son de una expresividad demoledora, tan avasallantes como el tortuoso viento que rodea a esa casa perdida en la infinita línea del tiempo. No hay metafísica en el infierno, sólo tedio y desgracia. Apabullante.

7 Temple de acero. El viaje iniciático “quiebra caballos” que marca el paso de la adolescencia a la adultez de Mattie Ross (Hailee Steinfield, gigantesca) es el pasaje más sentimental de toda la filmografía de los Coen; la caída a un mundo donde todo tiene precio y las leyendas sólo existen en la memoria. Un punto de inflexión en la filmografía de Ethan y Joel. Al tiempo.

8 La nana. La “involuntariamente” cruel costumbre de visualizar a la sirvienta como parte de la familia –rasgo recurrente en las clases medias altas de casi toda Latinoamérica- es desglosada con inteligencia y lucidez por Sebastián Silva, quien además de lograr un acertado retrato de nuestra hipocresía no asumida, construye un fascinante retrato de personaje en torno a la fabulosa actuación de Catalina Saavedra.

9 Fuera de Satán. Bruno Dumont sorprendió a conversos y detractores con lo que hasta ahora es su trabajo más amoroso y emotivo.  Serena y libre de truculencias, pero totalmente congruente con las líneas temáticas de su filmografía (la ecuación violencia/transformación espiritual), esta cinta es ideal para acercarse al trabajo del francés, quien cada vez encuentra más puntos de confluencia con la obra del mexicano Carlos Reygadas.

10 Copia fiel. La constante temática de Abbas Kiarostami –las finas fronteras entre realidad y representación- al servicio de una agridulce historia de amor que naufraga en la Toscana. La crónica del fin del romance contada a partir de la simulación del mismo. Uno de los puntos más altos en la carrera de Juliette Binoche. Dolorosa.

11 El amor de mi vida (Bright Star). Este film sobre el romance entre el poeta John Keats y Fanny Brawne no sólo es una hermosa meditación sobre la imposibilidad del amor total,  sino que es una original reflexión sobre cómo dialogan las artes entre sí, en particular la poesía y las expresiones plásticas. El regreso triunfal de Jane Campion al cine de grandes ligas.

12 La piel que habito. El valor de la cinta no está en la historia ni en los diálogos –meros pretextos para materializar ideas y obsesiones-, sino en el virtuoso flujo de imágenes de contemplación azorada entre Anaya y Banderas. El observador es preso de su mirada, pero no siempre lo que ve es verdad. Tras el hoyo negro de Los abrazos rotos, Almodóvar arriesga y demuestra que sigue ahí, vivo y expectante.

13 Misión: Imposible Protocolo Fantasma. Repletas de referencias desternillantes (de Minority Report a Intriga internacional), las secuencias del Kremlin, Dubai e India son prodigios de vértigo y agilidad. El final es habilidoso y le  da a lo ocurrido en la anterior entrega -y a toda la saga- una resonancia emotiva que nunca tuvo. Así de bueno es Brad Bird. Aguardamos con ansia su próxima jugada. Plus: sin proponérselo, con naturalidad suprema, Paula Patton terminó siendo una de la presencias más cachondas del año.

14 Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2. ¿Por qué el panzón y adulto Harry Potter luce tan deprimido y “Godínez” en el epílogo?  Nunca lo sabremos. Es una secuencia horrible y ridícula, pero no es suficiente para obliterar los innegables logros de esta última cinta del maguito. De la muerte de Alan Rickman a la espectacular toma de Hogwarts, el final de la saga Potter terminó siendo más oscuro y satisfactorio que, digamos, los primeros tres episodios de La guerra de las galaxias. Ni modo.

15 Damas en guerra (Bridesmaids). Este efectivo vehículo ideado para desplegar los innegables talentos cómicos de Kristen Wiig contiene la que quizá sea la secuencia más corrosiva del año: un festival de escatología que literalmente se caga y vomita en la idea de la boda como evento cursi y femenino. Delirante. Ni Sergio Pitol lo hubiera pensado.

Películas que odié: El cisne negro, La mujer que cantaba, Pastorela, Así se siente el amor, Contagion, En un mundo mejor.

diciembre 9, 2011

Regreso a Paxia

por Mauricio González Lara

Hay un nuevo cliché en la posmodernidad mexicana: aplaudir cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión.

El éxito de la llamada “cocina mexicana de autor”, consistente en reinventar la gastronomía tradicional bajo una lógica personal de deconstrucción, es uno de los  fenómenos más celebrados de la posmodernidad nacional. El encomio me parece fantástico, sobre todo si se traduce en inspiración para nuestra alicaída marca país, tan golpeada por la crisis y la inseguridad. Tanto entusiasmo, empero, ha generado una zona de confort donde se aplaude sin recato cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión. Botón de muestra: el éxito de Paxia, marca propiedad del chef  Daniel Ovadía que cuenta con dos restaurantes en el Distrito Federal.

Voy a criticar  a Paxia porque salí de ahí –desde la primera vez que fui– con esa sensación molestísima de tener la sospecha de que te han engañado. Lo voy a criticar, también,  porque así lo pacté con el mismo Ovadía, quien insistió en que visitara de nuevo su restaurante tras haber leído los comentarios de esa decepción en mi cuenta de Twitter. Pero en especial voy a criticar a Paxia porque es el emblema de una tendencia que odiaría ver consolidada. Para esto estableceré tres puntos que creo deben considerarse a la hora de hablar sobre comida. Van a sonar a verdades de perogrullo, pero no está de más recordar ciertos puntos básicos, sobre todo en una época en que parece que cualquiera que coloque el adjetivo adecuado –untuoso, crocante, inesperado– es gourmand y/o crítico gastronómico.

Ingredientes. Si no hay un buen ingrediente no habrá un buen platillo. Punto. ¿Por qué vas a un lugar a comer ostiones en su concha en vez de al local de junto? Para tener un buen ingrediente hay que saber distinguirlo, saber cuándo y dónde comprarlo, conocer sus variedades, temporadas, propiedades. En Paxia probé 24 platos en total (aglutinados en dos diferentes menús de degustación, por los cuales pagué, sumados a varios mezcales y copas de vino, poco más de 3,500 pesos). Sus ingredientes –con la excepción, admito, de los irreprochables chinicuiles- distan de ser “benchmarks”; algunos, incluso, estaban por debajo de lo aceptable: la ensalada de arúgula y nopalitos no irradiaba frescura, y la consistencia apagada del filete de res en mole carretero sugería demasiada refrigeración.

Técnica. Esto es igual a horas de talacha, de cortar brunoises, julianas, chifonadas; miles de litros preparados de salsas bernesas, holandesas, bechamel, consomé clarificado; salteado, sellado, horneado, tiempos de cocción, saberse las recetas al dedillo. Esto es lo que hace la diferencia entre, no digamos dos restaurantes de comida clásica francesa, sino incluso de las fondas y los puestos callejeros. Por eso, en el caso de la comida mexicana, es tan difícil ganarles a las mamás. No es que el taco de canasta o la tortita ahogada de Paxia sean malos, pero sí son inferiores a los que se pueden encontrar en cualquier mercado.

Experimentación. No es un paso obligatorio: es una decisión personal y pocos pueden decir que en este punto han hecho una contribución significante en la historia de la gastronomía.  El problema surge cuando se busca crear un concepto que recurre al artificio para suplir un hueco en la propuesta. Platillos que podrían ser memorables son arruinados por gestos que destruyen el logro obtenido: una moneda de chocolate que oblitera lo que hubiera sido una envolvente copa de mole, o una suma infantil de tortilla, pato, trufa y foie gras que deriva en algo que la carta denomina pintorescamente como “Budín azteca”. Como ejemplo afortunado, el pozol de Ovadía es todo lo que debería ser el resto de la experiencia: se deja sentir la tradición de la que proviene al tiempo que se coloca en un presente propositivo.

Junto con el vino de la casa, es uno de los pocos logros de Paxia que en verdad están a la altura de su imagen.

P.D. La primera vez que fui a Paxia, sucursal San Angel, el servicio fue malo y descortés; esta segunda vez, en sucursal Santa Fe, fue excelente. Les agradezco a Daniel Ovadía y a su cortés gerente Jesús Maya la atención en esta segunda visita.

+Este texto aparece en la edición diciembre/enero de la revista Deep en una versión ligeramente modificada por cuestiones de espacio. La ilustración es de Alberto Caudillo.

noviembre 9, 2011

Llámenme Mike

por Mauricio González Lara

Para Alejandro Parodi (1928-2011)

Con la posible excepción de los diputados y senadores, no existen personajes más repudiados en el México moderno que los policías. Sea patrullero de tránsito, “policleto” o judicial, la figura del policía – lastimera, inquietante y grotesca, todo a un solo tiempo- ocupa un lugar central en nuestra cartografía del odio. Por ello no extraña que los relatos protagonizados por policías sean escasos en nuestra ficción, sobre todo en el cine, donde casi siempre son figuras tangenciales, hasta en los thrillers y las películas de narcos.

Sin tomar en cuenta videohomes, gendarmes cantinflescos, sosos vehículos  o curiosas excentricidades al estilo de Lo negro del negro Durazo, el cine mexicano apenas cuenta, a mi juicio, con tres películas policiacas de interés. La primera, A toda Máquina (Ismael Rodríguez, 1951) es un agradable panegírico cuya  propaganda resulta efectiva gracias a que se acepta como una buddy movie donde lo que importa no es la acción (¡esas piruetas en moto!), sino la química entre  Pedro Infante y Luis Aguilar. La segunda, Bala mordida (Diego Muñoz, 2009), es un fallido retrato de la corrupción y el juego político que impera en los cuerpos policiacos; una película cuya oscuridad se asfixia a causa  de una dirección acartonada y solemne que termina por generar bostezos (pese a contar con lo que quizá sea la secuencia más truculentamente shocking de la cinematografía nacional reciente: la impunidad como una violación de la que nadie escapa, ni siquiera sus perpetradores).

La tercera, por supuesto, es Llámenme Mike (Alfredo Gurrola, 1979), la crónica de cómo Miguel, un policía corrupto muy mexicano, se transforma vía múltiples golpes en la cabeza y una accidentada cirugía en el muy gringo Mike Hammer, el violento detective protagonista de las novelas de Mickey Spillane.

Cualquiera está expuesto a un pasón…

No hay mejor apertura en el cine mexicano que la de Llámenme Mike. Un coche atraviesa una autopista a altas horas de la madrugada; adentro, nuestros “héroes”, Miguel y sus tres compañeros de escuadrón, duros y embrutecidos por una orgía de cocaína y alcohol, debaten el futuro del cadáver de Carmelita, una prostituta cuya resistencia cardiaca no estuvo a la altura de la exigente noche. Las recriminaciones entre ellos son joyas de cinismo:

-No se mide el jefe, hojaldra. Ella ni quería.

-No quería, no quería, pero bien que se atizó. Así son las viejas.

-Ya párenle. Se enfrío y qué. Cualquiera está expuesto a un pasón, ¿o no?

Acto seguido, los policías dejan a la tiesa Carmelita sentada a medio camino, no sin antes lanzarle una flor final: “Pobre Carmelita, tan jaladora que era. Mírala ahora, ¡cadáver!”

Desde su secuencia inicial, Llámenme Mike  es un acto de equilibrio donde la crudeza y el humor se funden con perfección. Nunca hay choque entre la violencia y el absurdo cómico;  la brutalidad policiaca se muestra sin tapujos ni condescendencias, pero siempre leal al creciente contagio cómico.  A diferencia de otras “farsas” como la ya mencionada Bala mordida o Las aventuras de Mike Goodness  y el cabo chocorrol, la tira cómica escrita y dibujada por “El Fisgón”, aquí no hay sermones de corrección política que secuestren la risa. ¿Para qué? La premisa central ya lleva implícita una doble carga subversiva: uno, un policía sólo puede ser honrado si pierde la razón, y dos, la única manera en que acá la audiencia puede aceptar la viabilidad de un policía como héroe es si éste se comporta y actúa como un extranjero, así sea un gringo tan reaccionario y grotesco como Mike Hammer. Ese es el triunfo de Gurrola en esta cinta: asumir que la comedia no puede estar sujeta a otra agenda que no sea el desmadre y la desacralización.

Ninguna autoridad sale viva. Miguelito realmente no se convierte en Mike debido a la paliza que recibe en la cárcel por parte de los delincuentes que torturó, sino por la negligencia de los médicos que de plano no saben cómo operarlo. No hay figura de orden que sea confiable o que valga la pena escuchar. El manicomio de Llámenme Mike -una zona de disrupción ubicada  entre Duck Soup, de los hermanos Marx, y Shock Corridor, de Samuel Fuller- es una de las alegorías más afortunadas del México contemporáneo, un universo cerrado donde un sinfín de personajes alienados predican lo que quieren sin escuchar ni respetar al otro.

La disrupción no sólo está presente en la historia: Llámenme Mike presenta una serie de juegos formales –largas yuxtaposiciones de cámara lenta, transiciones temporales sin corte, caprichosos pero efectivos encuadres- francamente vanguardistas para su época y contexto, tan plagado de directores incapaces de filmar una simple conversación. Gurrola nunca volvió a alcanzar ese nivel.

Parodi, Parodi, Parodi

El cine mexicano siempre ha menospreciado el talento de sus actores, sobre todo el de aquellos que no se identifican con sus expresiones más pretenciosas. Llámenme Mike es un luminoso aparador en el que podemos ver a todos esos actores que debieron ser  mejor aprovechados por su industria. El ensamble es sensacional, por mucho la banda de malandrines más cagada del cine de los últimos 40 años: Víctor Alcocer, Carlos Cardán, José Najera, Humberto Elizondo, Roberto Dumont, Juan José Gurrola, y desde luego, Sasha Montenegro y su fallida femme fatale.

El más notable, sin embargo, es Alejandro Parodi. De temible erizo a paranoico vigilante, la metamorfosis de Parodi es algo más que un tour de force; es el vital testimonio de un actor que merece ser revalorado como el grande que fue.

En verdad se lo debemos.

octubre 29, 2011

Kubrick según Easton Ellis

por Mauricio González Lara

Bret Easton Ellis no es precisamente un adicto al Twitter. De manera esporádica, sin embargo, su apatía se quiebra ante los arrebatos casi narcóticos que le produce la cultura pop en su sentido más amplio, sea la novela más reciente de Jonathan Franzen o la entrega de los Oscares.  

Las observaciones de Easton Ellis son agudas y ajenas a la complacencia; todo lo que se podría esperar del autor de Less tan zero y American Psycho. Sus comentarios cinematográficos son particularmente reveladores, sobre todo cuando se enfoca a cineastas que admira, como es el caso de Stanley Kubrick, una influencia central en su novela Lunar park.

A continuación, un compendio de los “tuits” de Easton Ellis sobre Stanley Kubrick. Se leen como apuntes iniciales de un ensayo de largo aliento. Ojalá sea el caso.

Sobre Ojos bien cerrados

+El sueño comienza cuando Kidman le dice a Cruise sobre sus deseos y termina con él encontrando la máscara.

+Referencias de arcoíris: el nombre de la tienda donde renta el disfraz; la caja del pastel que le lleva a la prostituta; las mujeres en la fiesta que le dicen a Cruise que las lleve hasta el fin del arcoíris (“the end of the rainbow”).

+¿Por qué tantas referencias al arcoíris? Es la versión de Kubrick de El mago de Oz. “Somewhere over the rainbow bluebirds fly…”

+Referencias a aves: Nick Nightingale, Wren Street, las máscaras en la orgía.

+La idea del sueño está en todos lados: el motif de las aves, las referencias al arcoíris, el árbol de navidad presente en todos lados, el resplandor azul.

+La manera en la que Tom Cruise se autoengaña con la ilusión de que mantiene el control –presentándose constantemente como doctor y enseñando constantemente su identificación- me parece conmovedora.

+¿Acaso la alfombra roja en la orgía no conecta con el rojo de la mesa de billar de Sidney Pollack? ¿Y esos árboles de navidad? Sueños.

+Como Wendy en El resplandor, Nicole Kidman nunca es parte del sueño de su esposo, que es la cinta que tenemos frente a nosotros.

 Sobre la misoginia de Kubrick

+Amo el inicio de la segunda parte de Cara de guerra, cuando escuchamos “These boots are made for walking” mientras una prostituta nos enseña su trasero. Notable.

+La misoginia de Kubrick reflejada en sus personajes femeninos: Lolita (¡dah!), Dr. Strangelove (prostitutas), 2001: odisea del espacio (las únicas mujeres visibles son una niña y una azafata),  Barry Lyndon (Lady Lyndon escribiendo cheques hasta el final), Cara de guerra (la francotiradora), Naranja mecánica (la quejica practicante de yoga,  la irritante mujer manda a la cárcel a Alex).

+Todas las mujeres en Ojos bien cerrados que quieren acostarse con Tom Cruise están locas, tienen sida o son prostitutas martirizadas. ¿Y cuál es la última palabra de Kidman?

+Stephen King escribe mujeres muy poderosas en El resplandor, pero en el universo de Kubrick son pasivas, no existentes o asesinas.

+En El resplandor, los tres personajes masculinos poseen imaginación y poderes intuitivos; la mujer, no.

+¿Se imaginan lo inquietante que hubiera sido HAL en 2001 con una voz femenina?

Sobre El resplandor

+El final original de Kubrick mostraba a Danny en un cuarto de hospital, traumatizado por los fantasmas de su padre demente; el de la novela era totalmente opuesto, con Wendy, Hallorann y Danny sanando sus heridas en el verano.

+La novela de Stephen King se asemeja a la cinta de la misma manera en que mi libro Less tan zero se parece a su versión cinematográfica.

+REDRUM es MURDER (asesinato). Jack se mueve hacia el pasado; Danny se desplaza en reversa en el laberinto; las conversaciones son sobre sucesos pretéritos. Lo único que siempre se mueve hacia delante es la cámara.

+Danny se salva a sí mismo retrocediendo sobre sus pasos a sabiendas de que esto confundirá a su padre: un hombre que siempre está mirando hacia el pasado.

+La cinta es tan complicada emocionalmente (el artista frustrado, el matrimonio disfuncional, el padre demente) que resulta más fascinante que aterradora.

+La furia en la cabeza de Jack es tan intensa que termina infectando a toda su familia. De eso se trata El resplandor.

+Jack triunfa al final: en close-up, sonriendo, aún vivo dentro de la cinta. No termina con un close-up de Wendy o Danny.

octubre 19, 2011

Prietos y asalariados

por Mauricio González Lara

En México, si eres moreno y “clasemediero”, nunca pasarás de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Es una disyuntiva a la que se enfrenta todo egresado universitario: construir una carrera en empresas ya establecidas o crear la compañía de sus sueños. El 80 por ciento del universo profesionista opta por unirse a una empresa, pues la satisfacción de contar con un negocio propio no es suficiente para contrarrestar la incertidumbre inherente a ser un agente libre o emprendedor.

En términos sociales, incluso, es mejor visto trabajar para una compañía conocida que contar con una empresa propia o presentarse como independiente (como si la marca para la que laboramos acreditara lo mucho o poco que valemos).  El mexicano promedio se muere por recibir un sueldo fijo, y si es de una trasnacional renombrada, mejor.

Bajo ese contexto, extraña que uno de los insultos favoritos de la clase media alta del país –los que precisamente se mueren por ser ejecutivos de un corporativo-  sea tildar de “asalariado” a todo aquel que no les permita saltarse las normas de convivencia del orden social, tal y como lo demuestra el reciente incidente de las “ladies de Polanco”, el escandaloso video exhibido en Youtube hace unos meses donde vemos cómo un par de mujeres en probable estado de ebriedad humillan verbalmente a un policía incapaz de proyectar un mínimo de autoridad.

“Chinga tu madre pinche asalariado de mierda, por putos como ustedes al país se lo está cargando la verga, pendejo”, les gritaban las coléricas ladies a los pusilánimes gendarmes.

La intensidad no sorprende: en México, el “asalariado” no es el profesionista que busca fabricarse un futuro, sino el “indio” al que le tocó joderse para mantener en la opulencia al dueño de la hacienda; significa no pertenecer a la burguesía; ser un pobre diablo que nunca va a superar su status de gato; ser un sirviente al que nunca se le deben olvidar sus límites, so pena de que se le recuerden mediante la reprimenda y la humillación pública. Los mexicanos que aspiran a ser burgueses, como las famosas “ladies de Polanco”, se sueñan como juniors no asalariados ajenos a las leyes mundanas. Risible consuelo: el insulto al jodido no es personal, sino una simple  afirmación de su desatado afán aspiracional.

Inmovilidad y racismo

En nuestro país, ser rico no equivale a ser un empresario que ha prosperado gracias a su visión y esfuerzo, sino a formar parte de un círculo privilegiado que poco o nada tiene que ver con la innovación empresarial. El trabajo no importa. Cuando se habla de la riqueza de Bill Gates, así sea por asociación semiconsciente, también se habla de la supremacía tecnológica de Estados Unidos y del alto nivel de innovación que ha sabido desarrollar en el transcurso del tiempo; cuando se habla de la riqueza de Slim o Azcárraga, en cambio, el debate siempre se centra en monopolios y competencia desleal.

Cuando se analiza la prensa nacional de negocios, lo primero que salta a la vista es que casi siempre se reportan los movimientos de personajes provenientes de una esfera de no más de 20 familias. Si revisamos revistas como Fortune o Fast Company, encontramos  apellidos como Buffett o Rockefeller, pero  también nombres de jóvenes que han logrado triunfar gracias a que tuvieron una idea genial y la supieron materializar con eficacia. En México, las historias empresariales de éxito no son las de los soñadores que empezaron desde abajo,  sino las de los juniors que  lo  heredaron todo de sus padres. Las posibilidades de salir del contexto en el que se nace son francamente remotas.

A la falta de movilidad se suma otro factor: el racismo. En su libro Por eso estamos como estamos (RHM, 2011), el analista Carlos Elizondo Mayer-Serra explica cómo la discriminación es un factor sustancial al retraso del país:

“Por más que el artículo primero de la Constitución prohíbe toda discriminación, en México ser más blanco sigue siendo mejor visto socialmente y da acceso a ciertos beneficios. La Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México da cuenta de cuán serio es este fenómeno: 20% de los mexicanos no estarían dispuestos a permitir que viviera en su casa un indígena, aunque 42% tampoco aceptaría en casa a un extranjero. La élite económica es fundamentalmente blanca. Ejemplo claro es el suplemento Club Social del diario Reforma: en un número típico no se encuentra una sola foto, ni entre los fotografiados durante celebraciones sociales ni en la propia publicidad, de una persona que no aparente origen europeo o, al menos, que tenga la piel clara. Las élites políticas y culturales son racialmente más plurales. Sin embargo, como me dijo una vez un amigo inglés, casado con una mexicana, y que vivió un tiempo en México: “No conozco ningún mexicano de la élite, en su sentido amplio, casado con una mujer con un color de piel más oscuro que el suyo”.”

El extremo de este racismo, anota Elizondo Mayer-Serra, se nota en los anuncios de prostitución del diario Metro, donde las sexoservidoras de origen sudamericano o del norte del país subrayan su físico blanco. Algunas declaran contundentemente: “No contrates sirvientas”, es decir, mujeres morenas y de baja estatura. O, en los términos usados por las “ladies de Polanco”, “asalariadas de mierda”.

Espejo deformado

En una circunstancia donde pesa más el apellido y recursos familiares que el alcance y preparación del individuo, integrarse a una empresa establecida o lanzar un negocio propio no tiene la menor importancia, ya que si eres moreno y “clasemediero” es muy probable que nunca pases de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Las “ladies” están a años luz de ser unas “niñas bien”; de hecho, como se reveló después de que se “viralizó” su video en Youtube, pertenecen a un perfil ajeno a los verdaderos privilegiados (el simple apodo de una de ellas, “La negra”, la destierra inexorablemente de la verdadera alcurnia de Polanco). Ellas lo saben, pero al igual que la mayor parte de la clase media mexicana, prefieren contemplarse en un espejo donde el “naco” siempre es la persona de a lado, y nunca la que tienen enfrente. (F)

+Este texto se publicará en otro formato en la edición de noviembre de la revista Deep.


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septiembre 20, 2011

Las tres Lindsays

por Mauricio González Lara

Desde 2004, la locura pecosa de Lindsay Lohan nos ha fascinado. ¿Cuál será el destino de la party girl más notoria de Hollywood?

No hay una, sino varias Lindsays Lohans. Y no, no vamos a refutar lo evidente: todas nos provocan una erección.

La primera Lindsay Lohan es la adolescente amable y frondosa de 17 años de Chicas pesadas (Mean Girls), la inteligente y ácida comedia estudiantil de 2004 escrita por Tina Fey. Si bien había actuado en algunas cintas medianamente exitosas (en especial Un viernes de locos, de 2003, por la que ganó un MTV Movie Award), fue hasta Chicas pesadas que Lindsay se convirtió en una celebridad. En ese entonces, Lohan era muy diferente a lo que es hoy: sexy, claro, pero de una manera dulce, linda, casi fresa. Sobre todo poseía algo que definitivamente no se encuentra entre sus actuales activos: una blanca y contagiosa frescura vital. La primera Lindsay es la chica que nos hubiera encantado presentar como nuestra novia cuando íbamos en prepa. Basta revisitar Chicas pesadas para revivir el “crush” adolescente: seguimos enamorados de esa sonrisa abierta e inocente. Esa Lindsay, ni modo, es historia irrepetible.

La segunda Lindsay es la que apareció en 2008 en el homenaje de la revista New York a la última sesión fotográfica realizada Marilyn Monroe, The last sitting. En las fotos, una delgada Lindsay imita las poses y actitud de Marilyn con actitud desenvuelta. El resultado es de alto impacto: pese a que apenas cuenta con 21 años, Lindsay luce de la misma edad  que Marilyn, que tenía 36. La fiesta y la droga le han pasado la factura, sin duda, pero no se ve mal; al contrario, ahora Lohan proyecta una belleza decadente en extremo sensual. Su piel es una infernal locura pecosa imposible de resistir. La segunda Lindsay es un producto del lado negro de Hollywood; una advertencia sobre cómo la fama puede hundir a una prometedora actriz en un mar de drogas, locura y arrebatos (¡ese affaire lésbico con la DJ Samantha Ronson!), pero también una fulminante muestra de lo atractiva que puede ser esa oscuridad. Imposible no soñar en enfiestar con Lindsay por días enteros, en esa envolvente e intensa neblina de excesos que no sabe de responsabilidades ni de mañanas.

La tercera Lindsay Lohan aún no existe. No le queda mucho tiempo a Lohan. A sus 25 años, está a un paso de la sobredosis, o peor aún, de la caricatura estilo Celebrity rehab, de VH1. Nuestras hormonas se dispararon cuando se manejó la posibilidad de que Lindsay interpretara a Linda Lovelace en el biopic Inferno; papel que la hubiera encumbrado en una dimensión icónica. Lamentablemente, ninguna aseguradora quiso respaldarla y el proyecto se vino abajo. ¿Qué hacer antes de la catástrofe? El limbo del ridículo es un destino injusto para ella. Se merece más. Por esa tercera Lindsay, la que nos sorprenderá en un futuro próximo, mantenemos la fe. (F)

+Esta es una versión reducida de un texto que aparecerá en el número de octubre de la revista Deep.

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agosto 19, 2011

La “docefobia”

por Mauricio González Lara

El mundo no se acabará el próximo año, pero sí hay razones para sentir miedo, mucho miedo.

Tengan miedo, tengan mucho miedo: el fin del mundo se aproxima. El 2012 está a la vuelta de la esquina y el apocalipsis, de acuerdo con fuentes que van desde los mayas hasta los más pintorescos videntes europeos, es inevitable.

El terror al 2012 –“la docefobia”- es una epidemia para la que no hay cura: la intensidad del discurso catastrofista crecerá hasta volverse moda. Ni modo. Una vez finalizado el próximo año, la angustia se disipará hasta que los agoreros del desastre encuentren un nuevo pretexto para anunciar el inicio de un nuevo ciclo fatal.

Nos encanta vaticinar el fin del mundo, así como nos fascina pensar que somos la única generación obsesionada con el concepto. Es una asunción falsa: la idea apocalíptica es una constante en el desarrollo de la humanidad; una cuestión de ego y conciencia. No podemos concebirnos insignificantes frente al gran estado de las cosas, por lo que atamos la  vida del planeta a la de nuestra corta existencia. Ian McEwan, autor inglés de Atonement y The Child in Time, lo explica con nitidez:

“Existe una noción muy poderosa en la historia de la cultura, la idea del fin. Que tendemos a pensar que vivimos el fin de los tiempos por el simple hecho de acomodar esa percepción a nuestra propia muerte. Una manera de reconciliar nuestro destino individual con el del mundo. Para mucha gente, sobre todo quienes tienen fuertes creencias religiosas, la idea de morir en medio de nada y que todo continúe es intolerable.”

La religión, bajo la lógica de McEwan, es un agujero negro de solipsismo: nos empuja a creer que el mundo comienza y termina con la persona que lo contempla; una vez muerto el individuo, éste ingresa a un estadio espiritual en el que encuentra su verdadera felicidad, invencible y eterna.

Creemos que la existencia gira a nuestro alrededor, por lo que imaginar un mundo indiferente e independiente a nosotros es doloroso. Instalados en el egocentrismo, pensamos que si nuestro destino es la muerte debe ser porque el destino de todo es la extinción. Es un gesto tan ridículo como épico: nuestra muerte no será un hecho aislado y sin importancia, sino resultado del apocalipsis. Ante esto, cualquier profecía o superstición es valiosa para asumir que, en efecto, el fin del mundo se acerca.

No se necesita ser creyente para estar convencido de que se aproxima el fin del mundo. Muchos laicos están convencidos de que la muerte de todo está a menos de un lustro. El calentamiento global y la depredación ambiental, nos dicen, terminarán en cuestión de años con el planeta. Es una verdad a medias. Nadie duda que si no asumimos firmes posturas de sustentabilidad la humanidad experimentará severos problemas, pero darle un sentido de inminencia apocalíptica es una trampa carente de todo rigor científico. Falta mucho para eso. El fundamentalismo ecológico asumido como sagrado absoluto se torna cada vez más chocante.

El único peligro apocalíptico real –el de las grandes bolas de fuego y la destrucción total- sigue siendo la amenaza nuclear; ya no proveniente de un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la otrora Unión Soviética, pero sí de grupos terroristas que consigan apoderarse de armas nucleares y decidan detonarlas indiscriminadamente. En todo caso, tal destrucción supondría genocidios en altas concentraciones de población, aunque ya no el fin del mundo como lo conceptuábamos durante la guerra fría.

En resumen, la buena noticia es que mundo no terminará en el 2012, la mala es que no será un año sencillo. Recesión económica, desempleo, elecciones, turbulencia social, violencia. El mundo no explotará en llamas el próximo año, pero sí, tengan miedo, tengan mucho miedo.

+Este texto se publicará en un formato distinto en la revista Deep del mes de septiembre.


agosto 4, 2011

40 actores en plena explosión

por Mauricio González Lara

Todos sabemos quiénes son las súper celebridades masculinas de Hollywood: Leonardo DiCaprio, Chris Bale, Tom Cruise, Tom Hanks, Johnny Depp, Mark Whalberg, Matt Damon, Jim Carrey, en fin, la lista es tan obvia como aburrida. Ellos son los que hoy mecen la cuna  en la taquilla y los reconocimientos de la industria; sin embargo, como consecuencia de su misma fama presente, ya no representan lo que vendrá, lo que  constituirá el futuro mediato. Los talentos masculinos emergentes que definirán el mañana son heterogéneos; algunos ya son conocidos, otros se mueven aún en relativa marginalidad, el factor talento varía dramáticamente de caso en caso, pero todos son importantes. Va una lista de 40 actores en plena explosión:

Comedia

Payasos, burlones y burlados.

Seth Rogen. ¿Deberíamos perderle la confianza a Seth Rogen? Hay tres buenas razones para hacerlo. Uno, motivado por las presiones de sus agentes y demás escoria naturista de Hollywood, perdió más de 20 kilos, por lo que ahora el otrora gordo es una persona delgada y saludable, pero sin simpatía ni onda. Hay personas a las que la gordura les va bien; Rogen, al igual que Peter Jackson, no entiende eso. Dos, no actúa en una película decente desde Supercool (Superbad), del 2008. Tres: Rogen escribió y estelarizó el remake de El avispón verde, un guión tan malo que ni siquiera la usualmente imaginativa dirección de Michel Gondry pudo redimir. Pero bueno, mantengamos la fe, así sea sólo porque cualquiera que haya visto Ligeramente embarazada (Knocked up), Virgen a los 40 y Superfumados (Pineapple express) sabe que Rogen posee el innegable talento de combinar una guarra acidez con un genuino sentido de vulnerabilidad. Esperamos que Take this waltz, cinta dirigida por la talentosa Sarah Polley, sea un contundente paso en la dirección correcta. Y Seth, en serio, ya regresa a las hamburguesas y las malteadas, por favor.

En sus propias palabras: ”A la gente le encanta quejarse, sobre todo a los nerds y los cinéfilos. Podrías decirles que Jesucristo va a hacer una película con Frank Miller y te contestarían que es una pésima combinación.”

 Jim Parsons. Pese a la existencia de productos culturales de poca monta como La venganza de los nerds, hace algunos años ser un “geek” sólo podía ser considerado como algo deseable por razones de corrección política, nada más; hoy, en la era de Facebook  y Steve Jobs, parece ser el colmo de lo “cool”. El icono televisivo más importante de esta glorificación “geek” es Sheldon, el geniecillo en física de The Big Bang Theory, interpretado por Jim Parsons. La actuación es deslumbrante: Parsons no interpreta a Sheldon, lo habita. En cierta forma, es un trabajo similar  al de Hugh Laurie en House, donde todo el peso de la serie se centra en un notable performance. Lamentablemente, al igual que con House, el gag del asexuado y megalómano Sheldon posee un tiempo de vida limitado. Ojalá el “come-años” Parsons, quien tiene la sorprendente edad de 38 años, sepa decirle adiós a la serie cuando aún es graciosa.

En sus propias palabras: “Una de las claves del personaje es entender que los sentimientos de los demás le son ajenos. Por eso lo que dice no es cruel ni impertinente, sino la clase de comentario sin filtrar que esperarías de una persona totalmente desinteresada en las costumbres sociales”.

Zach Galifianakis. No sucede muy a menudo, pero hay personas para las que la vida genuinamente comienza a los 40. Caso en cuestión: Zach Galifianakis. Tras una carrera ligeramente notable en el circuito del stand up comedy, Galifianakis, cuya carrera en cine apenas y excedía el carácter de extra, conectó en grande con ¿Qué pasó ayer? (The Hangover), efectiva “dick movie” que lo tornó de la noche a la mañana en uno de los cómicos mejores pagados de Estados Unidos. Todd Philips, director de ¿Qué pasó ayer?, lo volvió a reclutar para Todo un parto (Due date) y la secuela de ¿Qué pasó ayer? Aunque fallidas, las dos fueron rotundos éxitos de taquilla.

Michael Cera. No importa que sea un actor limitado cuyo registro no vaya más allá del “chico sensible que logra moldear su afectada timidez en encanto”, a Michael Cera lo estimamos por Arrested development y salir avante en esa menospreciada obra maestra del pop adolescente: Scott Pilgrim vs. los exnovios de su novia (o Scott Pilgrim vs. the World, como preferimos llamarle ante la idiotez de quienes titulan las películas en español).

Rusell Brand. En teoría, Brand es un cómico trasgresor y que ha ingerido muchas drogas y se puede salir de control en cualquier momento; en la práctica, no le hemos visto nada que acredite tal leyenda. Ciertamente, le reconocemos que tirarse a Katy Perry es en sí mismo un triunfo en extremo envidiable, razón por la que aparece en esta lista

Jason Sudeikis. Su excelente desempeño como anfitrión de los MTV Movie Awards 2011 confirma lo que ya sabíamos tras verlo en Saturday Night Live: Jason Sudeikis es una estrella que merece explotar. Horrible Bosses, cinta que estelarizará a lado de Jason Bateman y Kevin Spacey, le dará esa oportunidad. (Además, cualquiera que haya sido novio de January Jones, la esposa ojete de Donald Draper en Mad Men, merece nuestro respeto).

Danny McBride. El personaje de Kenny Powers, el ególatra y volátil pitcher venido a menos de Eastbound and down (la serie de HBO), se ha tornado en todo un fenómeno televisivo. La gente adora a Powers gracias al timing amenazante y naco de Danny McBride, quien merece una plataforma más grande para su talento. Confiamos en que logre reponerse del reciente fracaso en taquilla de Your highness, cinta que escribió y estelarizó junto a James Franco y Natalie Portman.

Paul Rudd. De todos los actores salidos de la escuela de Judd Apatow –el motor creativo de Virgen a los 40 y Ligeramente embarazada-, Paul Rudd es el único que podría también hacerla de galán en un drama psicológico. Ojalá no lo haga: como lo demostró con en Te amo, hermano, su mejor carta es la comedia ligera de situaciones.

Christopher Mintz-Plasse. Si no amaste instantáneamente a Mintz-Plasse como el supernerd  McLovin en Supercool (Superbad) no sólo no tuviste adolescencia, sino que de plano no tienes corazón. De no haber sido por Chloë Moretz (Hit-girl), Mintz-Plasse también se hubiera robado la atención en Kick-Ass, donde brilló como Red Mist. Seguro estará de vuelta en la secuela.

 Orates

Sicópatas, villanos, intensos, locos.

Michael Shannon. Quizá sea uno de los menos populares en la lista, pero Shannon, “actor de actores”, es la encarnación misma de la intensidad orate desbordada, sea como el conspiracionista y piscótico Peter Evans en Insectos (Bug),  o como la inquietante voz que denuncia la hipocresía clasemediera en Sólo un sueño (Revolutionary Road). Su momento cumbre, dicen los críticos que la han visto, está por venir en Take Shelter, donde Michael interpreta a un hombre convencido de la inminente llegada del fin del mundo.

En sus propias palabras: “La única manera en que puedes decir la verdad es si estás loco. Mi personaje en Sólo un sueño dice la verdad porque sabe que nunca va a tener una familia y una casa; sabe que su vida va a consistir en entrar y salir de hospitales psiquiátricos. Eso le permite ser brutalmente honesto”.

Tom Hardy. La manera en que Hardy cambia de registro es alucinante: sin perder un gramo de verdad, puede pasar de brutal sicótico en Bronson a  irónico y sofisticado estafador en El origen (Inception). Hardy, quien admite haber hecho de todo y con todos, proyecta un fluido encanto sexual que le inyecta una peligrosa y atractiva ambigüedad a todo lo que hace. Uno de los actores físicos más notables de la actualidad. Esperamos verlo como Bane en The Dark Knight Rises.

Jeremy Renner. ¿Cómo olvidar al adicto a la adrenalina interpretado por Renner en Zona de miedo (The Hurtlocker)? El avance del sargento William James hacia los explosivos que podrían volarlo en pedazos, con todo y su pesado traje antibombas, es ya una de las imágenes icónicas del cine bélico. Renner ratificó sus credenciales histriónicas en Atracción peligrosa (The Town).

Drama

Tensos, conflictivos, conmovedores.

Michael Fassbender. Tras casi una hora de atestiguar sin contexto alguno el estoicismo con el que Bobby Sands comanda las protestas de los terroristas irlandeses encarcelados en las prisiones británicas –consistentes en mantenerse desnudos y untar de mierda las celdas-, sucede el milagro: en un diálogo de 20 minutos captado en un plano secuencia fijo, Sands revela su filosofía a través de la narración de sus recuerdos infantiles. El terrorista no es un asesino enfermo, sino un hombre racional y razonable que simplemente cree estar haciendo lo correcto. Ese momento no sólo es el golpe de genialidad que eleva a Hambre, de Steve McQueen, a rango de obra maestra, sino que también es evidencia irrefutable del prodigioso oficio de Michael Fassbender, quien bien podría convertirse en el mejor actor de su generación. Fassbender, de 34 años, no ha decepcionado desde Hambre, a la cual le siguió otra deslumbrante actuación en Fish Tank, un rol menor en Inglorius Basterds y un sólido  Magneto en la por otro lado mediocre X-Men: First Class.

En sus propias palabras:Hambre cambió mi vida por completo. Gracias a esa película, los directores comenzaron a reconocerme. Ahorita soy “el sabor del mes”; en tres meses vendrá alguien más. Yo sólo quiero trabajar en proyectos interesantes e intrépidos.”

Michael Pitt.  ¿Dudan que Michael Pitt merezca ser una  súper estrella? Argumento uno: apenas con treinta años de edad, cuenta ya con un  abanico de memorables interpretaciones: el adolescente que descubre al mundo en todos los sentidos que importan en Los soñadores, de Bernardo Bertolucci; el objeto del deseo “glam” en Hedwig and the Angry Inch, de John Cameron Mitchell;  el “nini” en ácido de Bully, de Larry Clark; el hipnótico y angustiado Blake en Ultimos días (Last days), de Gus Van Sant. Argumento dos: ha trabajado, además, con Michael Haneke y Martin Scorsese, quienes no cesan de hablar maravillas de él. Argumento  tres: fue novio de Asia Argento, la mujer más “cool” y peligrosa del planeta.  Más méritos, imposible.

En sus propias palabras: “Hay dos clases de directores: los que creen que dos más dos son cuatro y te piden que les ayudes a llegar a ese resultado, y los que te encierran en un cuarto, incendian la casa y filman cómo actúas en esa situación”.

Jonathan Rhys Meyers. Recientemente, como todos saben, Rhys-Meyers intentó suicidarse. Lo entendemos: tras haber protagonizado una de las mejores películas de la década pasada -Match Point, de Woody Allen-, su carrera ha involucionado al punto de hoy ser famoso por esa telenovela dizque histórica llamada Los Tudors. Que alguien le eche la mano, ¡por Dios!

Jake Gyllenhaal. Hay actores a los que les basta ser ellos mismos. Gyllenhaal nunca deslumbra en Donnie Darko, Secreto en la montaña (Brokeback Mountain) o en Ocho minutos antes de morir (Source Code), pero tampoco decepciona o deja de ser creíble. A veces, eso es suficiente.

Daniel Radcliffe. No debe ser sencillo pasar la mayor parte de tu vida bajo el acoso constante de miles de fans incapaces de distinguir a un actor de su personaje, menos si ese personaje es Harry Potter. Pese a confesar un leve alcoholismo durante la filmación de la última cinta de la saga del maguito, Radcliffe ha salido avante del trance con remarcable entereza. ¿Hay vida después de Potter? De acuerdo con los críticos que lo han visto actuar en teatro, todo parece indicar que sí.

Andrew Garfield. El nuevo Hombre Araña es un actor solvente; así lo ha demostrado en Red Social y Nunca me abandones, ¿pero podrá con el paquete de ser un superhéroe? No será miel sobre hojuelas: Tobey Maguire estaba perfecto como Peter Parker, y más allá de que muchos odiaron la tercera entrega de la serie, el Spiderman de Sam Raimi era gozoso y entrañable. El fracaso del musical arácnido en Broadway complica aún más el panorama.

Shia LaBeouf. Tras su pobre desempeño en la cuarta entrega de Indiana Jones y la  abominable trilogía de Transformers, el nombre de Shia LaBeouf es casi sinónimo de “vómito”. ¿Por qué tenerle fe? Muchos señalan su actuación en Tus santos y tus demonios. Nosotros no creemos que le alcance.

James Franco. Desenfadadamente “artsy” (su película favorita de todos los tiempos es El espíritu de la colmena, de Víctor Erice), pero con suficiente ambición comercial como para aparecer en la saga de Spiderman y demás proyectos comerciales, Franco era el actor de moda en Hollywood antes de conducir los Oscares. Tras el fiasco de los premios de la academia, ahora lo “hip” es odiar a James. De su calidad como histrión, eso sí, nadie duda.

Edgar Ramírez. ¿Qué tienen en común los usualmente heterogéneos The Village Voice, The New York Times, Cahiers du Cinema, USA Today, Rolling Stone y The New Yorker? Todos se deshicieron en elogios para Edgar Ramírez en Carlos, la obra de Oliver Assayas  de cinco horas y media sobre uno de los terroristas más carismáticos de la historia reciente, Carlos “El Chacal”. Originalmente pensada para televisión, Carlos ha hecho de Ramírez una estrella instantánea. En México, lamentablemente, sólo se exhibió en el Festival de Morelia. A comprar la recién salida edición de Criterion.

Zachary Quinto. Aunque la nueva versión de Star Trek era tan mala como la original, el Spock de Zachary Quinto era sin duda una excelente reinterpretación del vulcano de Leonard Nimoy. Nobleza obliga: Quinto  también era lo único decente en Héroes. La secuela de Star Trek, estamos seguros, elevará la popularidad de Quinto a niveles en que podrá exigir mejores roles en trabajos más decorosos.

Jesse Eisenberg. Imposible cuestionarlo: Eisenberg estuvo increíble en Red social como Mark Zuckerberg, el rencoroso discapacitado emocional que inventó Facebook. ¿Podrá salirse del cartabón de nerd e ir hacia otra clase de roles? Su físico y manierismos no le ayudan, pero Hollywood ha visto triunfos más extraños.

Jason Schwartzman. Para todos los fans de Wes Anderson, Schwartzman siempre será Max Fischer, el salingeriano estudiante de Rushmore. Esa es su gloria, pero también podría ser su pena: fuera de las películas de Anderson (que desde Rushmore lo ha hecho uno de sus actores fetiches), el único papel destacado de Schwartzman ha sido el “exnovio del infierno” en Scott Pilgrim. Le urge romper con Wes.

Casey Affleck. Sin aspavientos, el hermano de Ben ha hilvanado una serie de sólidos trabajos que le han ganado admiración y respeto: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Desapareció una noche y en especial El asesino dentro de mí, donde impactó como pervertidísimo asesino “noir”. Plus: Affleck dirigió el interesante “mockumentary” I´m still here.

Ryan Gosling. Algunos la encontraron honesta y demoledora, otros la consideraron esquemática y acartonada, pero Triste San Valentín cuenta con un punto total de consenso: el desolador y entregado desempeño de Ryan Gosling como el esposo conformista dolorosamente incapaz de aceptar que la vida es cambio y que nada es para siempre.

Emile Hirsch. Alexander Supertramp, el trotamundos hippie en idealizada peregrinación adolescente a Alaska de Camino salvaje (Into the Wild), nos enseñó que la “felicidad sólo es real cuando es compartida”. Sólo por esa entrañable interpretación le perdonamos a Hirsch haber estelarizado Meteoro. Bueno, por eso y por el activista gay hipster de Milk.

James McCavoy. Hasta ahora, el mayor logro de McCavoy es no haberse hecho bolas al recorrer la trayectoria del imposible plano secuencia que aparece a la mitad de  Expiación (Atonement), donde lo vemos como trágico testigo de los estragos de la guerra. ¿Con eso le alcanza para ser superestrella? Tras su eficaz Charles Xavier en X-Men: First Class, la moneda todavía está en el aire.

Cilian Murphy. Desde que capturó la atención de todos bajo la dirección de Neil Jordan en la subvalorada Desayuno en Plutón, Murphy ha consolidado su fama como uno de los actores recurrentes de la tropa de Chris Nolan. Pese a ser un rol pequeño, El origen no hubiera funcionado sentimentalmente sin Murphy, cuyo emotivo rostro de sorpresa al ver el rehilete en la caja fuerte es la verdadera explosión que nos saca del sueño. Dicho esto, ¿cuándo volveremos a ver a Cilian en un rol tan explosivo como el de Patrick “Kitten” Braden?

Tahar Rahim. En 2009, justo cuando dábamos por sentado que la década iba a terminar sin una épica criminal de altos vuelos que sacudiera las salas cinematográficas, apareció Un profeta, la cinta de Jacques Audiard que narra el viaje de muerto de hambre a capo de capos de Malik “El Djebena”, interpretado por el polifacético Tahar Rahim. El triunfo en la actuación de Rahim: nunca dejamos de sentir la fragilidad de “El Djebena” conforme avanza en la jerarquía criminal, ni siquiera cuando sale victorioso de la cárcel al ritmo de Mack The Knife.

Aaron Paul. Bryan Cranston tiende a llevarse todo el crédito por el éxito de Breaking Bad; sin embargo, la serie no funcionaria sin la contraparte de Aaron Paul, quien en su papel de Jesse Pinkman logra ser exasperante, cómico, trágico, heroico y conmovedor, todo al mismo tiempo. De los mejores dealers en la historia de la TV.

Joseph Gordon-Levitt. La banda indie lo adora por 500 días sin ella, casi tanto como el público masivo por El origen, pero el punto más alto hasta ahora de Gordon-Levitt es el adolescente manipulador noir de lengua viperina en Brick, joyita prácticamente desconocida en nuestro país. Con todo, un actor sólido que por razones que lo rebasan se ha hecho popular entre la niñas hipster que sueñan con ser Zooey Deschanel.

Tumbacarnes

Héroes de acción, musculosos, descerebrados

Ryan Reynolds. No resulta sencillo clasificar a Ryan Reynolds; lo mismo ha hecho comedias insulsas (La proposición), que cintas de superhéroes (Wolverine) o cintas de terror (el remake de Amityville); empero, el hype detrás de Linterna verde, así como toda la prensa que recibió en torno a lo mamado qyue se puso para el papel, nos obligó a ponerlo en esta categoría de “tumbacarnes” o héroes de acción. Reynolds, nobleza obliga, no es sólo músculo, como lo demostró con su muy competente actuación en Enterrado (Buried). Además, desde que rompió con Scarlett Johanson, ya no lo odiamos tanto.

Gerard Butler. Zack Snyder ha cometido dos crímenes contra la humanidad: el primero es su adaptación de Watchmen, una de las peores películas de todos los tiempos; el segundo es haber reclutado a Gerard Butler para 300, el “macho-fest” basado en el comic de Frank Miller. Desde entonces, Butler, cuya amplitud expresiva hace ver a William Levy como el sucesor de Lawrence Olivier, no ha parado de hacer bodrios. Snyder, ¡ojalá esta noche cenes en el infierno!

Chris Hemsworth. Nadie daba un peso por la adaptación al cine de Thor, en especial porque nadie conocía bien a Chris Hemsworth, cuya experiencia previa había sido un pequeño aunque significativo papel en la nueva Star Trek, como George Kirk. Por eso, más que la correcta dirección de Kenneth Branagh, la sorpresa fue la soltura con la que Hemsworth asumió un papel que bien podía derivar en el ridículo. ¿Podrá ser algo más que un “tumbacarnes” de calidad? Al tiempo.

Sam Worthington. No sabemos por qué a la gente le gustó Avatar, pero lo cierto es que su descomunal recaudación en taquilla ha colocado a Sam Worthington como uno de los héroes de acción más rentables de la industria. El reinado va para largo: James Cameron ya anunció que Avatar será una trilogía.

Paul Walker. Amén de un papel secundario en La conquista del honor (Flags of our fathers, de Clint Eastwood), si se muriera mañana, Dios no lo quiera, sólo recordaríamos a Paul Walker por haber tenido el aguante de salir en cada nueva entrega de la saga de Rápido y furioso, donde comparte créditos con el “tumbacarnes” mayor, Vin Diesel.

Galancetes

Caritas bonitas, ladrones de suspiros quinceañeros

Robert Pattinson. La saga de Crepúsculo ha encumbrado a Pattinson como el galán más deseado por millones de quinceañeras en plena sobrecarga hormonal. ¿Tiene los tamaños para trascender su condición de ídolo adolescente? Si Agua para elefantes es prueba suficiente para juzgarlo, la respuesta es un sonoro “no”.

Tom Welling. Pese a ser poco más que un culebrón mezclado con la mitología heroica del hombre de acero, no se puede menospreciar la perdurabilidad de Smallville, que ante la sorpresa de todos duró más de 10 temporadas. Buena parte del éxito se debió al convincente Clark Kent de Tom Welling.  Muchos, incluso, llegaron a proponerlo como el nuevo Superman en la cinta de Zack Snyder. No lo hubiera hecho mal.

Chace Crawford. La única manera en que podríamos soportar un capítulo entero de Gossip Girl sería si le añadieran desnudos y secuencias soft-porno; ¡esa sí que sería una gran serie! Pese a ello, sabemos que nuestras novias han pensado en Chace Crawford más de una vez mientras nos besan; no importa, nosotros nos imaginamos a Leighton Meester y Blake Lively.

+Este top aparece en un formato distinto en el número de agosto de la revista Deep.

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julio 26, 2011

Ecología y salud, ¿los nuevos fascismos?

por Mauricio González Lara

La ecología y el cuidado a la salud son deseables siempre y cuando sean prácticas racionales y respetuosas de la libertad individual.

Sin Dios ni futuro, el hombre camina con los ojos vendados por la posmodernidad.  Es desolador. El vacío, sin embargo, no dura indefinidamente. Insospechados sagrados absolutos emergen como derroteros morales a seguir, tan incuestionables y omnipresentes como cualquier fundamentalismo religioso.

Los fanatismos brotan y se extienden gangrenosos por Occidente. Sin conciencia ni individualidad, los cruzados nos piden postración frente a la santísima trinidad del naciente milenio: salud, medio ambiente y tecnología. Maldito aquel que ose poner en duda la altura moral de esta novedosa corrección política.

¿A quién le importa si los nuevos dioses caminan con pies de barro? La  creciente tendencia, como todos los paradigmas purificadores que le han precedido, no presume de honestidad intelectual o congruencia. La clave, lo fundamental no es la verdad, sino sentirse exaltado en la santurronería de “hacer el bien”. Van dos argumentos al respecto:

1.- La hipocresía antitabaco. De acuerdo con el Consejo Mexicano contra el Tabaquismo, nuestras instituciones públicas de salud destinan 45,000 millones de pesos anuales para atender enfermedades atribuibles al consumo de cigarrillos. El gobierno mexicano, según datos de 2010, recauda sólo 25,000 millones de pesos en impuestos especiales al tabaco; es decir, aún existe un diferencial amplio que las compañías tabacaleras no cubren respecto al daño que provocan. Nadie duda, entonces, que promover una baja en el consumo del tabaco sea un objetivo encomiable; nadie cuestiona, tampoco, los enormes costos que todos pagamos por las enfermedades derivadas del cigarro. Queda claro que fumar es nocivo para la salud, queda claro que es labor del Estado comunicarlo así. No obstante, ¿hasta qué punto debe llegar el Estado en este rubro? Las restricciones en el consumo de tabaco cada vez rayan más la barrera de lo prohibitivo. La “policía antitabaco” no se contenta con el progresivo e indefectible aumento en los precios de las cajetillas, ni tampoco con la vigilancia continua para que nadie fume en lugares públicos; tales esfuerzos son insuficientes cuando la meta es antagonizar a todo aquel que fume al punto de que no pueda vivir sin temor a ser reprendido  por los demás. No importa si quiere dejar o no la nicotina.

Como bien señala Fernando Savater en Contra la imposición de la salud, artículo publicado en El País durante el año pasado, para la “policía antitabaco” la posibilidad de optar por el placer a sabiendas del daño corporal infligido, simple y llanamente no cuenta:

“El  tabaco tiene también algunos efectos beneficiosos. Quizá quien fuma siente que su vida no se consume de manera tan angustiosa: creo que hay un cuplé sobre esta cuestión. En cualquier caso, nadie fumaría si de ese gesto no se obtuviera nada positivo, sea placer, analgésico, inspiración creadora o pasatiempo social. Es injusto y sesgado no mencionar jamás esto. Es tan manipulador como sostener que los automóviles son unas máquinas que sirven para matarse los fines de semana, sin mencionar que también pueden llevarle a uno de vacaciones o de paseo.”

Savater, quien fuma puros, no cigarros, se declara por una ética de la libertad: “En el caso del tabaco, como en el del alcohol o cualquier otra de las llamadas drogas, no hay que confundir el uso con el abuso. Probablemente quien sea incapaz de usar esas sustancias sin incurrir en desmesuras será prudente renunciando a ellas pero su ejemplo no tiene por qué ser decisivo para las personas más capaces de templanza. Ni todos los que paladean una copa de vino acaban con cirrosis ni todos los que disfrutamos con un buen cigarro puro terminamos con cáncer de pulmón. Y, en cualquier caso, se trata de un riesgo personal, como tantos que corremos en la vida.”

Si un hombre decide autodestruirse sin provocarle daño a terceros, ¿por qué castrarlo? ¿Por qué no reconocer su derecho a acceder a los paraísos artificiales?

El antitabaquismo se ha tornado en una persecución grotesca y risible. Ejemplo: la decisión de obligar a las tabacaleras a imprimir en la parte superior de sus empaques imágenes “shocking” de niños frente al cadáver de su padre, ancianos en respiradores, fetos, ratas muertas y demás linduras, no sólo es ineficaz y excesiva, sino que también es sumamente injusta. ¿Por qué no imprimir estampas de niños obesos al borde del colapso diabético en los “Gansitos” o las frituras “Sabritas”? ¿Por qué no colocar fotografías de choques automovilísticos, con muertos desangrándose en las calles, en las vinaterías? Absurdo.

2.-El lado oscuro de la tecnología verde. Conforme los reclamos ecológicos suben de tono en la aldea global, las empresas adoptan, casi ya como directriz corporativa obligatoria, diversos programas que les permitan desarrollar políticas de sustentabilidad que no le generen daño al planeta. Nada malo en esto, desde luego. Sin embargo, motivadas por fines meramente mercadotécnicos –por la mera necesidad de anunciarle al mundo que son “verdes”-,  muchas compañías caen cada vez con más frecuencia en contradicciones imposibles de sortear, sobre todo en el ámbito tecnológico, donde la arrogancia de la vanguardia se mezcla con la ingenuidad.

Ejemplo: China produce actualmente el 97% de las “tierras raras” del mundo, nombre bajo el que se agrupa a los minerales utilizados para el óptimo funcionamiento de las tecnologías verdes y el grueso de los circuitos para computadoras y demás gadgets electrónicos. Sin las “tierras raras”, las turbinas eólicas y los automóviles híbridos, por mencionar las dos tecnologías verdes más publicitadas, no existirían.

No obstante, para extraer “las tierras raras”, China ha violado sistemáticamente diversas normas ambientales que en otro país le habrían ganado la clausura de operaciones, por no mencionar los costos en vidas humanas que siempre han caracterizado a la negligente industria minera del país asiático. Recientemente, China anunció la introducción de nuevos impuestos y medidas de supervisión para controlar la explotación de “la tierras raras” y mermar el daño ecológico a su subsuelo; la comunidad empresarial ha explotado en hipócrita desaprobación. La contradicción de las tecnologías verdes y “las tierras raras” es similar a la que rodea al auto eléctrico. La mayor parte de la obtención de energía eléctrica en el orbe se realiza a través de combustibles fósiles que contaminan el ambiente, tales como carbón, petróleo y gas.

Si en este momento todos los automotores de gasolina se cambiaran por coches eléctricos, el incremento de la demanda de energía proveniente de generadores contaminantes nulificaría prácticamente todos los beneficios ecológicos de la nueva tecnología. ¿Pero quién se atreve a explicarle eso a los cruzados “verdes”? Prácticamente nadie. El planeta bien vale una herejía.

P.D. Este artículo se publicará en una versión diferente en el número de agosto de la revista Deep.

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