No sabemos si son las mejores o las más importantes, ni siquiera estamos ciertos de que sean nuestras favoritas, pero estas 50 películas mantuvieron viva nuestra fe en el cine.  

1. Mulholland Drive (David Lynch, 2001)

“Sé que soy un muy buen director, pero también sé que nunca realizaré algo tan bueno  como Mulholland Drive”.- Brian De Palma

El segundo movimiento del tríptico lyncheano sobre fugas psicogénicas -iniciado por Lost Highway en 1997, y cerrado brillantemente en 2007 por Inland Empire-, es nuestra película favorita de la década por tres motivos. Uno, pese a todos sus juegos estructurales, es una cinta de una extrema sencillez emotiva, tan universal como el sentido de desazón que implica el abandono y la traición amorosa. Dos, tras una serie de desencuentros con la crítica, redimensionó públicamente a Lynch como lo que es: uno de los grandes genios en la historia del cine. Tres, en una década en la que se especuló tanto sobre el agotamiento del séptimo arte, lo reveló como un medio donde aún existen miles de posibilidades por explorar. ¿Necesitas una cuarta razón? Contiene la secuencia lésbica más tierna de todos los tiempos.

2. Dogville (Lars Von Trier, 2003)

“Si Von Trier hubiera publicado el guión como obra de teatro, hubiera ganado sin problema el Pulitzer”.-   Quentin Tarantino.

Según cuenta la leyenda, Björk, estrella de Dancer in the Dark,  le escribió una carta a Nicole Kidman para advertirle que no trabajara con Von Trier en esta brechtiana pieza inicial de su “trilogía americana” porque, palabras más, palabras menos, la experiencia terminaría “marchitándole el alma”. Afortunadamente, Kidman no le hizo caso y protagonizó lo que quizá sea la obra más misántropa de Lars: imposible no sentir un extraño sentido de vindicación cuando Dios deja sentir su furia sobre las traicioneras y encajosas criaturitas de Dogville. Kidman ya no regresó para protagonizar Manderlay, la no menos lograda secuela.

3. Deseando amar (Wong Kar Wai, 2000).

“Una inspiración para Perdidos en Tokio”.- Sofia Coppola, directora.

Un hombre y una mujer, Chow y Su,  se hacen amigos. Con el transcurso de los días, tras intercambiar sonrisas y saludos, el azar les juega una mala broma: la esposa de él y el marido de ella son amantes. ¿Qué hacer? ¿Confrontarlos o pagarles con la misma moneda? El punto de partida de Deseando amar (In the mood for love) sería la anécdota ideal para un truculento drama o un delirante film noir, o una sabrosa combinación de los dos, pero la cinta de Wong Kar Wai es algo completamente distinto: un soberbio despliegue de contención basado en la lógica de que “amar es no conseguir”. La fotografía de Christopher Doyle es deslumbrante.

4. Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999 /2000)

“El trabajo de Paul Thomas Anderson es una de las pocas cosas que me gustan de Estados Unidos”.- Lars Von Trier

La primera década del siglo fue pródiga en películas cuyas estructuras narrativas se desdoblaban en múltiples subtramas con diversos personajes que confluían en puntos espacio-temporales que, si bien establecidos de una manera un tanto caprichosa, resultaban efectivos para alcanzar un efecto dramático unitario. De todas estas cintas, la más oceánica es Magnolia, cuyo relato plural se sostiene infatigable y monumental por más de tres horas. La cumbre poética: el coro unificador de Wise up, la canción de Aimee Mann que interpretan por turno todos los protagonistas de la cinta, incluido Tom Cruise en su papel de gurú del revanchismo sexual.     

5. The  Royal Tenenbaums (Wes Anderson, 2001)

“El espíritu de J.D. Salinger vive en Anderson”.- Village Voice, publicación neoyorquina. 

Las cintas de Wes Anderson son sobre inocencias perdidas: del Owen Wilson que se declara invencible en Bottle Rocket, al Adrien Brody que se lamenta  del niño que no salvó en Darjeeling Limited, sin olvidar la nostalgia de Bill Murray frente al pez tiburón de The Life aquatic, todas exploran la necesidad imperativa de recapturar la sinceridad de la infancia. Bajo esa lógica, nada más conmovedor que ver a un crepuscular Gene Hackman en gozosa pinta con sus nietos. La redención es posible, cómo no. Lo mejor de Anderson.

6. Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004). Con la excepción de Human Nature, todo lo que tocó Charlie Kaufman en estos años merecería estar en esta lista, incluida su opera prima como director, la subvalorada Sinécdoque, NY.  Nos inclinamos por esta cinta de Michel Gondry por una sencilla razón: es la película favorita de nuestras novias, pasadas y presentes.

7. Cartas desde Iwo Jima (2006). De todas las obras maestras dirigidas por Clint Eastwood, ésta es la más insólita: un homenaje al honor nipón que también funciona como una pertinente protesta contra el belicismo estadounidense. 

8.  24 Hour Party People (2002) De Joy Division a Happy Mondays, y de New Order al “rave”, Michael Winterbottom nos enseña que la historia musical de Manchester es, a fin de cuentas, buena parte de nuestra historia. “We’re here to stay!”

9.  Beau Travail (1999/2000) Libremente basada en Billy Budd, de Herman Melville, la obra maestra de Claire Denis es un tributo a la belleza plástica del cuerpo masculino. El baile final de Denis Lavant al ritmo de Rhythm of the night es toda una explosión de tristeza.

10. Héroe (2002) Zhang Yimou lleva al género Wuxia (espadas y artes marciales) a la espectacularidad sin límites, a la vez que lo dota de un muy inteligente subtexto de crítica política. Epica en todos los sentidos.

11. Perdidos en Tokio (2003). ¿Quién iba a pensar que Bill Murray y Scarlett Johansson se convertirían en una de las más memorables parejas amorosas del cine contemporáneo? Como bien apuntó Jorge Ayala Blanco en su momento, Murray derrocha aquí una simpatía no vista desde los lances de ingenio de Cary Grant.

12. Audición (2000).  Esta violenta fábula sobre la cosificación de la mujer es la película más tensa y controlada del prolífico Miike Takashi. Un clásico del horror.

13. Donnie Darko (2001). Angustia adolescente, teorías metafísicas, ciclos espacio-temporales, nostalgia ochentera y la que quizá sea la única buena actuación del recientemente fallecido Patrick Swayze.

14. Lilya 4 ever (2002). Desgarrador testimonio de la degradación social de Rusia, la fábrica de putas de Europa.  

15. Niños del hombre (2006) No es una cuestión de simpatía por lo mexicano: los demenciales planos secuencia logrados por Alfonso Cuarón son inolvidables. Punto.

16. Femme Fatale (2002). La película suma de Brian De Palma: un rompecabezas que, además de ser un desbocado ejercicio de estilo, sirve como un fascinante testimonio de sus obsesiones más misóginas.

17  La mala educación (2004). La mejor actuación de Gael García en la más oscura cinta de Almodóvar. ¿A poco Gael no se ve guapo vestido de mujer? Anda, ¡acéptalo!

18. High Fidelity (2000). El guiño de ojo cool sería hacer un top ten de las razones por las que está en la lista, pero no tenemos espacio. Ni modo John Cusack.

19. En el hoyo (2006). El plano aéreo del “segundo piso” que cierra la película es la toma más amorosa que alguien le haya hecho jamás a la ciudad de México.

20. Colateral (2004). Es un momento mágico que ocurre pasada la primera hora: el taxi donde viajan  Jamie Foxx y Tom Cruise se cruza con un coyote que se pasea señorialmente por las calles de Los Angeles. Vemos los ojos del coyote, vemos los ojos de Cruise, y sabemos que éste va a morir en absoluta soledad. Simplemente lo sabemos.

21. About a boy (2002). “Si cada hombre es una isla, ¡entonces yo soy Ibiza!”  

22. Déjame entrar (2008). Lo mejor es la inquietante presencia de Lina Leandersson, uno de los mejores vampiros de la historia. Lina sublima al sexo más allá de la edad, el género y la humanidad misma. De otro mundo.

23. Kill Bill 1 y 2 (2003 y 2004). Uno no sabe qué pensar hasta que “La novia” llega a Japón y comienza a sonar el tema de El avispón verde: intoxicación pop a la máxima potencia.

24. Oldboy (2003). Con un estilo que combinaba el virtuosismo histérico del mejor Brian De Palma con la gráfica visceralidad de Miike Takeshi, Chan Wook Park consiguió una de las más azotadas historias de venganza de las que se tenga memoria. “Cuando ríes, el mundo ríe contigo; cuando lloras, lloras solo”.

25. Battle Royale (2000). Si alguna vez han soñado con masacrar al elenco de RBD o Camaleones, entonces entenderán la inclusión de este prendido divertimento del ya finado Kinji Fukasaku.

26. Grizzly Man (2005). Miembros de Greenpeace, aléjense: este documental de Werner Herzog nos convence de que la naturaleza está llena de crueldad y depredación.

27. Antes que el diablo sepa que estás muerto (2007). Ethan Hawke, Philip Seymour Hoffman y una buenísima Marissa Tomei bajo la mano de un aún muy intenso Sidney Lumet. Una pieza de refinada relojería. 

28. La muerte del Sr. Lazarescu (2005). Lección: la única manera de conseguir atención médica rápida y eficiente en este mundo es pagando por ella.

29. Rubber Johnny (2005). Los cortometrajes de Chris Cunningham son claves para entender la concepción casi poshumana con la que vemos las posibilidades morfológicas de nuestros cuerpos. ¡Qué mejor ejemplo que Rubber Johnny!

30. Nueve reinas (2000). La película de “estafadores” de la década no vino de David Mamet ni de Steven Soderbergh, sino del argentino  Fabian Bielinsky, quien murió de manera prematura en 2006, tras filmar El aura.

31. Standard Operating Procedure (2008).

32. Minority Report (2002).

33. Match Point (2005).

34. Temporada de patos (2004).

35. We own the night (2007).

36. The Dark Knight (2008).

37. Ratatouille (2007).

38. La hora 25 (2002).

39. La Comunidad (2000).

40. Coraline (la versión en 3D de 2009).

41. Revolutionary Road (2008).

42. Kung-fusion (2004).

43. La pianista (2001).

44. Las estaciones de la vida (2003).

45. Vals con Bashir (2008).

46. Bully (2001).

47. A scanner darkly (2006).

48. No country for old men (2007).

49. Exterminio (2002).

50. The Host (la coreana de 2006).

**Esta lista forma parte del número especial de lo mejor de la década de la revista Deep, edición diciembre. Llega este fin a las tiendas. ¡A comprarlo! 

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La Winslet nos ha engañado a todos. Pese a que se ha reinventado en el último lustro como una inmaculada diva de perfecta belleza cuya ambición se centra en papeles serios y “oscareables” -como los que interpretó en la sobrevalorada The Reader y en la magistral Revolutionary Road (dirigida por su esposo, Sam Mendes)-, lo cierto es que, para fortuna de los que la vimos debutar en cine hace ya 15 años como Juliet Hulme, la rechoncha y asesina lesbiana sabelotodo  de Criaturas Celestiales, en el fondo Kate sigue siendo la mundana y terrenal amiga que a todos nos gustaría tener.

El atractivo principal de Kate no es su innegable guapura, ni su frondosa silueta (la cual ha llegado a ser “photoshopeada” contra su voluntad por publicaciones como GQ), sino su cálida inteligencia, la cual se desdobla en todo lo que hace: sea en el terreno cien por ciento comercial (Titanic, Finding Neverland), sea en la arena independiente (Quills, Hideous kinky, Eternal sunshine of the spotless mind), o sea en el territorio autoparódico al que sólo pueden acceder las grandes estrellas (su hilarante participación como ella misma en Extras, la serie creada y protagonizada por Ricky Gervais).

La Winslet no decepciona: siempre es inteligente, pero a diferencia de otras actrices de su generación, esta cualidad redunda en que nunca pierde su amable accesibilidad. No sólo estamos enamorados de Kate, sino que la queremos y deseamos que envejezca con nosotros. ¿Cuántas celebridades pueden presumir de tal proeza?    

*Este texto forma parte de una serie de perfiles elaborados para la revista Glup, la cual pueden conseguir en Sanborns y otros puntos de venta.

**El  video muestra todos los minutos en pantalla de Kate durante su participación en Extras. Dato curioso: la serie fue realizada antes de The Reader, película por la que Winslet obtuvo el Oscar. Irónicamente, la película aborda el tema del  Holocausto. La fotografía es de Mario Testino.

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Quizá el Cisen no sea tan glamuroso como la CIA o el Mossad, pero les podemos asegurar que, en la práctica, puede ser igual de ojete.

Desde su creación, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) ha sido objeto de las más paranoicas “teorías de la conspiración”. La mayoría son falsas; no obstante, hemos encontrado por lo menos tres buenas razones para temerle a “la CIA mexicana”

1)      Lo que menos le interesa es la seguridad del Estado

De acuerdo con sus documentos oficiales, el Cisen es un órgano civil y desconcentrado dependiente de la Secretaría de Gobernación cuya razón de ser es generar inteligencia en materia de seguridad nacional. Su misión es manejar un sistema de análisis estratégico, táctico y operativo que genere información privilegiada para la toma de decisiones, que alerte sobre amenazas y riesgos internos y externos a la seguridad nacional, y que preserve la integridad, estabilidad y permanencia del Estado mexicano, todo, supuestamente, en el marco de un gobierno democrático y de respeto al “estado de derecho”.

Si nos atenemos a las definiciones técnicas de “labores de inteligencia”, se entiende que son todas aquellas acciones legítimas para anticipar y prevenir los riesgos naturales con los que puedan verse involucradas las fuerzas de seguridad en el país. Concretamente, la “inteligencia” es el conocimiento especializado que el Gobierno requiere para tomar las mejores decisiones posibles respecto a fenómenos que imponen un obstáculo al interés del país. El concepto de “amenaza a la seguridad nacional” es amplio y cambiante, pero se delimita en función de un sencillo criterio: la viabilidad de las reglas es instituciones en las que descansa el contrato social. Así, una amenaza puede ser un desastre natural, intrigas de una nación antagónica, actos terroristas, sabotaje, o como ha sucedido en tiempos recientes, grupos criminales cuya omnipresencia ponga en peligro a las estructuras mismas del Estado, como es el caso del narcotráfico.

Bajo estos criterios, los organismos de inteligencia mexicanos nunca han cumplido a cabalidad con el objetivo para el que fueron creados. No por negligencia –de hecho, la inteligencia mexicana dista mucho de estar aquejada por el tercermundismo característico del resto de la burocracia azteca-, sino por una razón de mera conveniencia: el Cisen, así como el resto de los cuerpos de seguridad nacional no militares, responde a las necesidades políticas del presidente y el partido en el poder, y no a los intereses supremos de la nación. Siempre ha sido así. El Cisen fue creado en 1989, en sustitución de la Dirección de Investigación y Seguridad Nacional, que a su vez era el reemplazo de la temible y temida Dirección Federal de Seguridad, la cual operó de 1947 a 1986. La Dirección Federal de Seguridad, moldeada por el ya fallecido Fernando Gutiérrez Barrios, nunca maniobró como un órgano de seguridad, sino como una especie de policía política del binomio PRI/Gobierno: lejos de elaborar escenarios y ejecutar planes disuasivos que garantizaran la supresión permanente de los riesgos a la nación, la Dirección Federal de Seguridad se dedicó a aplastar sistemáticamente a todas las voces disidentes que pusieran en riesgo el sistema de partido hegemónico que gobernó al país durante más de 70 años. El saldo de esa “guerra sucia” fueron decenas de desaparecidos políticos y una nula capacidad de acción frente a los verdaderos enemigos del Estado.

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No es casualidad que, una vez desmembrada, varios agentes de la Dirección Federal de Seguridad se dedicaran al secuestro, como se puede comprobar si se revisa el historial de las principales bandas criminales de años recientes. Incapacitado por ley para realizar arrestos, así como despojado de las prerrogativas supralegales con las que sus agentes se manejaban en los tiempos de “Don Fernando”, el Cisen quizá sea menos temible que la difunta Dirección Federal de Seguridad; sin embargo, sí parece compartir su principal defecto: la sumisión de sus funciones a la conveniencia política del gobierno en turno. Va un irónico ejemplo: hace unos meses, Manlio Fabio Beltrones, líder de la bancada priista en el Senado, se quejó públicamente de que el Cisen lo espiaba día y noche, y en específico, solicitó la renuncia de su director Guillermo Valdés Castellanos (muy amigo, por cierto de Felipe Calderón). Según Beltrones, en colaboración con el entonces presidente del PAN, Germán Martínez, el Gobierno utilizaba al Cisen para acusar a candidatos priístas de presuntas relaciones con el crimen organizado. ¿Y la seguridad nacional? Bien, gracias.

2)      Es menos ineficiente de lo que pretende.

Hace un par de años, tras los bombazos en instalaciones de Pemex, cuya autoría reivindicó el  Ejército Popular Revolucionario (EPR), la administración de Felipe Calderón difundió que el Cisen estaba desmantelado, y que sus recursos eran casi nulos. Según el ejecutivo, nuestros espías, si es que se les podía llamar así, eran prácticamente de juguete. El dinero, empero, muestra otra realidad: durante la presente administración, el Cisen ha recibido aumentos presupuestales sin precedente. De 665 millones de pesos ejercidos al inicio del gobierno de Vicente Fox, hace 9 años, se ha pasado a 2, 439 millones de pesos asignados en este 2009. ¿Cuál desmantelamiento? Sergio Aguayo, autor de La Charola: una historia de los servicios de inteligencia en México, ha elaborado una interesante hipótesis de trabajo. Palabras más, palabras menos, Aguayo sostiene que hay cuatro grandes sistemas de inteligencia en México: dos privados -el del Sindicato Nacional de Maestros de Trabajadores de la Educación (SNTE) y el de la iglesia- y dos federales, el del ejercito y el Cisen. La CIA, supone, cuenta también con uno en sus consulados. Cuando asumió la presidencia en el 2000, Vicente Fox ordenó la reducción de atribuciones del Cisen, en aras de reordenar el esquema de seguridad.

Antes de su muerte en un accidente automovilístico, Adolfo Aguilar Zínser, ex Consejero de Seguridad Nacional de Fox, le comentó a Aguayo que la orden no había sido ejecutada tal y como se había difundido: por el contrario, el sistema de información del Cisen se había desagregado de tal forma en que, si una persona ajena a los intereses de la agencia solicitaba el expediente de un personaje, sólo aparecían datos inocuos; en cambio, si un funcionario del círculo interno requería el mismo expediente, el sistema se agrupaba y se producía información detallada y pormenorizada de todas sus actividades. Según Zínser, el Cisen nunca se desmanteló, simplemente se reinventó para alejarse del radar de la opinión pública.

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3)      ¡Cuenta con su propia escuela para espías! 

Aquellos obsesionados con jugar al agente secreto en el surrealista tablero político mexicano ya cuentan con una razón para salir a celebrar a las calles: no hay necesidad de viajar a Estados Unidos o Israel, ¡México ya tiene su propia escuela para espías!  Hace unos meses, Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, anunció la creación de la Escuela de Inteligencia para la Seguridad Nacional (Esisen), dependiente del Cisen. Su objetivo: “la formación de cuadros especializados en las materias de inteligencia civil para la seguridad nacional y cualquier otra necesaria para mantener la permanencia del Estado mexicano.” Lamentablemente, una vez en operación, las convocatorias no estarán destinadas al público en general, sino sólo a las entidades gubernamentales relacionadas con las tareas de seguridad nacional. Nadie dijo que la vida de espía fuera fácil.

**Este texto se publicó en el especial de “conspiraciones” de la revista Deep de este mes de noviembre.

***Más sobre conspiraciones:

Top 5: Teorías de la Conspiración

Entrevista con Julio Patán

 

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Aunque podríamos elaborar una enciclopedia sobre los cientos de teorías de la conspiración que animan el paranoico imaginario cultural de esta primera década del siglo, hemos decidido resaltar las cinco que, a nuestro juicio, guardan más vigencia y delirio.

1. Invasión alienígena

De todas las teorías de la conspiración, quizá la que se antoja más inofensiva sea la más popular de todas: la confabulación extraterrestre, consistente en creer que existe un plan maestro alienígena para dominar el planeta. Sin embargo, creer en alienígenas es menos intrascendente de lo que parece. Según datos de la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría, existen alrededor de cuatro millones de norteamericanos que aseguran haber sido “abducidos” en los últimos 30 años; todos sostienen haber sido secuestrados y llevados a una nave espacial, donde fueron sujetos a los más humillantes experimentos (intrusiones psíquicas, violentas auscultaciones, abusos sexuales de diversa índole, entre otros numerosos horrores).

Los encuentros con los extraterrestres se dan en solitario, mientras la víctima conduce por un camino poco transitado, o mejor aún, cuando duerme en su cama. La primera señal de un “encuentro cercano del tercer tipo” es la aparición de una luz cegadora que paraliza por completo al individuo. Muchas veces, como consecuencia de la acción de este rayo, el “abducido” se descubre en pleno acto de levitación sobre su cama, para después ser transportado, sin turbulencias ni injerencias del mundo exterior, hacia un platillo volador de enormes dimensiones. El grueso de los secuestrados no recuerda con precisión lo ocurrido durante los días posteriores a la “abducción”; no obstante, conforme pasa el tiempo, los destellos o flashbacks de lo que en verdad sucedió acosan la mente de la víctima. Además de los agravios, los abducidos recuerdan el horrible aspecto de los alienígenas (seres de ojos enormes y de piel verde grisácea), así como la comunicación telepática que mantenían entre ellos.

En paralelo a estos relatos, varios dizque expertos en el fenómeno “extraterrestre” formulan hipótesis en las que, grosso modo, se especula que existe una gigantesca conspiración para mantener en secreto los experimentos. Bajo esta dinámica, la explicación de las abducciones es obvia: los alienígenas pretenden colonizarnos, y la conquista será más fácil en la medida en que estos seres del espacio exterior nos conozcan mejor como especie. Las teorías más extremas, como las que recoge la mitología al estilo de Los expedientes secretos X, aventuran que, a cambio de salvar el pellejo una vez que prospere la invasión, las élites ya han negociado el apocalipsis: en cuestión de unos años vendrá el golpe definitivo y la “solución final” para eliminar a la raza humana será una realidad. La utilización de la imaginería nazi no termina ahí. Inspirados por la Operación Valquiria, plan que intentó dar un golpe del estado contra Hitler en la Alemania nazi -y que se basaba en subvertir un plan de emergencia que suponía ceder el control del país germánico a las milicias en caso de la eventual muerte del führer-, se creará una crisis sanitaria de proporciones bíblicas; una pandemia mortal y en extremo contagiosa, generada por los mismos extraterrestres a partir de sus experimentos con los “abducidos” (sobra decir que los conspiradores humanos serán los únicos que posean el antídoto).

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En Estados Unidos, el control del andamiaje político y de los cuerpos de seguridad será asumido por la Federal Emergency Management Agency (Asociación Federal de Control de Emergencias, o FEMA, por sus siglas en inglés), la cual fue constituida durante el gobierno de Jimmy Carter como un organismo con capacidades para decretar un estado de excepción en caso de que una emergencia ambiental la obligará a ejecutar medidas extremas. Una vez en el poder, la pandemia se propagará, la raza humana será sometida y sólo los conspiradores humanos podrán continuar con vida, probablemente en reservaciones, como si fueran animales en un zoológico. No todos los creyentes en el complot alienígena son tan apocalípticos.

Existe, en menor medida, otro sector que sostiene que, lejos de ser inconmovibles conquistadores, los alienígenas son seres bondadosos, casi divinos, cuya intención es sublimarnos como especie. Como relata la periodista Laura Castellanos en su libro Ovnis: historia y pasiones de los avistamientos en México (Mondadori), esta tesis encontró eco en nuestro país en las décadas de los 60 y 70, cuando incluso se llegaron a ver multitudinarias manifestaciones en Reforma para darles la bienvenida a los visitantes del espacio.

¿Por qué tanto azote frente a los mitos extraterrestres? En principio, las teorías en torno a alienígenas gozan de un elemento clave en toda idea susceptible de ser propagada viralmente: una dosis de verosimilitud. No resulta irracional suponer que seamos los únicos seres vivos inteligentes en el universo; por el contrario, lo ilógico sería suponer lo contrario. Por otra parte, la cualidad pop de los “extraterrestres” los hace receptáculos perfectos de la histeria social. Es un hecho científico probado: en su libro Hysterical Epidemics and Modern Media, la doctora Elaine Showalter afirma que existe un síndrome clínico-sociológico para explicar el alto número de personas que afirman haber sido abducidas:

“El trastorno por abducción extraterrestre es una “epidemia histérica”: un trastorno psicógeno estimulado por los medios de comunicación, quienes diseminan información paranoica que favorece que aparezcan más enfermos. La histeria aparece cuando alguien expresa estrés o infelicidad a través de síntomas que carecen de explicación clínica. Al carecer de información, los medios culpan a causas como virus, abusos sexuales, armas químicas, conspiraciones satánicas o alienígenas infiltrados. El miedo se refuerza y el resultado termina siendo un cuadro más grave que los síntomas físicos originales.” ¿Para qué tanta histeria? Mejor hacerle caso a la doctora Showalter: no creamos en conspiraciones alienígenas, pues no sólo nos hace ver ridículos y paranoicos, sino que literalmente le hace daño a nuestra salud.

2. La conspiración judía

Como sostiene Julio Patán en su libro Conspiraciones (Paidós, 2005), ninguna teoría del complot es más antigua que la conspiración judía, la cual supone la existencia de un gobierno secreto que desde hace siglos (o acaso milenios) urde intrigas para lograr el dominio del planeta. El mito de la “conspiración judía” ha renacido una y otra vez a lo largo de la historia y en geografías muy distintas. De los tiempos en que San Agustín los acusaba de haberse aliado con el diablo a los señalamientos hitlerianos de que eran la escoria del planeta, sin olvidar los linchamientos a los que fueron sujetos en la Edad Media, o la satanización que aún se hace de ellos en los sectores fundamentalistas del mundo islámico, los judíos siempre han sido blanco recurrente del odio.

La teoría que anima los enconos más intensos es la que postula que existe una camarilla judía que, vía una red mundial de organismos camuflados, controla partidos, gobiernos, la prensa, la opinión pública, los bancos y la marcha de la economía. Este plan de dominio está plasmado en una serie de escritos que, en conjunto, se conocen bajo el nombre de Los protocolos de los sabios de Sión. Publicados en 1894, estos textos describen un rebuscado plan judío-masónico consistente en colocar a varios de sus miembros en todos los centros de poder con el fin de esclavizar al resto de la civilización. Para ser exitosa, la conspiración debe desdoblar, entre otras acciones, el cataclismo financiero del orbe, la asunción de un judío como Papa (de manera encubierta, desde luego), el debilitamiento de las religiones a causa de la promoción del libre pensamiento y el control de la maquinaria cultural.

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Los Protocolos de los sabios de Sión fueron los fundamentos dizque académicos en los que el nazismo basó la cruzada antisemita que terminó con la vida de cinco millones de judíos. En la actualidad, independientemente de los conflictos religiosos en el Medio Oriente, existen periferias donde aún se cree con fervor en la tesis de la conspiración judía mundial. Un ejemplo de esto son las milicias ultraderechistas que manifiestan que se avecina el establecimiento de un Gobierno Sionista de Ocupación (ZOG, por sus siglas en inglés), el cual ya controla a la mayor parte de las naciones blancas del planeta. La estrategia del ZOG es una pesadilla para la supremacía aria: mermar la integridad racial de las naciones blancas hasta convertir al grueso de su población en una mixtura racial, a la vez que asumen el control de los bancos y el sistema financiero.

La coyuntura ha revivido la paranoia: Barack Obama, bajo la visión de estas milicias, es una vil marioneta de los judíos, así como la actual crisis económica global es un paso más hacia el triunfo del sionismo. Una vez que los blancos no sionistas desaparezcan, los judíos saldrán de las sombras, removerán a los mestizos como Obama y asumirán su rol como el pueblo elegido de Dios.

3. ¡Paul está muerto!

La única realeza posible en este mundo mediático es la que brinda la celebridad: ser famoso por una alta exposición en los medios de comunicación equivale hoy a adquirir un status social que antes sólo era posible mediante la prosapia o el abolengo.

Ahora bien, ser una celebridad que rebase los 15 minutos de fama warholianos implica convertirse en algo más: en una figura ajena a las leyes humanas, en un dios que vivirá por siempre en la cursi pero omnipresente imaginería pop. Alcanzar este status no es fácil: amén de talento y personalidad, se requiere de generar una genuina conexión emotiva para mantenerse vigente en el corazón de las personas. Aunque todo apunta a que Paris Hilton, la primera diosa cultural sin otro talento que la celebridad misma, se convierta en la primera excepción a esta regla, lo cierto es que Elvis Presley, John Lennon y Michael Jackson eran estrellas de enormes aptitudes. No es gratuito que sus muertes, misteriosas todas, hayan sido material constante de alucinantes teorías que aseveran que aún viven, y que sus fallecimientos fueron, en el mejor de los casos, pantomimas ideadas por ellos mismos para vivir en paz, o en el peor, montajes diseñados por la CIA u otras fuerzas oscuras.

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Frente a este contexto, resulta aún más curiosa la teoría que argumenta que el otrora Beatle, el muy vivo Paul McCartney, en realidad murió en 1966 a causa de un accidente automovilístico. La supuesta evidencia de la muerte de McCartney se compone de indicios hallados entre muchos de los discos de los Beatles, los cuales han sido interpretados como si hubiesen sido deliberadamente colocados por ellos mismos para ser armados como un gigantesco rompecabezas que, una vez configurado, revela el deceso del verdadero Paul. El impostor de McCartney responde al nombre de William Campbell, quien fue seleccionado con la aprobación de los otros tres Beatles. En 1971, motivado por la amargura que sentía por Paul tras la separación, John Lennon escribió en How do you sleep? que “esos freaks estaban en lo correcto cuando dijeron que estabas muerto”.

En el universo de los conspiracionistas, Lennon obtuvo la revancha perfecta sobre McCartney: a él lo visualizan vivo, a Paul, en cambio, lo imaginan muerto.

4. Facebook: invento de la CIA

Las teorías de la conspiración son termómetros culturales: reflejan fenómenos del aquí y el ahora. Por ello, no es gratuito que las “redes sociales” sean ahora material para formular las más disparatadas hipótesis de la paranoia posmoderna. Como se recordará, las “redes sociales”, sitios web que promocionan la creación e interacción de círculos de amigos en línea, comenzaron a aparecer a principios de esta década y se consolidaron en años recientes con el éxito de MySpace y Facebook.

A diferencia de MySpace, que premia la promoción creativa e interacción entre extraños, Facebook alienta la proyección exponencial de contactos en comunidades que habitan un espacio físico delimitado. O sea, funciona mejor si se parte de una base establecida de conocidos, para de ahí reducir distancias entre personas que no se conocen, pero que sí son conocidos de sus conocidos y confluyen en diferentes networks o redes de intereses en común. Asimismo, cuenta con un newsfeed –una cadena de avisos de novedades—que informa de manera constante al usuario sobre los movimientos en las cuentas de sus contactos. El efecto es deslumbrante: da la impresión de que la red es un organismo en mutación permanente, que de la nada reporta una cobertura noticiosa de todos los actos de tu vida y la de tus conocidos. El resultado de esto es que Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, es poseedor de lo que quizá sea la base de datos más grande de la historia: 250 millones de personas alrededor del orbe.

La teoría de la conspiración más difundida arguye que todos esos datos -nombres, edades, actividades, gustos, círculos sociales, etcétera- son ya propiedad de la CIA y la secretaría de Defensa estadounidense, puesto que varios de los inversionistas que participaron en la primera ronda de financiamiento del sitio son exfuncionarios conectados con “la agencia” y grupos de ultraderecha. Bajo esta lógica, la intención ulterior de Facebook nunca fue “conectarte a la gente”, como dice su slogan, sino fungir como un “caballo de Troya” para obtener tus datos, los de tu novia, los de tu familia, los de tus amigos y hasta los de los amigos de tus amigos.

5. Nunca llegamos a la Luna

Esta teoría es muy sencilla: el hombre no llegó a la Luna en 1969, sino que todo fue un montaje filmado para hacerle creer a la población que Estados Unidos era superior tecnológicamente a Rusia, entonces conocida como la Unión Soviética. En los años de la “guerra fría”, cuando la posibilidad del holocausto nuclear amenazaba con colocar a la población estadounidense en un estado de psicosis colectiva, tal creencia resultaba imperativa para mantener la tranquilidad social. Algunas versiones conceden que, años después, el hombre efectivamente sí logró aterrizar y caminar sobre la Luna; otras, las más populares, aseguran que nunca hemos cumplimentado este sueño.

Las hipótesis más divertidas aseveran que fue el mismísimo Stanley Kubrick el encargado de filmar el falso alunizaje. El interés de este supuesto complot radica en que permite comprender el carácter religioso de los conspiracionistas, perpetuamente convencidos que el mundo está regido por fuerzas oscuras e inasibles. Para un creyente en las teorías de la conspiración, aceptar que podemos rebasar los límites de nuestro planeta -y por tanto liberarnos de los paradigmas tradicionales que explican el cosmos (como la religión u otras creencias metafísicas)- debe ser un escenario profundamente doloroso. (F)

**Este texto es parte de un especial sobre conspiraciones y “teorías de la conspiración” escrito para Deep. La segunda parte de este especial se encuentra en la edición de noviembre. ¡Cómprenla!

***Julio Patán habla sobre conspiraciones en Perdido en el siglo, “aquí”

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El primer álbum de Grinderman, banda formada por Nick Cave y algunos miembros de The Bad Seeds, fue recibido en 2006 con un extraño escepticismo. Mi hipótesis es que muchos interpretaron su principal virtud como defecto: Grinderman es un disco que expresa sin anestesia el dolor de los años; así suena y se siente la crisis de la mediana edad. Prerrogativa de artista: mientras un cincuentón común y corriente se compra un auto deportivo para desviar la atención de su propia decadencia, un tipo como Nick graba un disco de rock durísimo sobre ansiedad apocalíptica y frustración sexual.

El resultado es fascinante y merece ser mucho más celebrado. Ojalá que el segundo disco del grupo, programado para el 2010, ponga todo en su lugar. Mientras tanto, van tres muestras explosivas de su poder en vivo:

No pussy blues

When my love comes down

Honey bee (Let’s fly to Mars)

La foto es de Robert Loerzel. Su sitio: www.undergroundbee.com

De la muy minusvalorada Quick change.

¡Feliz día de muertos!

Ni la incomodidad tradicional del Palacio de los Deportes, ni las fallas de audio de los primeros minutos, ni mucho menos los gritos de impostada histeria de las suculentas Lolitas que componen ya buena parte de su base de fans (¡las amo!), pudieron quitarle un ápice de grandeza a los Kings of Leon el pasado 22 de octubre. Sobre todo cuando tocaron Revelry: momento perfecto sólo posible en la expresión grandilocuente del rock de estadio.

Fue en verdad algo luminoso, como si un espíritu de gozosa melancolía recorriera la arena por las pantallas de los celulares, alegre y orgulloso de estar ahí.

P.D. El video es de Ana, aka @mujerdepocafe . Sigue su twitter

LIC. FELIPE CALDERON HINOJOSA

Habilidoso para el discurso motivacional, pero de gestión decepcionante y poco efectiva, Felipe Calderón Hinojosa, nuestro honorable presidente, es el amo de las porras.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, un porrista es una persona entusiasta que, con un pompón en cada mano, anima a su equipo y a los espectadores con cantos y movimientos gimnásticos. El porrista, apunta el diccionario, también es un hincha que apoya de manera incondicional a su equipo, sea desde la tribuna, a través de gritos y aplausos, o en reuniones y eventos, donde defiende con pasión e intensidad las virtudes de su camiseta. Un porrista no es un actor en la toma de decisiones, ni tiene injerencia alguna en el gran esquema de las cosas; si sus porras contribuyen o no al mejor desempeño de su equipo, no es relevante: el animador es una escandalosa caja de resonancia cuya eficiencia es juzgada por la cantidad de ruido que hace. De hecho, como sabe cualquier aficionado a los deportes, existen muy malos equipos con excelentes porristas, lo que no forzosamente significa que sean individuos de presencia memorable.

El porrista, por definición, es una persona gris, sin rostro, cuyos gritos de apoyo a veces se confunden en medio de otros gritos, provenientes de porras antagónicas y más escandalosas. Tampoco hay que minusvalorarlo, aunque no requiere talento para la operación ni capacidad de mando, la labor de porrista no es sencilla: se requiere ser optimista y gritón todo el tiempo. En México contamos con grandes porristas; nuestro país goza de un superávit de personajes envalentonados que lanzan discursos motivacionales y ganadores, pero que a la hora de la verdad, cuando hay que traducir las palabras en acción, simplemente optan por emitir más porras y gritos. El mejor exponente de esta dinámica, qué duda cabe, es nuestro presidente, Felipe Calderón Hinojosa, el amo de las porras.

Del dicho al hecho

“Pegarle al presidente”, como se dice en el argot periodístico, ya no es prueba de nada. Desde el tristemente famoso error de diciembre de 1994, los ataques periodísticos contra la figura presidencial son ya un lugar común en buena parte de los medios de comunicación. En el caso específico de Felipe Calderón, el grueso de las críticas adolece de maniqueísmo y desinformación. Los pecados de nuestro actual presidente no son, como suponen algunos medios izquierdistas, los atavismos o conservadurismos morales (Calderón es un tipo demasiado ilustrado como para ser un “meón de agua bendita”); tampoco son, como argumentan algunos “conspiracionistas” trasnochados, las filiaciones dogmáticas al neoliberalismo o a poderes fácticos abstractos como el Banco Mundial o la “oligarquía empresarial” (no hay, por lo menos en términos económicos, un proyecto presidencial genuinamente ortodoxo).

El problema de Calderón, materializado al máximo en estos primeros tres años de su administración, es su confusión conceptual: vehemente y apasionado, el presidente cree que las cosas suceden por el simple hecho de desearlas intensamente. La planeación -es decir, el establecimiento de las pautas de gestión que permitirán la obtención futura de resultados- no es algo que considere importante: Calderón, porrista al fin, se mueve siempre en el “sí se puede”, pero nunca dice cómo ni cuándo planea obtener los logros que anhela y promete. Como candidato, juró que iba a ser el presidente del empleo, que México crecería a un ritmo de alrededor del siete por ciento anual, que evitaría que los mexicanos saltarán al otro lado de la frontera para buscar una vida más digna, que disminuiría la criminalidad, que enfrentaría al corporativismo sindical, que establecería un plan de salud universal, en fin. Hoy, sin embargo, la decepción es desoladora: el presidente ni siquiera ha podido cumplir con una medida tan sencilla como la eliminación del pago de la tenencia, ya ni se diga con el porcentaje de crecimiento que prometió (a no ser que le haya faltado precisar que ese siete por ciento se iba a registrar en términos negativos, como sucederá en este 2009).

A diferencia de otros políticos, Calderón nunca suena hueco ni carente de habilidad retórica; es más, con frecuencia sus discursos son francamente inspiradores. Botón de muestra: el mensaje que dio el pasado dos de septiembre con motivo de su tercer informe de gobierno. Emocionado y con el majestuoso Palacio Nacional de fondo, Calderón enumeró nuestros males, lamentó fallas sistémicas y conmino a todas las fuerzas políticas a establecer consensos y ejecutar una agenda de verdadero cambio, la cual plasmó en un decálogo de reformas impostergables (redimensionamiento fiscal, telecomunicaciones, salud, entre otras).

“Las cosas ya no pueden seguir así”, enfatizó el presidente. ¿Quién podría argumentar lo opuesto? El entusiasmo funcionó algunos días: opiniones favorables de editorialistas, benevolencia por parte de líderes de la oposición, felicitaciones de empresarios, etcétera. No obstante, a un mes de distancia, queda claro que el decálogo presidencial no pasó de ser una porra más: no hay una sola acción por parte del gobierno que permita pensar que esta vez las cosas sí van a ser diferentes. Todo lo contrario: los cambios en el gabinete confirmaron la sospecha de que a Calderón le gusta rodearse de gente leal, pero de dudosa efectividad y conocimientos; el paquete fiscal -una herramienta vital para promover el crecimiento empresarial, el empleo y la creación de riqueza- es un modelo de falta de imaginación, que aparte presenta un aumento al IVA bajo el ofensivo disfraz del “combate a la pobreza”; y la batalla contra el crimen, tan cacareada por los incondicionales del presidente, se volvió a agotar en decomisos sin importancia o en golpes mediáticos, como el patético dizque secuestro del avión de Aeroméxico. Peor aún, Calderón se niega a aceptar los errores: en un lenguaje cada vez más agresivo y menos cifrado, el presidente sugiere que no sumarse a la porra equivale a ir en contra del progreso del país.

¿Qué hacer frente a esta lógica? Quizá la respuesta la tenga Thomas Szasz, el polémico sicólogo húngaro que define a la herejía como “el acto de insistir en que dos más dos son cuatro cuando lo apropiado, lo patriótico, lo profesional, es decir que son cinco”. En estos momentos, sobra decir, el país podría usar más herejes como los descritos por Szasz, y menos porristas vacuos como el presidente. (F)

*Este texto se publica en la revista Deep de octubre.

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Creador de una obra que abarca más de cuatro décadas y numerosos libros, Jorge Ayala Blanco es uno de los críticos cinematográficos más reconocidos del mundo de habla hispana. No hay nadie como él: ilustrado, corrosivo y en extremo inteligente, Ayala Blanco sólo considera válida la crítica que se demanda la misma clase de rigor que le exige a la obra artística

En entrevista, el autor de Cinelunes exquisito, espacio que publica semana tras semana en el diario El Financiero, reflexiona sobre el papel que debe jugar la crítica cinematográfica que aspire a ser algo más que una mera reseña promocional.

¿Para qué sirve hoy la crítica de cine?

La crítica sirve para prolongar e intensificar el placer del cine. Esa siempre ha sido mi postura. ¿Para qué otra cosa podría servir? La crítica seria, la que aspira a desmenuzar una película, es casi algo del pasado. No existe en los medios tradicionales, porque estos mismos medios son ya especies en extinción. La mayoría de los críticos funcionan como guías para saber qué ver el fin de semana, y nada más. Se hace más marketing que crítica real. Algunos dicen que quizá el futuro de la crítica se encuentre en Internet, pero la idea no me entusiasma: a excepción de uno o dos sitios, me parece que Internet funciona más para crear grupos o sumarse a tribus; casi todo el lenguaje está expresado en una clave cerrada y poco trabajada. Como lector, Internet no me parece interesante. Probablemente los tiempos nos obliguen a repensar las cosas, pero yo me aferro a mi idea original: desde los 12 años de edad busco y leo crítica de cine por un motivo perfectamente egoísta, prolongar e intensificar mi placer. Ser crítico significa estar vivo: equivale a jugar, a negarse a renunciar a una dimensión de tu personalidad que disfrutas y te define.

Algunos críticos se imaginan como gurús supremos que deciden lo que es bueno o malo. Su juicio de valor parece importarles más que la película en sí.

Yo los llamo “críticos Ratatouille”: personas que se asumen como una clase de supraconciencia de la obra, la cual siempre requiere ser evaluada. Concebir así a la crítica puede ser un ejercicio de soberbia o humildad, todo depende de la persona que la ejerza. Ratatouille se burla de una manera muy inteligente de esa clase de crítica, al tiempo que la rescata y hasta la valora. Yo creo que uno debe de estar siempre al servicio de la obra. El “crítico Ratatouille” puede resultar molesto, pero a mí me parece todavía más abominable el “crítico pilmama”, que es el que se la pasa en el apapacho constante a las películas y los directores. El “crítico pilmama” es el que se apiada del director porque “le echó muchas ganas”, o se conmisera de los productores porque “le invirtieron mucha lana al proyecto”, o suelta frases como “hay que apoyar al cine mexicano”. Otro crítico pavoroso es el “rellena planas”, que es el que habla de la sinopsis, la trayectoria del director, las circunstancias de la filmación y un sinfín de paja que no dice en realidad nada de la película. El juicio del “crítico rellena planas” siempre aparece en el último párrafo y es una cochinadita de dos líneas. También está el otro extremo. A mí me encanta que la crítica sea corrosiva, pero si no se va más allá de eso, uno se convierte en un “crítico vinagrillo”: un amargado al que le obsesiona más la guillotina que la crítica misma. La vida de la crítica es lo importante; es decir, la crítica debe ir hacia un lugar: la premisa introductoria no puede ser la conclusión. La crítica que no va a ninguna parte, la que sólo da vueltas sobre sí misma, es gratuita y poco placentera.

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¿Qué tanto te importa el lector? ¿Cómo concibes tu relación con él?

El lector me importa enormemente. No me interesa el solipsismo ni hablarle a mi ombligo. En mis libros jamás hablo en primera persona, al contrario, intento borrarme, ser impersonal. El uso de la tercera persona siempre es más inteligente. Es una cuestión de respeto: nunca debemos suponer que estamos por encima del lector. Mi lector ideal es un compañero de butaca con el que puedes platicar y establecer una complicidad inteligente. Quiero creer que a mí me hubiera interesado leer las notas que hoy escribo cuando tenía 18 años; me gusta pensar que escribo para el joven que yo fui. Para mí, un buen crítico descubre aspectos que yo no detecté, o que quizá sí sentí pero no pude precisar. O como alguien decía de manera muy inteligente: un buen crítico es el que esclarece las películas oscuras, y oscurece las películas claras. Eso sigue vigente. Hay películas que en apariencia lucen transparentes y simplonas, pero una vez que te das el lujo de meterte en el inconsciente del cineasta, resultan ser complejísimas. A veces, el mejor crítico es el que se asume como el terapeuta de los directores. ¿Por qué no? Me parece muy válido. También creo que un buen crítico debe de nutrirse de cosas diferentes al cine. Una crítica que sólo se alimenta de la cultura cinematográfica se convierte en algo absurdo y autorreferencial que no le hace ningún servicio al lector.

Imaginar al Ayala Blanco que conjuga fascinado lo que ve me resulta imposible en un medio que no sea impreso. Hay una ambición formal en tu prosa que te coloca muy por encima de tus colegas.

Cuando escribes hay una sobrecarga conceptual y expresiva que te obliga a asumir un estilo, la intención formal a la que te refieres. Uno no puede escribir como habla, ni hablar como escribe. Sería un absurdo. Ahora, en mi caso, el estilo no viene de un rincón de mi mente que sea enteramente propositivo. Mi intención es desmontar los mecanismos internos de una película e interpretar las emociones que sentí, y no verme a mí mismo en el papel de escritor o en función de otras expectativas que no sean la de explicarme la película. Es una especie de conversación unilateral: me explico a mí mismo la película para así intentar explicársela a las demás. También es cierto que ejerzo la crítica con libertad, pues no me limito forzosamente al formato de la nota de periódico, sino que escribo bajo la asunción de que todo va a ser plasmado en un libro: si la crítica da para 7,000 o 20,000 caracteres me da lo mismo, escribo lo que debe de salir. Eso repercute en que mi estilo sea menos compacto y mucho más libre, a la vez que me hace más consciente de la permanencia del juicio. Mi obra va sobre tres caminos desde hace 40 años, que son tres series de libros. La primera serie es sobre el cine mexicano, la cual está ordenada alfabéticamente. La letra “i” ya está en imprenta y ya preparo la “j”, que se titulará La joda del cine mexicano. La segunda serie es sobre el cine extranjero, la cual se agrupa bajo el nombre de “cine actual”. De ésa ya entregué un tomo titulado Verbos nucleares y preparo Estallidos genéricos, donde abordo cómo han estallado los géneros cinematográficos en los últimos años. Finalmente, la última serie es la de La cartelera cinematográfica, que ya lleva ocho tomos y enlista los estrenos cinematográficos. Sé que suena excesivo que un crítico escriba sobre la marcha tres series de libros, sobre todo en México, donde ya escribir crítica de arte es un triunfo, no se diga crítica cinematográfica.

¿Qué tan consciente eres de las tendencias de opinión que se generan en torno a un director o una película? ¿Te afectan a la hora de decidir sobre qué y cómo vas a escribir?

Yo escribo sobre la película que vale la pena escribir. No sobre la que me encantó o la que odié, sino la que me resultó más interesante esa semana. Yo sé que a veces el criterio puede ser frustrante: a ti te puede parecer muy atractiva una película y esperar en vano a que escriba sobre ella. Tomemos el ejemplo de Michael Mann. ¿Por qué demonios no escribí sobre Colateral o Miami vice? Pues porque me parecieron pueriles y de dudoso interés. A muchos críticos les parecieron increíbles, formidable, pero a mí no. Lo mismo me pasó con Heat. Su película más reciente, Public enemies, ya estaba en otra dimensión y decidí escribir sobre ella. Mi espacio es demasiado valioso como para escribir sobre mugres. Hay veces en las que de plano veo algunas películas por sola disciplina. ¿Para qué analizarlas? No se trata de buscar lo raro o lo diferente, sino de encontrar algo que te motive a escribir. ¿Para qué perder el tiempo con otro pinche thriller de autos chocones? Esas películas se desmontan solas. No tiene sentido. Sobre todo ahora, cuando hay muchas expresiones radicales que merecen ser comentadas.

En estos años se ha dado un rompimiento muy importante: aferrarse a una obra personal y llevarla hasta sus últimas consecuencias, a pesar de que el autor esté en lugares donde prácticamente la industria ha desaparecido. La polarización es fascinante: en paralelo al macrocine, el de onerosos presupuestos y efectos especiales, se ha desarrollado un microcine de avanzada que, a mi juicio, constituye lo más valioso de esta década. Yo no me hubiera imaginado nunca que en México, donde la industria está devastada, surgieran monstruos como Carlos Reygadas o Amat Escalante, que manejan un nivel asombroso. Lo mismo sucede en lugares tan insospechados como Malasia o Filipinas, donde de repente surgen autores que nadie conoce y terminan haciendo obras maestras. En términos cualitativos, esta década dio un salto enorme con respecto a las anteriores. Ya no vimos un cine determinado por los grandes nombres, sino por el surgimiento de obras mayores realizadas por desconocidos y de manera mínima y marginal. Las catedrales del cine ya no van a ser firmadas por las vastas trayectorias, sino por nombres discretos, quienes probablemente no volverán a filmar tras descollar con una o dos películas magistrales. De esos autores habrá miles y en todas partes del mundo. ¡Qué bueno! Eso es lo maravilloso de estos años: en el momento aparentemente crepuscular de la industria del cine, el arte cinematográfico ha dado un levantón espectacular.

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¿Qué tan cinéfilos somos los mexicanos? ¿Cómo se conecta esa cinefilia con nuestra industria cinematográfica?

No nos va bien si nos comparamos con el resto de Latinoamérica. Argentina y Perú, por mencionar dos ejemplos, están muchos más desarrollados que nosotros en ese aspecto. ¡En Argentina hay 10,000 estudiantes de cine! En México no existe una verdadera cultura cinematográfica; existen, eso sí, “las beatas de la Cineteca”: personas que están al pendiente de ciertas películas renombradas, como las de los Oscares, o de asistir a eventos sociales relacionados con el cine, como conciertos o cocteles. Está muy bien que hagan toquines en la Cineteca y que vayan los “roqueritos”, pero esos no son verdaderos cinéfilos. Eso pasa también con la mayor parte de los críticos. A mí no me gusta echar pestes contra la Cineteca, porque bien o mal es una organización que opera en la mera resistencia cultural, sobrevive a su propia muerte. Los amantes del cine en México no cultivan su cinefilia en los cineclubes; son chavos que se surten con los piratas que están afuera de las librerías y de la misma Cineteca. Esos chavos cuentan con una cultura cinematográfica mucho más grande que la que yo tenía a su edad: lo saben y lo consiguen todo. Lamentablemente, esa gente es minoría. Ni siquiera ves cinéfilos en las seis o siete escuelas fraudulentas de cine que hay aquí. Lo primero que les dicen los maestros a los alumnos en esas escuelas es que ya no vayan al cine, porque les da malas ideas y luego creen que pueden hacer aquí lo que ven ahí. ¡Las escuelas de cine ni siquiera cuentan con la capacidad de formar buenos cinéfilos! Se crea un círculo vicioso: los malos cinéfilos no pueden ser buenos cineastas. A menos, claro, que sean genios de la intuición. Puede pasar, pero es rarísimo.

¿Cómo imaginas al Ayala Blanco crepuscular? ¿Planeas retirarte o piensas morir en la sala de cine, tomando notas y planeando el siguiente libro?

Yo me veo como un aspirante a ser el Manoel de Oliveira de la crítica cinematográfica: el señor es un director de más de 100 años de edad y sigue haciendo las películas más avanzadas de la actualidad. Mientras tenga lucidez, la edad me vale madres. Hay muchas maneras de plantearte la vejez. Lo padre de tener 67 años es que, mientras tengas memoria, tienes ese año 67 y todos los anteriores, ¡pero al mismo tiempo! Aún encuentro revelaciones y momentos perfectos que me motivan a hacer crítica. Cuando deje de disfrutar el cine dejaré de escribir, pero no veo cercano ese momento. No siento que mi prosa o mis puntos de vista se sientan viejos o rebasados. Me interesa lo que sucede y lo que va a pasar. No me refugio en el pasado, sino que hurgo en él para descubrir más placer. El viejo es una persona que dice todo el tiempo “no tengo ganas”: “no tengo ganas de salir”, “no tengo ganas de ir al cine”, “no tengo ganas de confrontar lo nuevo”, etcétera. Yo todavía tengo ganas, muchas ganas. (F)

+Esta entrevista se publicará en la edición de noviembre de Deep. ¡Compren la de octubre ya!

++Las fotos son de Guacamole Project. ¿Te gustaron? Visita su sitio: Guacamoleproject.com

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Now I am quietly waiting
for the catastrophe of my personality
to seem beautiful again,
and interesting, and modern.
The country is grey and
brown and white in trees,
snows and skies of laughter
always diminishing, less funny
not just darker, not just grey.
It may be the coldest day of
the year, what does he think of
that? I mean, what do I? And if I do,
perhaps I am myself again.

+Estas líneas, tomadas de un poema de Meditations in an emergency, de Frank O’Hara, cierran brillantemente el primer capítulo de la taciturna segunda temporada de Mad men. La desesperación silenciosa en pleno. Las primeras dos temporadas están disponibles en DVD.

++Un artículo de los autores de Freakonomics sobre el impacto de la serie en las ventas del libro. Es verdad: dan unas ganas endemoniadas de leerlo tras ver la serie.