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agosto 12, 2009

Perro sí come perro: una charla con Raymundo Riva Palacio

por Mauricio González Lara

raymundo riva palacio

Raymundo Riva Palacio armó su primer periódico a los ocho años de edad. Todos los días, Raymundo recogía el periódico en las mañanas para leerlo, recortarlo y reordenarlo bajo la caótica línea editorial de su mente infantil. Sus familiares, desesperados por no poder leer nunca el diario en su formato original, terminaron por convertirse en sus primeros censores.

El romance de Raymundo con la tinta no ha parado desde entonces: durante ya más de tres décadas, Riva Palacio ha sido reportero, corresponsal, columnista, editor y director de varios de los medios más importantes de México (Notimex, Reforma, Milenio, El Universal, entre otros). Su nueva apuesta, sin embargo, no es impresa: en meses recientes, Riva Palacio lanzó Ejecentral.com.mx, un agregador de información al estilo de The Huffington Post que busca llenar los vacíos de información periodística online del país.

En entrevista, el autor de la columna “Estrictamente personal” demuestra que “perro sí come perro” y habla sin tapujos de los vicios que aquejan al periodismo actual.

Muchos piensan que el periodismo de hoy es incisivo y libre, a diferencia del que se practicaba durante la era clásica del PRI, que era considerado acrítico y servil. ¿Cuál es tu percepción?

Vamos por partes. ¿Antes había un periodismo acrítico? La respuesta es no. Lo que había eran medios acríticos, que es muy distinto. Esa diferencia es fundamental. Hace algunas décadas, los periodistas se preguntaban cómo transmitir las cosas que eran importantes sin pasar por la autocensura que se imponían los mismos medios en función de su relación con el gobierno. Era muy común que escribieran una nota en un periódico y en el cuarto o quinto párrafo insertaran la información de valor, para que entrara suavecito y sin llamar la atención de los censores. Eso no era una actitud acrítica, sino una dinámica creativa y de supervivencia. Hoy, los medios ya no guardan esa relación con el gobierno; no obstante, siento que son mucho más acríticos que en otros tiempos.

¿Cuál es el problema? Una enorme autocomplacencia: como ya no cuesta trabajo investigar ni formarse un contexto gracias a los avances tecnológicos, los periodistas se han vuelto apáticos y conformistas. Si a eso le sumas que actualmente los reporteros se involucran más en términos emotivos con las fuentes y los funcionarios a los que deben reportear, la distancia necesaria para crear una visión crítica se recorta aún más. Es triste, pues los periodistas hoy cuentan con muchísimas herramientas y una mejor preparación que la de sus predecesores.

El periodista actual es perezoso. También hay mucha impunidad, cualquiera dice lo que sea y no pasa nada. En 2009, un periodista valiente no es el que crítica al presidente, sino el que lo defiende con argumentos y de manera articulada. ¡Vaya que para eso se requiere ser valiente! Tampoco hay que confundirse: la postura crítica de varios periodistas es falsa. Por ejemplo, ¿por qué casi nunca se ataca a los empresarios? ¿Quiénes atacan en los medios a Carlos Slim? ¿Quiénes son los que dicen que es el dirigente de un monopolio con muchos expedientes abiertos? Nadie, porque cuando los medios están urgidos de publicidad es al primero al que recurren.

Todo mundo opina. Hay un sinfín de académicos y dizque expertos que escriben artículos de opinión, pero casi no veo a nadie que haga reportajes de investigación.

Sí, aunque de ese mundo de opiniones que describes habría que separar a dos grupos de acuerdo al manejo que le dan a la información: los articulistas y columnistas que cuentan con una escuela periodística, y los que no la tienen. Los segundos, que con frecuencia son académicos o intelectuales de renombre, no tienen en realidad ninguna incidencia en la gente. Quizá importen en el juego de espejos que compone el escenario mediático, pero su impacto es muy reducido. Los primeros, en cambio, producen reacciones en la opinión pública y causan tensión entre grupos de poder. La razón es que la escuela periodística te crea el hábito de insertar elementos noticiosos que vuelven más valiosa la información, lo que le permite al lector común y corriente vincular acontecimientos y detalles de una manera más profunda que la mera opinión de uno de estos personajes que pasan como analistas. Esta dinámica se puede probar con datos concretos.

Cuando estuve en la dirección de El Universal, me llegaban los datos del tráfico del sitio del periódico: los columnistas de formación periodística generaban entre 35,000 y 80,000 impactos por columna; los otros articulistas no periodísticos, en cambio, no generaban más allá de 6,000 impactos.

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¿Cómo explicas entonces que los medios privilegien esta “comentocracia”?

Es un asunto de copias y modas. Cuando Reforma inició operaciones en 1993, uno de los desafíos del periódico era atraer la atención de la gente. Para lograrlo, Reforma, en lo que a la postre probó ser una decisión muy inteligente, sacó la chequera y contrató a todos aquellas plumas que pudo contratar que contaban con un nombre y que representaban algo frente a diversos grupos de interés a nivel intelectual. Antes había casos aislados de intelectuales que escribían en periódicos, como los de Octavio Paz o Daniel Cosío Villegas, pero nada parecido a lo que hizo Reforma. En ese entonces, el impacto fue fuerte, por lo que sólo fue cuestión de tiempo para que los otros periódicos los imitaran y termináramos con la “comentocracia” que hoy domina los medios. Vaya, hasta Excélsior le apostó a la “comentocracia” en su reciente renovación, aunque sin el éxito de Reforma. Así se originan muchos fenómenos en la prensa: por imitación.

La “declaracionitis”, por mencionar otra tendencia nociva, la inventó Julio Scherer en los 70 a partir de una declaración de banqueta del entonces secretario de Agricultura, Oscar Bauer, quien manifestó que la utilidad del ejido y los campesinos era política y electoral, pero no agrícola. La nota apareció en ocho columnas y provocó un enorme revuelo. Scherer, quien dirigía Excélsior, interpretó bien la situación y mandó a sus reporteros a obtener comentarios de altos funcionarios en torno a lo dicho por Bauer, lo que a su vez redundó en una feria de declaraciones o “sound bites” que prolongó el escándalo de la nota original por varios días. El impacto de esto es efímero, pero es muy popular y redituable, ya que no requiere invertir recursos en grandes investigaciones. A la larga, esta lógica se consolidó en una escuela periodística desastrosa que aún no nos podemos quitar.

Otro aspecto oscuro es la falta de confiabilidad. Hay periodistas que te informan un día que General Motors está prácticamente quebrada, para luego aparecer semanas después en comerciales de esa misma empresa afirmando que la bancarrota es en realidad una reingeniería y que todo va bien.

Estás tocando algo que no existe en México: la noción del conflicto de interés. El periodismo mexicano no tiene ética. Esto no es nuevo. Antes, la ética del periodismo mexicano se centraba en quién recibía un sobre con dinero y quién no. Sin embargo, los métodos de compra se fueron sofisticando, y entonces comenzamos a ver a directores de periódicos que recibían cuadros de Siqueiros del presidente en turno y que, lejos de considerarlo como un soborno, lo veían como una atención del ejecutivo. Hace apenas unos años había jefes de secciones de deportes que también se desempeñaban como jefes de prensa de una institución deportiva gubernamental, y nadie decía nada ni lo aceptaba como un conflicto de interés.

No creo que las cosas vayan a cambiar. Al contrario, existen muchos incentivos para realizar estas prácticas. Incluso, varios directores o dueños de publicaciones dicen: “yo les pago mal a mis empleados, pero cierro los ojos frente a lo que hacen afuera”. Para muchos periodistas, la práctica de recibir regalos es un principio asumido de la profesión. Lo ven como una compensación a su bajo sueldo. ¿Esa es la prensa crítica? Todo es una simulación.

Los medios compraron la visión de Felipe Calderón en el sentido de que el problema toral del país es el narco. Algo difícil de justificar cuando el PIB va a caer en más de un 7 por ciento y se van a perder alrededor de 800,000 empleos. ¿Entraremos a una nueva dinámica ahora que han pasado las elecciones?

Eso es un asunto de comunicación política. Cualquier gobierno en el mundo busca construir consenso, sea a través de propaganda, manipulación, coerción, etcétera. El gobierno puso sobre la mesa el tema de la seguridad y argumentó que ése era el problema principal del país, lo vendió con éxito y los medios lo creyeron. No todos, pero la mayoría sí lo creyó. ¿De quién es la culpa de que los medios no hayan argumentado que el problema principal no era la seguridad, sino la economía? Pues de esta visión acrítica de la realidad de la que hablábamos. Ahora ya pasadas las elecciones la agenda va a cambiar, pues es muy probable que en su afán de querer pasar una nueva reforma fiscal, el gobierno fije a la economía como el tema central y maneje un tono menos optimista. La reforma fiscal será algo prioritario. Vamos a ver cómo la venden frente a los reacomodos de poder en el Congreso. Lo que es desconcertante es que, a causa de esta visión acrítica de la realidad, los medios están jugando como nunca a favor de la agenda del gobierno.

A Felipe Calderón le ha tocado una de las prensas más dóciles que recuerde. Hay muchos aspavientos y arranques en lo individual, pero si lo llevas al terreno de las posturas editoriales de los medios, no hay actitudes críticas sostenidas en la mayoría de los casos. La televisión juega mucho también en esto, porque ahí se da otro fenómeno: las televisoras han absorbido a varios columnistas y articulistas de los periódicos para sus espacios de opinión. Los ha convertido en parte del star system. Muchos de esos periodistas quedan seducidos por la televisión: los empiezan a reconocer en la calle y los restaurantes, les piden autógrafos, en fin. En teoría, estas figuras deberían ser los interlocutores de la sociedad frente al gobierno, pero desde el sexenio de Carlos Salinas muchos de estos interlocutores se volvieron locutores, y en algunos casos, megáfonos del poder. La agenda de las televisoras se vuelve la de ellos, tanto en sus espacios televisivos como en los que tienen en periódicos y radio, y esto contribuye a que, en lo general, la prensa sea ahora mucho más dócil. Para un grupo como Televisa es estupendo: contrato a gente con fama de crítica y, a cambio de unos minutos una vez al mes en la barra de la noche, la agenda la defino yo. Por si fuera poco, existe otro agravante: la crisis económica reduce el margen de maniobra de los medios, sobre todo los que se publican en papel, lo que los torna más susceptibles a ser controlados por agendas de interés extraperiodísticas.

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¿No has estado tentado a convertirte en locutor?

Es un dilema difícil, porque la decisión implica costos en ambos sentidos. Hubo un momento en que pude transformarme en locutor, pero sentí que el daño en términos de imagen y credibilidad iba a ser muy grande. Sin embargo, ahora me doy cuenta que no haberlo hecho también acarreó costos en términos de presencia. Además, hay que decirlo, lo más seguro es que la gente no me lo hubiera recriminado. No existe memoria histórica en México. No es posible que individuos como Jacobo Zabludovsky o Ramón Alberto Garza, personajes que tienen toda una historia de servicio al poder, ahora pasen como vanguardistas y adalides de la libertad de expresión. Lo peor es que les funciona, no sólo entre la gente, sino entre sus propios pares.

Los periodistas mexicanos somos tropicales y terriblemente hipócritas. Yo recuerdo el caso de Howell Raines, un laureadísimo periodista estadounidense que tuvo que renunciar en 2001 al cargo de editor ejecutivo del New York Times cuando se descubrió que uno de sus periodistas escribió un reportaje con elementos plagiados de un periódico de San Antonio. Raines no estaba consciente del plagio de su subordinado, pero renunció cuando se enteró. Aquí no renuncian ni siquiera los plagiarios directos. Ahí tenemos el caso de esa figura de la “comentocracia” que acaba de ser candidata a diputada, Guadalupe Loaeza, a quien le detectaron dos veces el plagio de otros artículos. Ella se justificó con el argumento de que estaba enferma. ¿Dejó de escribir en los medios? ¿Fue sancionada? Desde luego que no. Y como ese caso, hay muchos, demasiados. (F)

*Esta entrevista se publicó originalmente en la revista Deep. ¡Vayan a comprarla!

*Las fotos son de Carlos García, fotógrafo de Deep. Si te gusta su trabajo,visita su “sitio”.