Archive for ‘Uncategorized’

mayo 2, 2016

Apuntes para celebrar a Prince

por Mauricio González Lara

“Prince” Rogers Nelson murió el 21 de abril a los 57 años. El sexo y el funk han perdido a uno de sus dioses más venerados.

prince-purple-rain

 +“En diciembre de 1984, compré el disco Purple Rain como regalo para mi hija adolescente. Lo escuchamos juntas cuando llegamos a casa. La primera canción, Darling Nikki, era sobre una fanática del sexo que se masturbaba en un hotel con una revista. El resto de las canciones eran tan o más pervertidas que esa basura. Me dio pena, luego enojo. No podía creer lo que escuchaba. El disco estaba en los primeros lugares de las listas de popularidad. ¡No podía permitir eso!”. Las palabras, tomadas del libro Raising PG Kids in a X Rated Society (1985), son de Tipper Gore, otrora esposa del entonces senador y a la postre vicepresidente, Al Gore. El enojo de Tipper rebasó lo anecdótico: un año más tarde redundó en la creación del Parents Music Resource Center (PMRC), organismo creado por la señora Gore y otras amas de casa asustadas con el fin de advertir a los padres sobre discos con contenidos profanos y letras explícitas.

En los ochenta, para Tipper Gore, así como para muchas otras mentes puritanas de Washington, Prince Rogers Nelson, mejor conocido como Prince, era el demonio: un sátiro capaz de pervertir las mentes y los corazones de la juventud de Estados Unidos con canciones como Darling Nikki, Do It All Night y Dirty Mind. Afortunadamente, no les faltaba razón: los movimientos grasosos y exuberantes, el funk, la mirada porno, los aullidos orgásmicos, la actitud permanente de orgía. ¿Quién podría dudarlo? Prince era un dios del sexo. Todos los que crecieron bajo su influjo asocian su música e imagen con noches puercas y gozosas. Prince ofrecía libertad en una época donde la mojigatería de la derecha comenzaba a confundirse con la corrección política de la izquierda. Sin él, los ochenta habrían sido una década aséptica y carente de sudor.

+ Muchos amantes del rock consideran al funk como una expresión menor. Bastaba ver tocar la guitarra a Prince para saber que la razón detrás de ese desprecio es algo muy parecido a la envidia. Mientras los solos del rock “serio” son solemnes e internos, progresiones que se sueñan cósmicas y trascendentes, la guitarra de Prince era un falo vibrante que desbordaba esperma. Los guitarristas blancos más celebrados tienden a masturbarse en el escenario, es decir, a ejecutar lances de alta exigencia técnica cuya única función parece ser la de masajear su ego. Prince, en cambio, estaba infinitamente más interesado en cogerse a la audiencia. Sus despliegues en la guitarra eran explosiones lúbricas de una emotividad innegable. En ese sentido, la única competencia histórica de Prince era Jimi Hendrix. Nadie más.

+El compositor de Purple Rain era sexoso, pero no sexista. A contracorriente de la cosificación a la que fueron sujetas las mujeres en la iconografía del rock ochentero, donde fungían como objetos del deseo en pueriles fantasías sadomasoquistas de hairbands estilo Poison y Warrant, las princesas de Prince eran protagonistas activas del aquelarre: Wendy and Lisa, Ida Kristine Nielsen, Rosie Gaines y Candy Dulfer, entre otras, fueron un factor sustancial en dimensionarlo como un espectáculo memorable. Ninguna, sin embargo, a la altura de la percusionista Sheila Escovedo, mejor conocida como Sheila E. La participación de Sheila durante la gira para promocionar Sign O´the Times (1987) –y captada en la película concierto del mismo nombre- aún quita el aliento; una ejecución más cercana al jazz y la velocidad de Buddy Rich que al de la mera artesanía pop. El intérprete de Kiss tampoco fue tímido en reconocer sus influencias femeninas, sobre todo la de Joni Mitchell. “The Hissing of Summer Lawns –disco de Mitchell de 1975 – es el último álbum que en verdad he amado”, solía decir en entrevistas.

+El siglo XXI fue poco generoso con el nativo de Minnesota. Confundido por la ascendencia del hip hop y víctima de un impulso prolífico que escondía sus ideas más innovadoras entre decenas de horas de material poco relevante, la estrella de Prince perdió notoriedad en años recientes. La obsesión por proteger sus derechos de autor en Internet también resultó contraproducente: por increíble que parezca, muchos millennials no conocen su obra (casi no hay videos de Prince en YouTube, por ejemplo). Por eso es que su intervención en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2007 fue una revelación para las nuevas generaciones. Ahí estaba, por fin, la leyenda en su máximo esplendor. James Brown, Miles Davis, Hendrix, Marvin Gaye, Little Richard. El espíritu de todos ellos vivía en Prince: como bien señala el director Spike Lee, la síntesis de lo más cachondo que le ha dado la música negra al mundo.

++Este texto fue escrito para Confabulario, suplemento de El Universal. Aquí el link al artículo original.

 

diciembre 19, 2015

Contra la ciencia

por Mauricio González Lara

gcien

“No vacunen a sus niños”, “el cambio climático es una patraña”, “el hombre no llegó a la luna”, “sólo los alimentos orgánicos son seguros”, “no descendemos de los primates”, “la homeopatía es mejor que ir al hospital”. Esta clase de mantras están por todos lados. La culpa es nuestra: movidos por el optimismo de que el sentido común se impusiera sobre el absurdo, o simplemente paralizados por la desidia de enfrascarnos en debates maratónicos con gente necia a la que arrogantemente tildamos de ignorante, despreciamos a un enemigo que hoy representa un peligro sustancial para nuestro bienestar. No se trata de un grupo armado o una entidad política específica, sino de un sistema cambiante de creencias y valores cuyo objetivo es destruir al conocimiento.

Como bien señala el periodista Joel Achenbach en el número de marzo de la revista National Geographic, la guerra contra la ciencia es ya una realidad.

Habitamos un mundo donde toda expresión de certidumbre científica parece enfrentar alguna clase de oposición furibunda. El campo de batalla: cualquier frente de opinión pública que les dé tiempo y espacio (y en estos tiempos escépticos, donde todo es relativo y discutible, eso abarca a casi todos los medios de comunicación). La postura anticiencia destila tintes suicidas. Pese a que la aplastante mayoría de la comunidad científica mundial concuerda en que el cambio climático podría redundar en daños irreversibles para el planeta, aún hay una fuerte resistencia al interior de las naciones desarrolladas a tomar cartas en el asunto. Otro ejemplo: el rechazo a las vacunas bajo el mito de que producen autismo ha redundado en el regreso de enfermedades que parecían ya erradicadas, como lo demuestran los casos recientes de sarampión en Estados Unidos.

¿Por qué la gente descarta la ciencia y sí está dispuesta a creer en, digamos, una secta new age que sostiene que toda medicina es tóxica? Vivimos una época de incertidumbre, en la que la misma ciencia nos dice que la única constante es la transformación. El cambio, como sabemos, no forzosamente genera esperanza, también produce desazón e intranquilidad. Más aún, las religiones tradicionales que solían brindar alivio al ciudadano común se encuentran bajo fuego, sea por carencias propias o cuestionamientos externos (véase el movimiento ateo promovido por el evolucionista Richard Dawkins). La consecuencia de estas tendencias no ha derivado en la coronación de la ciencia, como hubiera sido deseable, sino en un estado de miedo en el que el individuo se siente vulnerable ante fuerzas que no comprende.

“Sólo porque estás paranoico, no significa que no te persigan, cantaba Kurt Cobain, el angustiado líder de Nirvana, en Territorial Pissings. La frase describe bien a los paranoicos convencidos de que todo cuanto ocurre en la sociedad es consecuencia de un plan maestro elaborado en un cónclave secreto y maligno. Los villanos favoritos de estas tramas de intriga solían ser los judíos, los masones, la ONU, el gobierno estadounidense, los extraterrestres y las corporaciones trasnacionales. Como reflejo del acelerado avance tecnológico registrado en las últimas décadas, la ciencia ha desplazado a estos sospechosos comunes como el gran enemigo del “teórico de la conspiración”.

El “teórico de la conspiración” sustituye a las nociones de Dios y el Diablo por fuerzas conspiratorias de alcances mayúsculos. El paradigma es reconfortante: al final, el paranoico sabe que haga lo que haga esas fuerzas siempre van a ser superiores a él, lo que le brinda tranquilidad existencial. ¿Cómo combatir a esta fusión entre paranoia y pensamiento mágico? La respuesta radica en una estrategia de comunicación efectiva. Los científicos caen con frecuencia en una trampa conocida como “la maldición del experto”: el que más sabe de un tema no es el que mejor lo puede explicar a una audiencia. Al contrario, a veces el experto da por sentado que el público general conoce referencias que sólo dominan los iniciados en la materia, por lo que no logra comunicar bien los mensajes principales. La ciencia debería contratar a una buena agencia de relaciones públicas, antes de que todos los niños contraigan sarampión.

+Este texto fue publicado originalmente en el número 20 de la revista Soho.

sohocc