Archive for ‘Azotes pachecos’

febrero 2, 2016

Esperando a Marlon

por Mauricio González Lara

StarWars

Apocalipsis ahora, de 1979, es una experiencia sensorial que raya la totalidad. Prueba de ello es que la obra maestra de Francis Ford Coppola es una de las primeras cintas que se ponen a la venta cada vez que surge un nuevo formato de reproducción audiovisual. Nada mejor para probar las capacidades de la tecnología en cuestión que la secuencia wagneriana del ataque de los helicópteros o el bombardeo final. No obstante, su sorpresa más espectacular no se encuentra en sus virtudes estéticas. Como sabe cualquier cinéfilo promedio, la película, situada en la etapa final de la guerra de Vietnam, narra el viaje emprendido por el capitán Willard con el fin de asesinar al Coronel Kurtz. Durante el recorrido hacia la profundidad de la jungla -al “corazón de las tinieblas”, pues-, Willard y sus hombres serán confrontados por guerrillas y un clima infernal. Su sanidad enfrentará un factor aún más desquiciante: la inminencia del encuentro con Kurtz, quien adquiere gradualmente una dimensión mítica en la mente del militar interpretado por Martin Sheen. La aparición de Kurtz (Marlon Brando) debería ser anticlimática. Todo lo contrario. Sólo aparece unos cuantos minutos, pero la grandeza de Apocalipsis ahora está basada en el carisma oscuro de Brando, quien encarna de forma deslumbrante al Dios cruel que ha renunciado a la cordura e hipocresía de Occidente. Sin él, el tramo final de la cinta sería terriblemente insatisfactorio.

Apocalipsis ahora es citada como modelo a seguir cuando se discute una cinta cuyo potencial depende enteramente de una resolución adecuada. También funciona, a manera de contraste, para ilustrar una dinámica que sigue la industria cinematográfica actual, donde la expectativa por el estreno de un filme se ha convertido en el propio entretenimiento. La película en sí es lo que menos importa. La conversación generada por los estrenos futuros es hoy el verdadero contenido. El fenómeno es casi religioso. La feligresía se reúne en Internet para esperar el debut del tráiler que anuncia la llegada de la película (su dios). El tráiler confirma el día glorioso del estreno. Las redes sociales se llenan de miles de “trailer reaction videos”, delirantes piezas audiovisuales que muestran la respuesta orgásmica de los fans cuando observan por primera vez el adelanto de la obra esperada. Algunos gritan como quinceañeras desquiciadas, otros lloran, pero todos exhiben la “borrachera espiritual” propia de un templo cristiano. La entrega obedece al deseo de recobrar una inocencia perdida: a fin de cuentas, el individuo que mira las reacciones extasiadas de los demás para amplificar su histeria busca el retorno a un estadio infantil donde la felicidad era posible. No importa, por ejemplo, que la nueva entrega de Star Wars sea lograda (una discusión que aún sigue en redes sociales desde su estreno en diciembre), sino que sirva como pretexto para recordarle al espectador la primera vez que conoció ese universo (es por eso que el “estamos en casa” que pronuncia Harrison Ford en el tráiler vale cada dólar de la cantidad millonaria que recibió por regresar a la saga).


Llega la fecha ansiada. Miles de personas se apresuran a llenar las salas. Se activa una nueva maquinaria. Los estudios anuncian cifras triunfadoras de taquilla (“Avengers: la era de Ultrón recauda  150 millones de dólares en dos días de exhibición”, ¡alabado sea el señor!). Dios, desde luego, no aparece: las más de las veces, el tan esperado blockbuster decepcionará hasta al fan más obsesivo, sobre todo si se trata de una marca probada, como la entrega más reciente de una franquicia de superhéroes. La frustración, curiosamente, no deriva en ateísmo, sino en el inicio de un nuevo ciclo de fe. Bob Iger, CEO de Disney, anunció que las marcas de Marvel y Star Wars generarán cintas durante por lo menos los próximos 10 años. No importa qué tan mala sea el film en cuestión. Pese a ser una de las peores películas del año pasado, por ejemplo, Los 4 fantásticos recaudó el dinero suficiente (poco más de 300 millones de dólares en la taquilla mundial) para que Marvel no descarte un “reboot” en el mediano plazo. Las franquicias lucen casi indestructibles. Antes de terminar, una advertencia: cuando se realice la premier de Star Wars Episodio 10 en la década siguiente, no esperen la llegada de alguien como Brando. Simplemente no sucederá.

+Este texto es una versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la revista Soho, en noviembre de 2015.

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diciembre 22, 2015

Pánico en la Condesa

por Mauricio González Lara

mataperros

A todos nos gusta creer que somos individuos sensatos, pero, detrás de la máscara de civilidad que con frecuencia confundimos por sanidad mental, habita el paroxismo. Cualquier grupo de personas es capaz de transformarse, en cuestión de minutos, en una horda de hienas dispuesta a cometer los peores crímenes en nombre de su seguridad. El fenómeno es universal. La clave para neutralizar la bestialidad no radica en una “buena educación”, sino en un estado de derecho eficiente. Entremos en materia: no se puede afirmar que México sea más proclive al linchamiento que otros pueblos, como el estadounidense o los europeos. Lo que sí es un hecho es que nuestra endeble procuración de justicia contribuye a crear condiciones donde el ajusticiamiento violento, además de viable, ni siquiera es considerado como un crimen.

Tradicionalmente, tendemos a creer que el linchamiento se da en regiones marginadas donde el temor a lo nuevo se mezcla con una coyuntura crítica que redunda en violencia. Basta recordar el caso paradigmático de San Miguel Canoa (Puebla) en 1968, donde un grupo de estudiantes fue masacrado por una turba convencida de que eran unos comunistas anticatólicos. No es extraño que los políticos intenten explicar estos actos como una cuestión casi genética, cuya existencia es producto de los “usos y costumbres” de los pueblos originarios, de los jodidos de siempre, y no de la falta de ley. “Es parte de las creencias del México profundo, que no se termina de ir”, apuntó en 2001 el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando se le cuestionó el pasmo de su administración ante el linchamiento de un presunto ladrón de imágenes religiosas en Santa Magdalena Petlacalco, Distrito Federal.

El deseo de ejecución tumultuaria, sin embargo, no es una característica exclusiva de la pobreza.

En semanas recientes, los medios han dado cuenta de varios casos de perros envenenados en los parques México y España, localizados en el corazón de la colonia Condesa, la zona de clase media alta que en teoría es uno de los ámbitos más “vanguardistas” del Distrito Federal. El número de canes muertos es difícil de determinar, puesto que la misma autoridad ha dado  números contradictorios respecto a las denuncias recibidas, pero el punto es que han sido los suficientes para detonar la indignación. Los vecinos afectados de la “Condechi” han sido víctimas de un rencor social un tanto contradictorio. La misma gente que en secreto aspira a vivir en la colonia es la misma que ahora tacha su indignación como frívola e histérica. El “Mataperros”, argumentan de manera caricaturesca, es una manifestación lógica de rechazo a la gentrificación hipster de la zona. Lejos de responder con elegancia, algunos oriundos del vecindario han abrazado plenamente el estereotipo.

Obnubilados por el miedo al “otro”, las autodefensas procaninas presionaron a las autoridades para que arrestaran a una científica de 65 años –habitante de la San Miguel Chapultepec, el barrio de al lado- tras haber sido señalada por la dueña de un doberman. El perro olfateaba de cerca a la presunta, quien comía una quesadilla cerca del parque México. La científica solicitó a la dueña que alejara a su animal de compañía. Después de ser ignorada, la sospechosa emitió un comentario irónico alusivo a las mascotas sacrificadas. Eso bastó para que la procuraduría capitalina cateara su domicilio, donde encontró veneno para ratas y dos memorias USB que, sostenían las autodefensas, contenían el diario de sus fechorías (en la mente del agredido, el “otro” siempre necesita regodearse en su maldad). No fue así y el caso fue desechado.

Prejuicio contra prejuicio. No vengan al barrio. Mi perro vale más que tú. Los jodidos nos molestan. La ironía está prohibida. Ante el vegetarianismo que está de moda en la Condesa, poco falta para que comiencen a detener personas por comer carne. Parafraseando The Future, la canción clásica de Leonard Cohen: hermano, he visto el futuro: es un perro que le da de comer ensaladas al humano paranoico que lo mantiene. It is murder!

+Este texto fue publicado originalmente en el número 27 de la revista Soho.

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diciembre 19, 2015

Contra la ciencia

por Mauricio González Lara

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“No vacunen a sus niños”, “el cambio climático es una patraña”, “el hombre no llegó a la luna”, “sólo los alimentos orgánicos son seguros”, “no descendemos de los primates”, “la homeopatía es mejor que ir al hospital”. Esta clase de mantras están por todos lados. La culpa es nuestra: movidos por el optimismo de que el sentido común se impusiera sobre el absurdo, o simplemente paralizados por la desidia de enfrascarnos en debates maratónicos con gente necia a la que arrogantemente tildamos de ignorante, despreciamos a un enemigo que hoy representa un peligro sustancial para nuestro bienestar. No se trata de un grupo armado o una entidad política específica, sino de un sistema cambiante de creencias y valores cuyo objetivo es destruir al conocimiento.

Como bien señala el periodista Joel Achenbach en el número de marzo de la revista National Geographic, la guerra contra la ciencia es ya una realidad.

Habitamos un mundo donde toda expresión de certidumbre científica parece enfrentar alguna clase de oposición furibunda. El campo de batalla: cualquier frente de opinión pública que les dé tiempo y espacio (y en estos tiempos escépticos, donde todo es relativo y discutible, eso abarca a casi todos los medios de comunicación). La postura anticiencia destila tintes suicidas. Pese a que la aplastante mayoría de la comunidad científica mundial concuerda en que el cambio climático podría redundar en daños irreversibles para el planeta, aún hay una fuerte resistencia al interior de las naciones desarrolladas a tomar cartas en el asunto. Otro ejemplo: el rechazo a las vacunas bajo el mito de que producen autismo ha redundado en el regreso de enfermedades que parecían ya erradicadas, como lo demuestran los casos recientes de sarampión en Estados Unidos.

¿Por qué la gente descarta la ciencia y sí está dispuesta a creer en, digamos, una secta new age que sostiene que toda medicina es tóxica? Vivimos una época de incertidumbre, en la que la misma ciencia nos dice que la única constante es la transformación. El cambio, como sabemos, no forzosamente genera esperanza, también produce desazón e intranquilidad. Más aún, las religiones tradicionales que solían brindar alivio al ciudadano común se encuentran bajo fuego, sea por carencias propias o cuestionamientos externos (véase el movimiento ateo promovido por el evolucionista Richard Dawkins). La consecuencia de estas tendencias no ha derivado en la coronación de la ciencia, como hubiera sido deseable, sino en un estado de miedo en el que el individuo se siente vulnerable ante fuerzas que no comprende.

“Sólo porque estás paranoico, no significa que no te persigan, cantaba Kurt Cobain, el angustiado líder de Nirvana, en Territorial Pissings. La frase describe bien a los paranoicos convencidos de que todo cuanto ocurre en la sociedad es consecuencia de un plan maestro elaborado en un cónclave secreto y maligno. Los villanos favoritos de estas tramas de intriga solían ser los judíos, los masones, la ONU, el gobierno estadounidense, los extraterrestres y las corporaciones trasnacionales. Como reflejo del acelerado avance tecnológico registrado en las últimas décadas, la ciencia ha desplazado a estos sospechosos comunes como el gran enemigo del “teórico de la conspiración”.

El “teórico de la conspiración” sustituye a las nociones de Dios y el Diablo por fuerzas conspiratorias de alcances mayúsculos. El paradigma es reconfortante: al final, el paranoico sabe que haga lo que haga esas fuerzas siempre van a ser superiores a él, lo que le brinda tranquilidad existencial. ¿Cómo combatir a esta fusión entre paranoia y pensamiento mágico? La respuesta radica en una estrategia de comunicación efectiva. Los científicos caen con frecuencia en una trampa conocida como “la maldición del experto”: el que más sabe de un tema no es el que mejor lo puede explicar a una audiencia. Al contrario, a veces el experto da por sentado que el público general conoce referencias que sólo dominan los iniciados en la materia, por lo que no logra comunicar bien los mensajes principales. La ciencia debería contratar a una buena agencia de relaciones públicas, antes de que todos los niños contraigan sarampión.

+Este texto fue publicado originalmente en el número 20 de la revista Soho.

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julio 18, 2013

De tetas y dragones

por Mauricio González Lara

Un análisis nada sesudo sobre las razones detrás del éxito de Game of Thrones.

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En 1989, cuando la internet sonaba a ciencia ficción y la única manera de ver televisión extranjera era a través de una antena parabólica, un nerd mexicano –quizá  uno de los especímenes más bizarros de la raza humana de ésa y todas las épocas– no podía prescindir de tres cosas: una Commodore 64, un disco de The Number of the Beast, de Iron Maiden y, sobre todo,  de varios ejemplares de Heavy Metal, la famosa publicación de historietas sobre mundos fantásticos y ciencia ficción con tintes eróticos de denominado “corte adulto”.

Cada dos meses el ritual era el mismo: hordas de púberes esperaban pacientemente a que los distribuidores entregaran a algunos puntos de venta selectos las preciadas publicaciones por las que desfilaban guerreros, monstruos y demás personajes insólitos cuyos hábitats se dividían entre el espacio exterior y tierras repletas de criaturas mágicas. Aunque tales fugas imaginativas eran lo que menos importaba. La razón primordial para comprar Heavy Metal era de carácter carnal: contar con material para estimularse tardes enteras con las amazonas desnudas que cada cinco páginas ofrecían, generosas y encendidas, sus cuerpos a los héroes involuntarios que con frecuencia terminaban siendo los protagonistas centrales del grueso de las historias. Heavy Metal jugó un papel central en la  masturbación del adolescente nerd ochentero; era “Mi primer porno”, una fantasía sexual inofensiva que abría el camino a materiales más gráficos y directos.

Heavy Metal nació en los setenta como una versión estadounidense de Métal Hurlant, la revista francesa que lanzó a la fama a artistas de influencia indiscutible como Jean Giraud “Moebius” y Milo Manara; para mediados de los ochenta, sin embargo, la publicación era una parodia vulgar de sí misma. Ofrecía, eso sí, una coartada perfecta: bajo el disfraz de narrativas de alta calidad gráfica, el lector satisfacía sus necesidades lúbricas gracias a la imaginación calenturienta de dibujantes como Boris Vallejo y Richard Corben, quienes perfeccionaron una estética de tetas y nalgas de firmeza imposible exhibidas en medio de una feria de clichés medievales y fantásticos.

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Todo esto viene a colación porque me resulta imposible no pensar en Heavy Metal cada vez que alguien menciona Game of Thrones, la serie de televisión creada por David Benioff y D. B. Weiss para la cadena HBO. El programa está basado en las novelas Canción de hielo y fuego, escritas por  George R. R. Martin, y cuenta las cruentas luchas entre varias dinastías por el control del “trono de hierro”, el centro de poder de los siete reinos que componen Poniente, el continente ficticio de rasgos occidentales donde se sitúa la mayor parte de la historia (aunque existe un continente oriental, llamado Essos, lugar del que emerge Daenerys Targaryen, la hija exiliada del rey que fue asesinado décadas atrás y quien regresa a reclamar sus derechos).

Los fanáticos de Game of Thrones sostienen que la serie es un trabajo épico de gran aliento en el que, como describe uno de los boletines de prensa emitidos para su promoción, “se aborda la intriga política y la complejidad de la condición humana, atrapada perpetuamente por el dilema de hacer lo correcto o saciar su búsqueda por el poder”. La verdad, como sucedía con Heavy Metal, es que todo es un vil pretexto para admirar viejas en pelotas. Sólo conozco la serie de televisión, por lo que ignoro si los libros, como sostienen los admiradores de Martin, son más complejos que el programa, donde amén de una innegable pericia en la yuxtaposición de las historias y el diseño artístico, lo que se narra es un pastiche de amores prohibidos, hijos en búsqueda de sus padres, rencores familiares, situaciones cursis y filosofía motivacional. Todo aderezado con una mezcla de espadas fálicas y cojines al estilo de “las noches de clímax” de Golden Choice.

Como evidenció la masacre al final de la tercera temporada, los personajes de Game of Thrones son piezas de cartón susceptibles de ser eliminadas cada vez que la serie requiera de una dosis de “shock value” para despertar a su público. La única presencia notable es la de Peter Dinklage en el papel de Tyrion Lannister, el inteligente “medio hombre” cuyas limitaciones físicas no impedirán que tarde o temprano, intuimos, contienda por el trono. El despreciado y sensible Tyrion es un héroe entre la audiencia de entre 15 y 40 años que constituye la espina dorsal del rating del programa (4.3 millones de espectadores) –y que comienza a ser denominada por los mercadólogos como “mass inteligence”, término elegante para referirse al nerd que supuestamente vincula al “mass media” con la “elite media”.

De acuerdo con The rise of the mass intelligent, un análisis escrito por la unidad de inteligencia de The Economist, esta clase de target nerd educado es el que ya define en buena medida los contenidos que hoy produce la industria cultural estadounidense. La ironía del asunto: en el fondo, más allá de sus delirios de sofisticación, lo que realmente quiere ver son tetas, nalgas y dragones. De preferencia en ese orden.

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diciembre 28, 2012

Las películas del 2012

por Mauricio González Lara

Aquí las cintas que más disfrute en el 2012. Sólo incluyo estrenos comerciales (es decir, que estuvieron en exhibición por lo menos una semana en alguna sala comercial del Distrito Federal). Amour, Holy Motors, De metal y hueso y Beasts of the Southern Wild serán consideradas en la lista de 2013.

1 Juegos de hoy (Play). Gotemburgo, Suecia. Una pandilla juvenil se dedica a robar a adolescentes de clase media alta que aborda en centros comerciales con una estafa conocida como “el truco del hermano”, donde más que engañar a la víctima, el criminal la intimida al punto en que ésta termina por entregar sus posesiones bajo el argumento de que en realidad le pertenecen al hermano del agresor. Las víctimas son blancas; los pandilleros, negros. A través de una estética donde domina el plano general, la acción fuera de cuadro y la cámara sostenida, el director Ruben Östlund formula una serie de cuestionamientos que explotan en serie: ¿Cuáles son los límites de la corrección política? ¿Cómo usamos la vergüenza para dominar a los demás? ¿Cuál es el vínculo entre la indiferencia y la explotación? ¿Cómo construimos la identidad del otro? ¿Qué podemos esperar de una sociedad cuyos avances parecen incluso promover el abandono de sus niños? Basada en sucesos reales, Play fue la experiencia más inteligente y abrumadora que tuve este año en una sala de cine.

2 No. La lucidez con la que el director Pablo Larraín evade las numerosas trampas discursivas en las que pudo haber caído su película es admirable. “La alegría ya viene” y no se lo debemos a la pureza ideológica, sino a un hombre desapegado y reticente atrapado por la circunstancia (interpretado con solvencia por Gael García Bernal). El pragmatismo es el motor de la historia.

3 Hugo. Mi reseña, “aquí”.

4 Esta no es una película (In Film Nist). Momento mágico: en medio del tedio y la frustración del forzado encierro doméstico, una iguana captura la atención y se hace cine. La praxis de hacer la película y no contarla. Jafar Panahi da una masterclass de desafío y resistencia frente al autoritarismo que todo lo ahoga.

5 La cueva de los sueños olvidados (The Cave of Forgotten Dreams). La horrorosa belleza del epílogo de los lagartos albinos mutantes –a la altura del delirio de los finales de Stroszek y Aguirre– casi nos hace olvidar el inspirado acierto de usar la 3D como vehículo estético para reflexionar sobre el arte y la identidad.

6 Una separación (Jodaeiye Nader az Simin). La película de Asghar Farghadi es un triple triunfo: uno, es un conmovedor drama sobre la ruptura de una familia a causa del divorcio de los padres (ella quiere emigrar, él quiere quedarse en Irán); dos, es un thriller lleno de tensión y furia sobre la lucha de un hombre que es acusado de un crimen que no cometió; tres, es un estudio sobre las diferencias políticas, religiosas y sociales que separan a los iraníes.

7 Toda una vida (Another Year). Una peregrinación de soledades y tristezas. La devastación en el rostro de Lesley Manville en los minutos finales es el punto más alto en la carrera de Mike Leigh.

8 El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy). La sinuosidad con la que avanza el juego de espejos en esta película de Tomas Alfredson requiere paciencia. Vale la pena: toda posible recriminación ante el tempo con el que se desarrollan los acontecimientos queda hecha añicos cuando llega la secuencia en la que Smiley (Gary Oldman, icónico) revela su encuentro con “Karla”. La excitada oscuridad del rostro de Oldman es más emocionante que toda la trilogía Bourne.

9 La cabaña del terror (The Cabin in the Woods). De acuerdo: la manera en que Drew Goddard (director) y Joss Whedon (coguionista) juegan con las dinámicas con las que se representan la violencia y los roles en las narrativas occidentales es notable. También, cierto: el diálogo “meta” con las innumerables cintas y leyendas que cita in crescendo la película en su segundo acto (¡y que terminan con la mismísima Sigourney Weaver!) es espectacular. Nada de esto tendría genuino valor si la película no fuera el delirante divertimento que es. La ocurrencia siempre debe de ir aparejada del oficio que exige el placer cinematográfico. Con todo y que sólo es el coguionista, ¿habrá que comenzar a revalorar al nerdazo de Whedon? Mejor esperamos un rato.

10 Post tenebras lux. La emoción de pérdida que anuncia la oscuridad en Post tenebras lux está marcada por la inclusión de It’s a dream, de Neil Young. Al principio, la decisión se antoja como un error, como un gesto casi petulante del director. Sin embargo, una vez aceptada, nos damos cuenta de la congruencia conceptual de lo que se presenta en pantalla: la “pradera” de Neil Young alberga luz y oscuridad, paz y violencia, como la naturaleza en la obra de Carlos Reygadas. Esa dinámica de duda frente a lo que se ve persiste durante toda la cinta: desde la aparición literal del “maligno” hasta la deliberadamente anticlimática decapitación final. Ese es el valor de Reygadas: demanda una actitud de apertura y confianza del espectador que, por lo menos hasta ahora, ha sabido recompensar con una belleza formal pocas veces vista en el cine mexicano. Seguimos creyendo.

11 La caza (Jagten). La asunción de Thomas Vinterberg de un estilo de dirección sobrio y desafectado para maximizar la fuerza de la historia es toda una lección de humildad en estos tiempos de cámaras nerviosas y efectos múltiples.

12 Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin). Una pieza sobre la maternidad y sus demonios disfrazada de cinta de asesino serial. Roja y visceral.

13 Poder sin límites (Chronicle). El útimo tercio es desastroso –Godzilla vs. King Kong, básicamente-, pero la idea de que el poder en manos de un nerd no deviene en El hombre araña sino en un monstruo acomplejado y sicópata está plasmada con convicción en la primera mitad. Plus: la secuencia del desmembramiento telepático de la araña es quizá la escena más siniestra que haya visto en una película de superhéroes.

14 El precio de la codicia (Margin Call). Una gélida instantánea de la rapiña financiera que define el mundo de principios de siglo. El ensamble actoral del año. Si Wall Street hubiera sido escrita por David Mamet sería algo similar a este debut prometedor de J.C. Chandor.

15 Triste canción de amor (Take this Waltz). Detrás de un engañoso tono bobalicón, Sarah Polley cuenta una historia de infidelidad llena de matices frescos e inteligentes. Michelle Williams ratifica que es la mejor actriz de su generación. Plus: Polley le roba Video killed the radiostar a MTV y la dimensiona como incandescente soundtrack del encuentro amoroso.

16 El hombre de al lado. Todo un manifiesto antihipster. Una pertinente disección de la arrogancia y condescendencia de la clase media ilustrada de Latinoamérica. De lo más interesante del cine argentino reciente.

17 Poder y traición  (The ides of march). La mejor película de George Clooney hasta ahora. ¿Por qué? Algunas razones “aquí” y “acá”.

18 Melancolía (Melancholia). La primera parte es pesada y demasiado referencial (von Trier vía Dunst en queja perpetua contra el mundo y sus exigencias); la segunda parte, en cambio, contiene las imágenes más hermosas de la carrera de Lars.

19 Operación skyfall (Skyfall). Dos momentos: la emocionante aparición del Aston Martin y el plano secuencia en el que Bardem cuenta la historia de las ratas (la aparición más sorprendente de un villano en toda la filmografía Bond).

20 Ted. Al diseñar al oso como un compendio de cultura pop, Seth MacFarlane creó la alegoría perfecta de la ñoñez masculina y su relación con la industria del entretenimiento. La secuencia de la fiesta con Flash Gordon recuerda al John Landis de Animal House.

De valor:

El lenguaje de los machetes, Deseos culpables (Shame), Exit Through the Giftshop, Carlos, The Grey, El caballero de la noche asciende, Los descendientes, ¿Sabes quién viene a cenar?

Decepciones:

The Master. P.T. Anderson se obsesiona con filmar Barry Lyndon cuando la película pide a gritos ser Naranja mecánica.

Moonrise Kingdom. Ya habíamos estado aquí antes, cuando todo era más denso y sorprendente. Hoy sólo hay lindura y repetición.

Prometeo. Las deslumbrantes composiciones visuales de Ridley Scott son hundidas por su indolencia frente al rumbo ñoño y new age que toma el guión de Damon “Lost” Lindelof.

Asesino del futuro (Looper). La dinámica de viaje en el tiempo está excepcionalmente lograda: se siente que transcurren treinta años en dos horas.

El Santos vs. la Tetona Mendoza. Una de las tiras más originales y subversivas de la historia es transformada en una cinta simplona y aburrida. Al nivel de Huevo Cartoon.

La que odié:

Amigos (Intouchables). Insoportable. En un universo paralelo la imagino como un vehículo perfecto para la India Maria. Sólo basta sustituir a Omar Sy con María Elena Velasco y listo: dinero en el banco.