Archive for diciembre, 2015

diciembre 22, 2015

Pánico en la Condesa

por Mauricio González Lara

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A todos nos gusta creer que somos individuos sensatos, pero, detrás de la máscara de civilidad que con frecuencia confundimos por sanidad mental, habita el paroxismo. Cualquier grupo de personas es capaz de transformarse, en cuestión de minutos, en una horda de hienas dispuesta a cometer los peores crímenes en nombre de su seguridad. El fenómeno es universal. La clave para neutralizar la bestialidad no radica en una “buena educación”, sino en un estado de derecho eficiente. Entremos en materia: no se puede afirmar que México sea más proclive al linchamiento que otros pueblos, como el estadounidense o los europeos. Lo que sí es un hecho es que nuestra endeble procuración de justicia contribuye a crear condiciones donde el ajusticiamiento violento, además de viable, ni siquiera es considerado como un crimen.

Tradicionalmente, tendemos a creer que el linchamiento se da en regiones marginadas donde el temor a lo nuevo se mezcla con una coyuntura crítica que redunda en violencia. Basta recordar el caso paradigmático de San Miguel Canoa (Puebla) en 1968, donde un grupo de estudiantes fue masacrado por una turba convencida de que eran unos comunistas anticatólicos. No es extraño que los políticos intenten explicar estos actos como una cuestión casi genética, cuya existencia es producto de los “usos y costumbres” de los pueblos originarios, de los jodidos de siempre, y no de la falta de ley. “Es parte de las creencias del México profundo, que no se termina de ir”, apuntó en 2001 el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando se le cuestionó el pasmo de su administración ante el linchamiento de un presunto ladrón de imágenes religiosas en Santa Magdalena Petlacalco, Distrito Federal.

El deseo de ejecución tumultuaria, sin embargo, no es una característica exclusiva de la pobreza.

En semanas recientes, los medios han dado cuenta de varios casos de perros envenenados en los parques México y España, localizados en el corazón de la colonia Condesa, la zona de clase media alta que en teoría es uno de los ámbitos más “vanguardistas” del Distrito Federal. El número de canes muertos es difícil de determinar, puesto que la misma autoridad ha dado  números contradictorios respecto a las denuncias recibidas, pero el punto es que han sido los suficientes para detonar la indignación. Los vecinos afectados de la “Condechi” han sido víctimas de un rencor social un tanto contradictorio. La misma gente que en secreto aspira a vivir en la colonia es la misma que ahora tacha su indignación como frívola e histérica. El “Mataperros”, argumentan de manera caricaturesca, es una manifestación lógica de rechazo a la gentrificación hipster de la zona. Lejos de responder con elegancia, algunos oriundos del vecindario han abrazado plenamente el estereotipo.

Obnubilados por el miedo al “otro”, las autodefensas procaninas presionaron a las autoridades para que arrestaran a una científica de 65 años –habitante de la San Miguel Chapultepec, el barrio de al lado- tras haber sido señalada por la dueña de un doberman. El perro olfateaba de cerca a la presunta, quien comía una quesadilla cerca del parque México. La científica solicitó a la dueña que alejara a su animal de compañía. Después de ser ignorada, la sospechosa emitió un comentario irónico alusivo a las mascotas sacrificadas. Eso bastó para que la procuraduría capitalina cateara su domicilio, donde encontró veneno para ratas y dos memorias USB que, sostenían las autodefensas, contenían el diario de sus fechorías (en la mente del agredido, el “otro” siempre necesita regodearse en su maldad). No fue así y el caso fue desechado.

Prejuicio contra prejuicio. No vengan al barrio. Mi perro vale más que tú. Los jodidos nos molestan. La ironía está prohibida. Ante el vegetarianismo que está de moda en la Condesa, poco falta para que comiencen a detener personas por comer carne. Parafraseando The Future, la canción clásica de Leonard Cohen: hermano, he visto el futuro: es un perro que le da de comer ensaladas al humano paranoico que lo mantiene. It is murder!

+Este texto fue publicado originalmente en el número 27 de la revista Soho.

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diciembre 19, 2015

Contra la ciencia

por Mauricio González Lara

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“No vacunen a sus niños”, “el cambio climático es una patraña”, “el hombre no llegó a la luna”, “sólo los alimentos orgánicos son seguros”, “no descendemos de los primates”, “la homeopatía es mejor que ir al hospital”. Esta clase de mantras están por todos lados. La culpa es nuestra: movidos por el optimismo de que el sentido común se impusiera sobre el absurdo, o simplemente paralizados por la desidia de enfrascarnos en debates maratónicos con gente necia a la que arrogantemente tildamos de ignorante, despreciamos a un enemigo que hoy representa un peligro sustancial para nuestro bienestar. No se trata de un grupo armado o una entidad política específica, sino de un sistema cambiante de creencias y valores cuyo objetivo es destruir al conocimiento.

Como bien señala el periodista Joel Achenbach en el número de marzo de la revista National Geographic, la guerra contra la ciencia es ya una realidad.

Habitamos un mundo donde toda expresión de certidumbre científica parece enfrentar alguna clase de oposición furibunda. El campo de batalla: cualquier frente de opinión pública que les dé tiempo y espacio (y en estos tiempos escépticos, donde todo es relativo y discutible, eso abarca a casi todos los medios de comunicación). La postura anticiencia destila tintes suicidas. Pese a que la aplastante mayoría de la comunidad científica mundial concuerda en que el cambio climático podría redundar en daños irreversibles para el planeta, aún hay una fuerte resistencia al interior de las naciones desarrolladas a tomar cartas en el asunto. Otro ejemplo: el rechazo a las vacunas bajo el mito de que producen autismo ha redundado en el regreso de enfermedades que parecían ya erradicadas, como lo demuestran los casos recientes de sarampión en Estados Unidos.

¿Por qué la gente descarta la ciencia y sí está dispuesta a creer en, digamos, una secta new age que sostiene que toda medicina es tóxica? Vivimos una época de incertidumbre, en la que la misma ciencia nos dice que la única constante es la transformación. El cambio, como sabemos, no forzosamente genera esperanza, también produce desazón e intranquilidad. Más aún, las religiones tradicionales que solían brindar alivio al ciudadano común se encuentran bajo fuego, sea por carencias propias o cuestionamientos externos (véase el movimiento ateo promovido por el evolucionista Richard Dawkins). La consecuencia de estas tendencias no ha derivado en la coronación de la ciencia, como hubiera sido deseable, sino en un estado de miedo en el que el individuo se siente vulnerable ante fuerzas que no comprende.

“Sólo porque estás paranoico, no significa que no te persigan, cantaba Kurt Cobain, el angustiado líder de Nirvana, en Territorial Pissings. La frase describe bien a los paranoicos convencidos de que todo cuanto ocurre en la sociedad es consecuencia de un plan maestro elaborado en un cónclave secreto y maligno. Los villanos favoritos de estas tramas de intriga solían ser los judíos, los masones, la ONU, el gobierno estadounidense, los extraterrestres y las corporaciones trasnacionales. Como reflejo del acelerado avance tecnológico registrado en las últimas décadas, la ciencia ha desplazado a estos sospechosos comunes como el gran enemigo del “teórico de la conspiración”.

El “teórico de la conspiración” sustituye a las nociones de Dios y el Diablo por fuerzas conspiratorias de alcances mayúsculos. El paradigma es reconfortante: al final, el paranoico sabe que haga lo que haga esas fuerzas siempre van a ser superiores a él, lo que le brinda tranquilidad existencial. ¿Cómo combatir a esta fusión entre paranoia y pensamiento mágico? La respuesta radica en una estrategia de comunicación efectiva. Los científicos caen con frecuencia en una trampa conocida como “la maldición del experto”: el que más sabe de un tema no es el que mejor lo puede explicar a una audiencia. Al contrario, a veces el experto da por sentado que el público general conoce referencias que sólo dominan los iniciados en la materia, por lo que no logra comunicar bien los mensajes principales. La ciencia debería contratar a una buena agencia de relaciones públicas, antes de que todos los niños contraigan sarampión.

+Este texto fue publicado originalmente en el número 20 de la revista Soho.

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