Archive for junio, 2010

junio 24, 2010

Lost y el “síndrome de la vieja engañosamente bonita”

por Mauricio González Lara

¿Te sientes avergonzado por haber visto Lost durante más de un lustro? No estás solo.


Todos, en mayor o menor grado, hemos sufrido en algún momento de nuestras vidas el “síndrome de la vieja engañosamente bonita”, esa enfermedad alucinatoria consistente en enamorarse de una mujer que, tras un “lejos” espectacular, esconde un horrible “cerca”. Desglosemos el padecimiento: cuando la conoces, la femme aparentemente hermosa luce tan cautivadora que incluso dudas en invitarla a salir, pero tarde o temprano lo haces, siempre lo haces. Ella, consciente de tu falta de confianza, acepta, aunque bajo el entendido de que su aquiescencia obedece más la compasión que al deseo, lo que tú, fiel practicante del “mercy fuck”, asumes con emoción.

Una vez que pasan tres citas y has gastado una pequeña fortuna en sus caprichos, la princesa por fin accede a coger contigo, pero en un hotel carísimo y previa cena de cuatro mil pesos. Una vez en el hotel, empiezas a desvestirla, nerviosísimo, y descubres con paulatino horror que esas tetas que tanto te obsesionaban eran una ficción creada por la ingeniería del “wonderbra”; que su cuerpo, además, presenta cicatrices y verrugas por todos lados, que huele medio feíto y que ni siquiera tuvo la delicadeza de rasurarse los sobacos. ¡En la madre!, piensas. Pero bueno, ya estás ahí y sigues pese a que sus humores y las fallas en su higiene personal son aún más notables conforme avanzas hacia el sur. Mareado y decepcionado, quieres largarte del lugar, pero piensas en el tiempo y dinero invertido y, casi a regañadientes, coges sin inspiración. Una vez que experimentas tu orgasmito, la volteas a ver y te das cuenta que tu  modelo era una obra maestra de la fusión entre tu calentura, el maquillaje y el pantallazo.

De haber sabido, lamentas, no gasto nada.

Proporciones guardadas, el compromiso de largo plazo de ver los 121 capítulos de Lost me recordó la frustración de mis peores delirios bajo el influjo del “síndrome de la vieja engañosamente bonita”. Hace cinco años, la serie creada por Damon Lindelof, J.J. Abrams y Jeffrey Lieber se apoderó de mi atención, tal y como sólo lo logran las “viejas engañosamente bonitas” que se lanzan a destazarte cuando detectan con olfato depredador que no pasas por tu mejor momento.

Como le sucedió a millones de nerds alrededor del mundo, mi mente enajenada digirió con alegría conspiraciones, experimentos setenteros, supermagnetos geológicos, reducciones insólitas de los habitantes del planeta a la teoría de “seis grados de separación” y todas las posibles combinaciones de los números 4, 8, 15, 16, 23 y 42, sin obviar, desde luego, la sonrisa de Evangeline Lilly (actriz “engañosamente bonita” de la que estoy seguro no volveremos a escuchar nunca).

Durante las primeras dos temporadas, todo el asunto de la isla y los misterios que rodeaban a los sobrevivientes del vuelo Oceanic 815, así como la rítmica y pulsante ejecución con la que se exponían sus rebuscadísimos vasos comunicantes, me pareció brillante. Los defectos, acepto, siempre estuvieron ahí. Desde el programa piloto, Lost siguió la dinámica de un culebrón, quizá uno de pretensiones gigantescas, pero culebrón al fin. Más allá de los flashbacks orientados a inyectarlos de una falsa profundidad, los personajes de Lost (entre 20 y 25 partes habladas recurrentes a lo largo de capítulos) eran caricaturas aburridas y dotadas de un sentimentalismo irritante (¡esos coreanos!).

La excepción era John Locke, el personaje/motor de la mitología filosófica de la serie interpretado por Terry O’Quinn, cuya “muerte” le abrió paso a la desastrosa conclusión “new age” de la sexta temporada. Gracias al talento de O´Quinn, incluso los más acérrimos detractores de la serie no podrán negar que el episodio en que sabemos que Locke era paralítico antes de pisar la isla es uno de los placeres culposos más emotivos en la historia de la televisión, sólo comparable a perlas como el capítulo de Cuna de Lobos en el que se revelaba que Catalina Creel no estaba tuerta, ¡sino que sólo fingía para hacerle un mindfuck cabronsísimo a Gonzalo Vega!

La genialidad del asunto no estaba en el desarrollo de personajes, sino en su estructura de caja china, donde la revelación de un misterio daba por resultado el planteamiento de otro, donde habitaba un misterio aún más grande que visto de cerca formaba parte del misterio original. Una caja que al abrirse revelaba una caja que a su vez escondía una caja que estaba dentro de otra caja y así…  hasta el infinito. Una pesadilla soñada por M.C. Escher, pues. Cuando la caja china se imponía a la telenovela, Lost era interesante y divertida; lamentablemente, ya pasada la tercera temporada, la caja china se vio forzada a revelar sus misterios, lo que redundó en que el sentido de amenaza metafísica fuera sustituido gradualmente por una estupidísima trama que redujo todo a una lucha cósmica entre el bien y el mal que parecía reivindicar a aquellos escépticos que aseguraban que los creadores no tenían idea de hacia dónde llevar la serie.

Rencores aparte, cabe reconocer que, así fuera de manera involuntaria, las últimas temporadas de Lost descubrieron un aspecto interesante del zeitgeist de la aldea global: en un contexto dominado por una telúrica crisis de las jerarquías eclesiásticas, el Occidente, quizá hoy con más urgencia que en décadas pasadas, se empeña en recrear en sus narrativas pop la idea metafísica de que existe un paraíso donde podemos dejar atrás los pecados de nuestro pasado y ser felices.

El final, visto simultáneamente por decenas de millones de personas alrededor del orbe, es una mentada de madre precisamente por eso: en lugar de explicar con cierta lógica los acertijos planteados durante más de 90 horas, se receta una cursilería monumental donde todos los protagonistas literalmente se van al cielo con sus seres queridos. Tal estado de negación, para desilusión de ateos al estilo de Richard Dawkins, permite suponer que el culto a Dios perdurará con fuerza durante varias generaciones.

Es verdad: estamos perdidos.

*Este artículo aparecerá en una versión extendida en la edición de julio de la revista Deep. ¡A comprarla!

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junio 10, 2010

La secuencia que Hitchcock jamás filmó

por Mauricio González Lara

Una de las partes más emocionantes de  El cine según Hitchcock, el fabuloso libro de Francois Truffaut, es cuando el maestro revela una idea de secuencia que se le quedó en el tintero para Intriga internacional (North by northwest), la cual involucraba un asesinato en una línea de ensamblaje para coches. De haberla filmado, estoy seguro, hubiera sido tan o más emocionante que la clásica secuencia del avión en la llanura.

Si bien Spielberg le rinde de alguna manera  homenaje a este concepto durante la persecución en la fábrica de coches de Minority report, alguien debería filmar la secuencia tal y como la imaginó Hitch. Va el diálogo entre Truffaut y Alfred:

Francois Truffaut (FT): Vuelvo a la escena del avión en el desierto. El aspecto seductor en esa escena reside en su misma gratuidad. Es una escena vacía de toda verosimilitud y de toda significación; el cine, practicado de esa manera, se convierte realmente en un arte abstracto, como la música.  Y esta gratuidad, que a menudo se le reprocha,  constituye precisamente  el interés y fuerza de la escena (…) No habría que reprocharle nunca la gratuidad en sus films, pues practica la religión de la gratuidad, el gusto por la fantasía fundada en el absurdo.

Alfred Hitchcock (AH): El hecho es que este gusto por el absurdo lo practico de manera totalmente religiosa.

FT: Una idea como la del avión en el desierto no puede germinar en la cabeza de un guionista, pues no sirve para adelantar la acción, para hacerla avanzar; es una idea de director.

AH: Ya verá cómo se me ocurrió esa idea. Quise reaccionar contra un viejo cliché: el hombre que se ha presentado en un lugar en el que probablemente va a ser asesinado. ¿Qué es lo que se hace habitualmente?  Una noche oscura en una pequeña plazuela de la ciudad. La víctima espera, de pie en el círculo luminoso de un farol. El pavimento está mojado por una lluvia reciente. Un primer plano de un gato negro que corre de manera furtiva a lo largo de una pared. Un plano de una ventana, el rostro de alguien que, a hurtadillas, aparta los visillos para mirar afuera. La lenta aproximación de un coche negro, etcétera. Yo me hice la siguiente pregunta: ¿qué sería lo contario de esta escena? ¡Una llanura desierta, en pleno sol, ni música, ni gato negro, ni rostro misterioso tras las ventanas! Continuando con North by northwest y mi religión de la gratuidad, quisiera comentarle de la escena que no conseguí insertar, pero en la que trabajé (…) Recordé que nos encontrábamos al noroeste de Nueva York y que una de las etapas sería Detroit, donde se encuentran las grandes fábricas de automóviles Ford. ¿Ha visto alguna vez alguna cadena de montaje?

FT: No, nunca.

AH: ¡Es fantástico! Quería rodar una larga escena dialogada entre Cary Grant y un contramaestre ante la cadena de montaje. Andan hablando de un tercer hombre que quizá tiene alguna relación con la fábrica. Tras ellos, el automóvil empieza a ajustarse pieza por pieza e incluso lo llenan de aceite y gasolina; al final de su diálogo, contemplan el coche completamente montado a partir de nada, de un simple tornillo, y comentan: “Es realmente formidable, ¿no?” Y entonces, abren la portezuela y cae un cadáver.

FT: ¡Es una idea formidable!

AH: ¿Y de dónde proviene el cadáver? No del coche. En un principio, ¡sólo era un tornillo! El cadáver ha caído de la nada, ¿comprende? Y tal vez el cadáver es el del individuo del que hablaban en el diálogo.

FT: ¡He ahí lo gratuito absoluto! Debe ser difícil renunciar a una idea como ésa. ¿La abandonó debido a la duración de la escena?

AH: La duración podía arreglarse, pero lo que pasó realmente es que no conseguimos integrar esa idea a la historia, y por muy gratuita que sea una escena, no puede introducirse de una manera totalmente gratuita.