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agosto 5, 2009

Pecosa y fatal

por Mauricio González Lara

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Va un sentido y sincero homenaje a los poderes de seducción de una genuina “femme fatale”.

Todos las hemos visto, así sea sólo en las fantasías más húmedas de nuestra calenturienta psique: esplendorosas y sensuales, emergen de una neblina oscura de vicio y tentación para apoderarse de nuestra alma. ¿Para qué negarlo? Desde un inicio nos sabemos utilizados y desechables; la promesa de la carnalidad plena nos obnubila y gozosos caemos en el infierno. Arder y explotar, una y otra vez. Lamentablemente, una vez en las garras del monstruo, todo es vapor que se consume con desgarrada velocidad. El más patético de los escenarios se materializa en realidad inexorable: ridiculizados y destruidos, intentáremos darle sentido a la caída, pero todo será inútil. Contra el maleficio de la mujer fatal, esa bestia cuyos hechizos pueden transformar al más centrado de los hombres en un triste muñeco de trapo, no hay escape.

Pero basta de chaquetas mentales: gusanos comunes y corrientes como tú y como yo nunca conocerán frente a frente a una clásica e iconográfica femme fatale, es decir, a esa guapísima y maligna mujer con encantos capaces de llevar a sus víctimas a suspender toda racionalidad e involucrarlos en situaciones peligrosas, delictivas y con frecuencia mortales. Rita Hayworth, Barbara Stanwyck, Sharon Stone, Megan Fox, Ninón Sevilla. Nunca las besaremos; vaya, lo más probable es que ni siquiera intimemos con una aventurera región cuatro al estilo de Edith González o, ya de plano en el esquema “teibolero”, con una humilde aspirante a Maribel Guardia que trabaje en el Royal o el Men’s club. Nuestro destino es más pedestre: claro, seremos capaces de realizar muchas acciones cuestionables (o hasta ruines) por las mujeres que queremos conquistar, pero hasta un límite, pues sabemos perfectamente que el premio de todos esos azotes no será Angelina Jolie, sino más bien una persona nada excepcional que siempre va a coger mejor en nuestra mente que en nuestra cama.

Las mujeres cotidianas sólo son verdaderamente deseables si nos las inventamos a grados tales que la diferencia entre la idea y la persona es tan marcada, tan abismal, que nuestras amigas, crueles y objetivas, nos ven con extrañeza escéptica cada vez que nos “enamoramos” y fingimos perder el control (“¿todo eso por esa gata?”, preguntan con lucidez). El panorama es desolador. Sin embargo, así como el agnóstico se niega a abandonar toda esperanza de que Dios existe, me rehúso a vivir sin mujeres fatales. Sobre todo ahora que sé que existen los milagros, como el que le sucedió a Israel Vallarta, amante de Florence Cassez.

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Francesa y peligrosa

De acuerdo con un notable reportaje publicado en la revista Proceso el pasado 5 de abril, y firmado por el reportero Homero Campa, la historia de Florence e Israel es, como todo amorío propio de una relación fatal, de naturaleza ambigua y misteriosa. Tras laborar en varios oficios menores y mal remunerados en su nativa ciudad de Calais, Francia, Florence Cassez aceptó a principios de 2003 la invitación de su hermano Sebastián (casado con una mexicana) para venir a buscar fortuna en tierras aztecas.

Como toda femme fatale que se respete, la blanca y pelirroja Florence, entonces de 28 años de edad, no tardó mucho en convertirse en un imán de amistades peligrosas, las cuales incluían a Eduardo Cuauhtémoc Margolis Sobol, un exagente del Mossad, la famosa agencia de inteligencia israelí. Margolis, avezado en asuntos de seguridad y negociación de secuestros, entabló amistad con Sebastián y juntos formaron Radiance, una agencia de productos de belleza para la que también trabajó Florence. (Dado el historial de Margolis y el hecho de que Florence fuera la encargada de recibir los productos de la aduana, las dudas en torno a que Radiance se dedicara efectivamente a la comercialización de cosméticos son más que válidas.) Como sucede con numerosas mujeres fatales cinematográficas (remember Millers crossing!), el talón de Aquiles de Florence es el amor incondicional que siente hacia su no muy brillante hermano, quien se peleó con Margolis a los pocos meses de integrada la compañía a causa de 125,000 dólares. Florence y Sebastián se separaron de Margolis y fundaron su propia empresa de cosméticos, Systemes de Sante e de Beaute (SSB).

En una exhibición de productos de belleza, Florence conoció a Israel Vallarta, quien en apariencia se dedicaba a la comercialización de automóviles. Para Israel, el flechazo fue instantáneo: atrapado en la monotonía de la vida matrimonial con hijos, Cassez era como un manantial en medio del desierto: espigada, elegante, de acento cachondo y poseedora de una intoxicante locura pecosa en toda su piel, Florence no representaba una conquista exótica más, sino que era el símbolo de todo un nuevo continente. Ella jugó con la atracción durante dos años. Tras provocar sus constantes ruegos y fintar con fallidos regresos a Francia, Cassez consiguió que Israel prometiera dejar a su esposa e hijos. Sólo así Florence aceptó ser su novia. Fueron los días más felices en la vida de Israel.

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Lealtad al mal

Lo que siguió después es conocido por todos: Israel se consolidó como el jefe de una banda delictiva que, en presunta complicidad con su novia Florence, se especializó en secuestrar familias, a las que torturaban tanto física como psicológicamente. Según los testimonios de Ezequiel Elizalde, uno de los secuestrados, Cassez parecía darse vuelo con la crueldad y constantemente le pegaba y advertía que le iba a enviar un regalito a su papá: un dedo o una oreja.

Vallarta y Cassez fueron detenidos en diciembre de 2005. En su afán por presumir la hazaña en los medios, los agentes de la AFI recrearon la captura para las cámaras de televisión varias horas después de efectuado el arresto, lo que a todas luces constituye una violación de procedimiento que en cualquier país desarrollado hubiera provocado una nulidad de juicio. Vallarta, aparte, argumenta que todo es una venganza de Margolis, quien decidió cobrarse algunas facturas pendientes. Ante estas irregularidades, el mismo mandatario galo, Nicolás Sarkozy (quien sabe una o dos cosas sobre estar enamorado de una mujer fatal), ha solicitado sin éxito que se le permita a Cassez cumplir su condena en Francia.

Florence sostiene que es inocente y que no sabía nada de las actividades de su novio. La evidencia parece condenarla. A mi juicio, el indicio más demoledor de la culpabilidad de la francesa es uno de naturaleza totalmente sentimental: pese a las salvajes torturas que recibió en los interrogatorios, Vallarta nunca ha admitido el involucramiento de su novia en los secuestros. Incluso en el infierno, el recuerdo de la belleza de Florence es tan vigoroso, tan pleno, que resulta irrenunciable. Sólo el mal puede generar tanta lealtad.

Ay Florence, antes de ocasionar tu propia ruina, ¡de cuántos horrores habrá sido responsable tu pecosa hermosura!(F)

*Este artículo se publica en una versión distinta en mi columna Perdido en el siglo, de la revista Deep. Cómprenla, o mejor aún, ¡suscríbanse!

**Este texto es un very extended mix de este otro.