Archive for ‘Viviendo en el DF’

diciembre 22, 2015

Pánico en la Condesa

por Mauricio González Lara

mataperros

A todos nos gusta creer que somos individuos sensatos, pero, detrás de la máscara de civilidad que con frecuencia confundimos por sanidad mental, habita el paroxismo. Cualquier grupo de personas es capaz de transformarse, en cuestión de minutos, en una horda de hienas dispuesta a cometer los peores crímenes en nombre de su seguridad. El fenómeno es universal. La clave para neutralizar la bestialidad no radica en una “buena educación”, sino en un estado de derecho eficiente. Entremos en materia: no se puede afirmar que México sea más proclive al linchamiento que otros pueblos, como el estadounidense o los europeos. Lo que sí es un hecho es que nuestra endeble procuración de justicia contribuye a crear condiciones donde el ajusticiamiento violento, además de viable, ni siquiera es considerado como un crimen.

Tradicionalmente, tendemos a creer que el linchamiento se da en regiones marginadas donde el temor a lo nuevo se mezcla con una coyuntura crítica que redunda en violencia. Basta recordar el caso paradigmático de San Miguel Canoa (Puebla) en 1968, donde un grupo de estudiantes fue masacrado por una turba convencida de que eran unos comunistas anticatólicos. No es extraño que los políticos intenten explicar estos actos como una cuestión casi genética, cuya existencia es producto de los “usos y costumbres” de los pueblos originarios, de los jodidos de siempre, y no de la falta de ley. “Es parte de las creencias del México profundo, que no se termina de ir”, apuntó en 2001 el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando se le cuestionó el pasmo de su administración ante el linchamiento de un presunto ladrón de imágenes religiosas en Santa Magdalena Petlacalco, Distrito Federal.

El deseo de ejecución tumultuaria, sin embargo, no es una característica exclusiva de la pobreza.

En semanas recientes, los medios han dado cuenta de varios casos de perros envenenados en los parques México y España, localizados en el corazón de la colonia Condesa, la zona de clase media alta que en teoría es uno de los ámbitos más “vanguardistas” del Distrito Federal. El número de canes muertos es difícil de determinar, puesto que la misma autoridad ha dado  números contradictorios respecto a las denuncias recibidas, pero el punto es que han sido los suficientes para detonar la indignación. Los vecinos afectados de la “Condechi” han sido víctimas de un rencor social un tanto contradictorio. La misma gente que en secreto aspira a vivir en la colonia es la misma que ahora tacha su indignación como frívola e histérica. El “Mataperros”, argumentan de manera caricaturesca, es una manifestación lógica de rechazo a la gentrificación hipster de la zona. Lejos de responder con elegancia, algunos oriundos del vecindario han abrazado plenamente el estereotipo.

Obnubilados por el miedo al “otro”, las autodefensas procaninas presionaron a las autoridades para que arrestaran a una científica de 65 años –habitante de la San Miguel Chapultepec, el barrio de al lado- tras haber sido señalada por la dueña de un doberman. El perro olfateaba de cerca a la presunta, quien comía una quesadilla cerca del parque México. La científica solicitó a la dueña que alejara a su animal de compañía. Después de ser ignorada, la sospechosa emitió un comentario irónico alusivo a las mascotas sacrificadas. Eso bastó para que la procuraduría capitalina cateara su domicilio, donde encontró veneno para ratas y dos memorias USB que, sostenían las autodefensas, contenían el diario de sus fechorías (en la mente del agredido, el “otro” siempre necesita regodearse en su maldad). No fue así y el caso fue desechado.

Prejuicio contra prejuicio. No vengan al barrio. Mi perro vale más que tú. Los jodidos nos molestan. La ironía está prohibida. Ante el vegetarianismo que está de moda en la Condesa, poco falta para que comiencen a detener personas por comer carne. Parafraseando The Future, la canción clásica de Leonard Cohen: hermano, he visto el futuro: es un perro que le da de comer ensaladas al humano paranoico que lo mantiene. It is murder!

+Este texto fue publicado originalmente en el número 27 de la revista Soho.

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febrero 23, 2012

Un vistazo a la nueva Cineteca

por Mauricio González Lara

Paula Astorga, directora de la Cineteca Nacional, nos adelanta cómo será el nuevo templo de la cinefilia mexicana.

El 29 de junio de 2010, el día de su cumpleaños, Paula Astorga asumió el cargo directora de la Cineteca Nacional. Su labor ha sido difícil de ignorar: a la par de romper todos los récords de asistencia a las salas de la institución, Astorga anunció a finales del año pasado el lanzamiento de la “Cineteca del siglo XXI”, proyecto que redimensionará al recinto como el espacio cinematográfico más vanguardista y completo de Iberoamérica.

En entrevista, Paula nos cuenta sobre los alcances del proyecto, a la vez que reflexiona sobre la manera en que consumimos cine en México.

¿Cómo era tu relación con la Cineteca antes de ser su directora?

Antes de que asumiera como directora, mi relación con la Cineteca había sido en tres tiempos. La primera etapa fue cuando era una estudiante de cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), cuando veníamos a ver cientos de películas y tomábamos clases. En esa etapa de formación pasaba tardes enteras aquí. La segunda fue como espectadora recurrente, donde ya no tienes la carga estudiantil y sólo vienes a disfrutar el cine. La tercera fue como directora del Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO). Aunque no participó en la primera edición, la Cineteca terminó siendo una sede fundamental para el festival. Aquí se programaron ciclos muy importantes del FICCO, como los de Dreyer y Bresson. La Cineteca siempre ha sido indispensable. No hay un espacio público con un público tan maravilloso. El sentido de pertenencia que genera la Cineteca es poco común entre las instituciones públicas: la gente asume que la Cineteca es suya, y así lo vive. Es una característica fantástica que nos llena de orgullo.

¿Cuáles fueron los primeros retos que enfrentaste?

La primera preocupación que se discutió con Consuelo Sáizar, titular de Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), fue que la Cineteca había perdido  su dimensión nacional. Fuera por problemas presupuestales o coyunturas específicas, la Cineteca se había limitado a ser un espacio cultural del Distrito Federal. El primer reto fue devolverle a la Cineteca la capacidad de  proveer a todo el país de lo mejor del cine internacional y mexicano, por lo que emprendimos programas como “Cineteca va”, cuya misión es refrendar constantemente y en diversas entidades la divulgación de películas de calidad en espacios alternativos y con nuevos públicos. Nos dimos cuenta que ser simples agentes programadores no iba a ser suficiente. La ausencia de recintos nos motivó a buscar la construcción de infraestructura de exhibición. Uno de los primeros resultados fue la Cineteca Tijuana y la sala de cine Carlos Monsiváis, que es un lugar increíble de exhibición. En una esfera diferente, otro reto fue el relacionado con el patrimonio cinematográfico. Todo el material con el que contábamos en los acervos se encontraba bajo una visión proteccionista, aislado de una lógica de divulgación que permitiera mantener viva la promoción del cine mexicano. La Cineteca trabajaba como una especie de mausoleo donde nadie sabía ni veía lo que había adentro bajo el argumento de que se preservaba para la posteridad. Todo estaba muy bien ordenado, pero no había una visión curatorial. Mi idea, en cambio, es que hay que preservar para difundir.

En los últimos dos años hemos hecho 56 copias nuevas. También había un rezago en las bases de datos. Ahora existe una mayor capacidad de respuesta por parte de la Cineteca cuando se solicita algún material para una investigación o un libro. Asimismo expandimos los ciclos de cine mexicano con materiales que no conocían las nuevas generaciones. Existía una inercia en términos de cómo se concebía la programación, lo que redundó en que se dejaran atrás varias responsabilidades de divulgación. Faltaba un proceso de reflexión que le permitiera a la Cineteca comprometerse más con el público y menos consigo misma.

¿Se necesitaba un trabajo de marketing que reposicionara la imagen de la institución?

Yo siento que la Cineteca ya estaba muy bien posicionada, por lo que más que marketing necesitaba un nuevo sistema de comunicación. Este es un espacio en el que de manera permanente intentas construir una experiencia. Hay que abordarlo así y darle una visibilidad constante. Había una tendencia consistente en ver a la Cineteca como  la segunda vuelta del circuito comercial. Me ha costado mucho trabajo hablar con los distribuidores y explicarles que deben tomarla en cuenten sus estrenos, sobre todo los de cine mexicano, donde el apoyo de nuestro público puede ser significativo. Hoy cualquier chavo puede cultivar su cinefilia de una manera espectacular a través de Internet, pero ni el streaming más sofisticado puede sustituir la emoción de la pantalla grande, ni el complemento social que implica venir a la Cineteca.

¿Cómo surge la idea del proyecto Cineteca Nacional del Siglo XXI? ¿Qué podemos esperar y cuándo estará terminado?

Existían dos antecedentes. Uno, una gestión importante  del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine)  y el CCC para construir nuevas bóvedas para resguardar materiales que se encuentran en condiciones de riesgo. Dos, la infraestructura ya era insuficiente para atender las demandas de un público que se había incrementado en un 40 por ciento en los últimos seis años. La Cineteca no era una institución pensada para recibir 600,000 personas al año. Estos dos antecedentes se unían a otro fenómeno: si bien la Cineteca siempre tuvo un buen mantenimiento, éste se dio por pedacitos. El resultado:  un edificio que era todo un collage de diversas épocas y presupuestos; había un baño azul y otro verde, un piso de mosaico y otro de madera, una alfombra azul y otra de bolitas, una dulcería de madera y otra súper moderna de aluminio. Lo mismo con la tecnología. Si te tocaba la sala cuatro, que tenía 37 bocinas, te juro que se escuchaba mejor que cualquier Cinemex, pero si te ibas a la sala tres, que es enorme, la historia iba a ser distinta. El edificio original era precioso, pero todos esos parches lo tornaron en algo desigual, y eso terminó por mermar la imagen e institucionalidad de la organización.  En función de los recursos limitados con los que se contaba, creo que se hizo un buen esfuerzo, pero también es cierto que ya no había una conciencia de mejora que estuviera a la altura del suceso cultural que es la Cineteca. Pese a que encontré una institución muy ordenada, con equipos de trabajo fantásticos, lo cierto es que el público no estaba bien atendido. No había una conexión con la audiencia. Otro ejemplo: del total del terreno de la Cineteca, la mayor parte lo abarcaba el estacionamiento. O sea, el espacio donde sucedía el fenómeno de vinculación con la sociedad ocupaba una mínima parte del total.

La nueva Cineteca tendrá un estacionamiento de siete niveles en seis plantas que permitirá liberar 7,000 metros cuadrados de terreno, donde construiremos un nuevo laboratorio de restauración digital, cuatro nuevas salas con una capacidad de 250 personas cada una, dos bóvedas adicionales, así como áreas verdes y de usos múltiples; todo esto aunado a la homologación tecnológica de las salas ya existentes y a la expansión de varios servicios. Hasta el momento, el proyecto tiene aprobados 378 millones de pesos y está previsto para ser entregado en noviembre de este año. Actualmente, el funcionamiento de la Cineteca depende en un 70 por ciento de subsidio federal, y un 30 por ciento de lo recabado en taquilla. El presupuesto anual de la Cineteca es de alrededor de 80 millones de pesos. Si la Cineteca sólo atendiera la parte de exhibición, el autofinanciamiento sería viable; sin embargo, la manutención de las bóvedas lo hace prácticamente imposible.

Se rumora que una vez establecido el proyecto se buscará la participación del sector privado.

Es un chisme vil y vulgar. Te aseguro categóricamente que esa posibilidad no está prevista. Es totalmente falso.

¿Cuáles son los peores clichés asociados con la Cineteca?

Hay dos que me preocupan. El principal es la falsa creencia de que las películas de la Cineteca son aburridas. Ese es el más complicado. El otro es que el público crea que el cine de arte se debe de ver o escuchar mal, o que las exigencias técnicas deben ser menores en los recintos que lo exhiben.  La demanda del espectador debe ser la misma si paga un boleto en Antara de 65 pesos a si compra uno con descuento en la Cineteca. Si una cinta tiene una serie de sutilezas narrativas en su sonido, no hay manera en que el espectador la disfrute como debe si la sala suena mal.

¿Qué tan cinéfilo es el mexicano? A veces parece que nos gusta más comer palomitas que gozar las películas. 

Al mexicano le gusta ir al cine, sea para ver una película de mero entretenimiento, sea con la intención de ver una obra con pretensiones autorales y artísticas. Le gusta el cine con y sin palomitas. Ahora, en los últimos años la manera en la que se concibe ir al cine sí ha cambiado. El fenómeno del multiplex ha ocasionado que la gente vaya en busca de una experiencia social, y no tanto una artística. Por eso es que a mucha gente no le importa hablar y usar el celular. Hoy operan muchos elementos que van en contra de la apreciación de las películas, de la concentración necesaria para su goce. También es cierto que es el mismo público el que acaba por rescatar los buenos usos y costumbres del comportamiento en la sala cinematográfica. No creo que hayamos llegado a un punto irreversible. Una buena película siempre terminará por cautivar a la audiencia y someterla a la maravillosa dimensión del silencio. Soy optimista al respecto.

+Esta entrevista aparecerá en la edición de marzo de la revista Deep.

+Las fotos son de Carlos García, mejor conocido como Guacamole Project. Visita su sitio: GuacamoleProject.com O sígue su cuenta de Twitter: @wakamoul .

+Más entrevistas cinéfilas:

-“La crítica es placer”, una charla con Jorge Ayala Blanco.

-“¿De quién es la película?”, una charla con Robert McKee.

diciembre 9, 2011

Regreso a Paxia

por Mauricio González Lara

Hay un nuevo cliché en la posmodernidad mexicana: aplaudir cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión.

El éxito de la llamada “cocina mexicana de autor”, consistente en reinventar la gastronomía tradicional bajo una lógica personal de deconstrucción, es uno de los  fenómenos más celebrados de la posmodernidad nacional. El encomio me parece fantástico, sobre todo si se traduce en inspiración para nuestra alicaída marca país, tan golpeada por la crisis y la inseguridad. Tanto entusiasmo, empero, ha generado una zona de confort donde se aplaude sin recato cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión. Botón de muestra: el éxito de Paxia, marca propiedad del chef  Daniel Ovadía que cuenta con dos restaurantes en el Distrito Federal.

Voy a criticar  a Paxia porque salí de ahí –desde la primera vez que fui– con esa sensación molestísima de tener la sospecha de que te han engañado. Lo voy a criticar, también,  porque así lo pacté con el mismo Ovadía, quien insistió en que visitara de nuevo su restaurante tras haber leído los comentarios de esa decepción en mi cuenta de Twitter. Pero en especial voy a criticar a Paxia porque es el emblema de una tendencia que odiaría ver consolidada. Para esto estableceré tres puntos que creo deben considerarse a la hora de hablar sobre comida. Van a sonar a verdades de perogrullo, pero no está de más recordar ciertos puntos básicos, sobre todo en una época en que parece que cualquiera que coloque el adjetivo adecuado –untuoso, crocante, inesperado– es gourmand y/o crítico gastronómico.

Ingredientes. Si no hay un buen ingrediente no habrá un buen platillo. Punto. ¿Por qué vas a un lugar a comer ostiones en su concha en vez de al local de junto? Para tener un buen ingrediente hay que saber distinguirlo, saber cuándo y dónde comprarlo, conocer sus variedades, temporadas, propiedades. En Paxia probé 24 platos en total (aglutinados en dos diferentes menús de degustación, por los cuales pagué, sumados a varios mezcales y copas de vino, poco más de 3,500 pesos). Sus ingredientes –con la excepción, admito, de los irreprochables chinicuiles- distan de ser “benchmarks”; algunos, incluso, estaban por debajo de lo aceptable: la ensalada de arúgula y nopalitos no irradiaba frescura, y la consistencia apagada del filete de res en mole carretero sugería demasiada refrigeración.

Técnica. Esto es igual a horas de talacha, de cortar brunoises, julianas, chifonadas; miles de litros preparados de salsas bernesas, holandesas, bechamel, consomé clarificado; salteado, sellado, horneado, tiempos de cocción, saberse las recetas al dedillo. Esto es lo que hace la diferencia entre, no digamos dos restaurantes de comida clásica francesa, sino incluso de las fondas y los puestos callejeros. Por eso, en el caso de la comida mexicana, es tan difícil ganarles a las mamás. No es que el taco de canasta o la tortita ahogada de Paxia sean malos, pero sí son inferiores a los que se pueden encontrar en cualquier mercado.

Experimentación. No es un paso obligatorio: es una decisión personal y pocos pueden decir que en este punto han hecho una contribución significante en la historia de la gastronomía.  El problema surge cuando se busca crear un concepto que recurre al artificio para suplir un hueco en la propuesta. Platillos que podrían ser memorables son arruinados por gestos que destruyen el logro obtenido: una moneda de chocolate que oblitera lo que hubiera sido una envolvente copa de mole, o una suma infantil de tortilla, pato, trufa y foie gras que deriva en algo que la carta denomina pintorescamente como “Budín azteca”. Como ejemplo afortunado, el pozol de Ovadía es todo lo que debería ser el resto de la experiencia: se deja sentir la tradición de la que proviene al tiempo que se coloca en un presente propositivo.

Junto con el vino de la casa, es uno de los pocos logros de Paxia que en verdad están a la altura de su imagen.

P.D. La primera vez que fui a Paxia, sucursal San Angel, el servicio fue malo y descortés; esta segunda vez, en sucursal Santa Fe, fue excelente. Les agradezco a Daniel Ovadía y a su cortés gerente Jesús Maya la atención en esta segunda visita.

+Este texto aparece en la edición diciembre/enero de la revista Deep en una versión ligeramente modificada por cuestiones de espacio. La ilustración es de Alberto Caudillo.

octubre 19, 2011

Prietos y asalariados

por Mauricio González Lara

En México, si eres moreno y “clasemediero”, nunca pasarás de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Es una disyuntiva a la que se enfrenta todo egresado universitario: construir una carrera en empresas ya establecidas o crear la compañía de sus sueños. El 80 por ciento del universo profesionista opta por unirse a una empresa, pues la satisfacción de contar con un negocio propio no es suficiente para contrarrestar la incertidumbre inherente a ser un agente libre o emprendedor.

En términos sociales, incluso, es mejor visto trabajar para una compañía conocida que contar con una empresa propia o presentarse como independiente (como si la marca para la que laboramos acreditara lo mucho o poco que valemos).  El mexicano promedio se muere por recibir un sueldo fijo, y si es de una trasnacional renombrada, mejor.

Bajo ese contexto, extraña que uno de los insultos favoritos de la clase media alta del país –los que precisamente se mueren por ser ejecutivos de un corporativo-  sea tildar de “asalariado” a todo aquel que no les permita saltarse las normas de convivencia del orden social, tal y como lo demuestra el reciente incidente de las “ladies de Polanco”, el escandaloso video exhibido en Youtube hace unos meses donde vemos cómo un par de mujeres en probable estado de ebriedad humillan verbalmente a un policía incapaz de proyectar un mínimo de autoridad.

“Chinga tu madre pinche asalariado de mierda, por putos como ustedes al país se lo está cargando la verga, pendejo”, les gritaban las coléricas ladies a los pusilánimes gendarmes.

La intensidad no sorprende: en México, el “asalariado” no es el profesionista que busca fabricarse un futuro, sino el “indio” al que le tocó joderse para mantener en la opulencia al dueño de la hacienda; significa no pertenecer a la burguesía; ser un pobre diablo que nunca va a superar su status de gato; ser un sirviente al que nunca se le deben olvidar sus límites, so pena de que se le recuerden mediante la reprimenda y la humillación pública. Los mexicanos que aspiran a ser burgueses, como las famosas “ladies de Polanco”, se sueñan como juniors no asalariados ajenos a las leyes mundanas. Risible consuelo: el insulto al jodido no es personal, sino una simple  afirmación de su desatado afán aspiracional.

Inmovilidad y racismo

En nuestro país, ser rico no equivale a ser un empresario que ha prosperado gracias a su visión y esfuerzo, sino a formar parte de un círculo privilegiado que poco o nada tiene que ver con la innovación empresarial. El trabajo no importa. Cuando se habla de la riqueza de Bill Gates, así sea por asociación semiconsciente, también se habla de la supremacía tecnológica de Estados Unidos y del alto nivel de innovación que ha sabido desarrollar en el transcurso del tiempo; cuando se habla de la riqueza de Slim o Azcárraga, en cambio, el debate siempre se centra en monopolios y competencia desleal.

Cuando se analiza la prensa nacional de negocios, lo primero que salta a la vista es que casi siempre se reportan los movimientos de personajes provenientes de una esfera de no más de 20 familias. Si revisamos revistas como Fortune o Fast Company, encontramos  apellidos como Buffett o Rockefeller, pero  también nombres de jóvenes que han logrado triunfar gracias a que tuvieron una idea genial y la supieron materializar con eficacia. En México, las historias empresariales de éxito no son las de los soñadores que empezaron desde abajo,  sino las de los juniors que  lo  heredaron todo de sus padres. Las posibilidades de salir del contexto en el que se nace son francamente remotas.

A la falta de movilidad se suma otro factor: el racismo. En su libro Por eso estamos como estamos (RHM, 2011), el analista Carlos Elizondo Mayer-Serra explica cómo la discriminación es un factor sustancial al retraso del país:

“Por más que el artículo primero de la Constitución prohíbe toda discriminación, en México ser más blanco sigue siendo mejor visto socialmente y da acceso a ciertos beneficios. La Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México da cuenta de cuán serio es este fenómeno: 20% de los mexicanos no estarían dispuestos a permitir que viviera en su casa un indígena, aunque 42% tampoco aceptaría en casa a un extranjero. La élite económica es fundamentalmente blanca. Ejemplo claro es el suplemento Club Social del diario Reforma: en un número típico no se encuentra una sola foto, ni entre los fotografiados durante celebraciones sociales ni en la propia publicidad, de una persona que no aparente origen europeo o, al menos, que tenga la piel clara. Las élites políticas y culturales son racialmente más plurales. Sin embargo, como me dijo una vez un amigo inglés, casado con una mexicana, y que vivió un tiempo en México: “No conozco ningún mexicano de la élite, en su sentido amplio, casado con una mujer con un color de piel más oscuro que el suyo”.”

El extremo de este racismo, anota Elizondo Mayer-Serra, se nota en los anuncios de prostitución del diario Metro, donde las sexoservidoras de origen sudamericano o del norte del país subrayan su físico blanco. Algunas declaran contundentemente: “No contrates sirvientas”, es decir, mujeres morenas y de baja estatura. O, en los términos usados por las “ladies de Polanco”, “asalariadas de mierda”.

Espejo deformado

En una circunstancia donde pesa más el apellido y recursos familiares que el alcance y preparación del individuo, integrarse a una empresa establecida o lanzar un negocio propio no tiene la menor importancia, ya que si eres moreno y “clasemediero” es muy probable que nunca pases de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Las “ladies” están a años luz de ser unas “niñas bien”; de hecho, como se reveló después de que se “viralizó” su video en Youtube, pertenecen a un perfil ajeno a los verdaderos privilegiados (el simple apodo de una de ellas, “La negra”, la destierra inexorablemente de la verdadera alcurnia de Polanco). Ellas lo saben, pero al igual que la mayor parte de la clase media mexicana, prefieren contemplarse en un espejo donde el “naco” siempre es la persona de a lado, y nunca la que tienen enfrente. (F)

+Este texto se publicará en otro formato en la edición de noviembre de la revista Deep.


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julio 26, 2011

Ecología y salud, ¿los nuevos fascismos?

por Mauricio González Lara

La ecología y el cuidado a la salud son deseables siempre y cuando sean prácticas racionales y respetuosas de la libertad individual.

Sin Dios ni futuro, el hombre camina con los ojos vendados por la posmodernidad.  Es desolador. El vacío, sin embargo, no dura indefinidamente. Insospechados sagrados absolutos emergen como derroteros morales a seguir, tan incuestionables y omnipresentes como cualquier fundamentalismo religioso.

Los fanatismos brotan y se extienden gangrenosos por Occidente. Sin conciencia ni individualidad, los cruzados nos piden postración frente a la santísima trinidad del naciente milenio: salud, medio ambiente y tecnología. Maldito aquel que ose poner en duda la altura moral de esta novedosa corrección política.

¿A quién le importa si los nuevos dioses caminan con pies de barro? La  creciente tendencia, como todos los paradigmas purificadores que le han precedido, no presume de honestidad intelectual o congruencia. La clave, lo fundamental no es la verdad, sino sentirse exaltado en la santurronería de “hacer el bien”. Van dos argumentos al respecto:

1.- La hipocresía antitabaco. De acuerdo con el Consejo Mexicano contra el Tabaquismo, nuestras instituciones públicas de salud destinan 45,000 millones de pesos anuales para atender enfermedades atribuibles al consumo de cigarrillos. El gobierno mexicano, según datos de 2010, recauda sólo 25,000 millones de pesos en impuestos especiales al tabaco; es decir, aún existe un diferencial amplio que las compañías tabacaleras no cubren respecto al daño que provocan. Nadie duda, entonces, que promover una baja en el consumo del tabaco sea un objetivo encomiable; nadie cuestiona, tampoco, los enormes costos que todos pagamos por las enfermedades derivadas del cigarro. Queda claro que fumar es nocivo para la salud, queda claro que es labor del Estado comunicarlo así. No obstante, ¿hasta qué punto debe llegar el Estado en este rubro? Las restricciones en el consumo de tabaco cada vez rayan más la barrera de lo prohibitivo. La “policía antitabaco” no se contenta con el progresivo e indefectible aumento en los precios de las cajetillas, ni tampoco con la vigilancia continua para que nadie fume en lugares públicos; tales esfuerzos son insuficientes cuando la meta es antagonizar a todo aquel que fume al punto de que no pueda vivir sin temor a ser reprendido  por los demás. No importa si quiere dejar o no la nicotina.

Como bien señala Fernando Savater en Contra la imposición de la salud, artículo publicado en El País durante el año pasado, para la “policía antitabaco” la posibilidad de optar por el placer a sabiendas del daño corporal infligido, simple y llanamente no cuenta:

“El  tabaco tiene también algunos efectos beneficiosos. Quizá quien fuma siente que su vida no se consume de manera tan angustiosa: creo que hay un cuplé sobre esta cuestión. En cualquier caso, nadie fumaría si de ese gesto no se obtuviera nada positivo, sea placer, analgésico, inspiración creadora o pasatiempo social. Es injusto y sesgado no mencionar jamás esto. Es tan manipulador como sostener que los automóviles son unas máquinas que sirven para matarse los fines de semana, sin mencionar que también pueden llevarle a uno de vacaciones o de paseo.”

Savater, quien fuma puros, no cigarros, se declara por una ética de la libertad: “En el caso del tabaco, como en el del alcohol o cualquier otra de las llamadas drogas, no hay que confundir el uso con el abuso. Probablemente quien sea incapaz de usar esas sustancias sin incurrir en desmesuras será prudente renunciando a ellas pero su ejemplo no tiene por qué ser decisivo para las personas más capaces de templanza. Ni todos los que paladean una copa de vino acaban con cirrosis ni todos los que disfrutamos con un buen cigarro puro terminamos con cáncer de pulmón. Y, en cualquier caso, se trata de un riesgo personal, como tantos que corremos en la vida.”

Si un hombre decide autodestruirse sin provocarle daño a terceros, ¿por qué castrarlo? ¿Por qué no reconocer su derecho a acceder a los paraísos artificiales?

El antitabaquismo se ha tornado en una persecución grotesca y risible. Ejemplo: la decisión de obligar a las tabacaleras a imprimir en la parte superior de sus empaques imágenes “shocking” de niños frente al cadáver de su padre, ancianos en respiradores, fetos, ratas muertas y demás linduras, no sólo es ineficaz y excesiva, sino que también es sumamente injusta. ¿Por qué no imprimir estampas de niños obesos al borde del colapso diabético en los “Gansitos” o las frituras “Sabritas”? ¿Por qué no colocar fotografías de choques automovilísticos, con muertos desangrándose en las calles, en las vinaterías? Absurdo.

2.-El lado oscuro de la tecnología verde. Conforme los reclamos ecológicos suben de tono en la aldea global, las empresas adoptan, casi ya como directriz corporativa obligatoria, diversos programas que les permitan desarrollar políticas de sustentabilidad que no le generen daño al planeta. Nada malo en esto, desde luego. Sin embargo, motivadas por fines meramente mercadotécnicos –por la mera necesidad de anunciarle al mundo que son “verdes”-,  muchas compañías caen cada vez con más frecuencia en contradicciones imposibles de sortear, sobre todo en el ámbito tecnológico, donde la arrogancia de la vanguardia se mezcla con la ingenuidad.

Ejemplo: China produce actualmente el 97% de las “tierras raras” del mundo, nombre bajo el que se agrupa a los minerales utilizados para el óptimo funcionamiento de las tecnologías verdes y el grueso de los circuitos para computadoras y demás gadgets electrónicos. Sin las “tierras raras”, las turbinas eólicas y los automóviles híbridos, por mencionar las dos tecnologías verdes más publicitadas, no existirían.

No obstante, para extraer “las tierras raras”, China ha violado sistemáticamente diversas normas ambientales que en otro país le habrían ganado la clausura de operaciones, por no mencionar los costos en vidas humanas que siempre han caracterizado a la negligente industria minera del país asiático. Recientemente, China anunció la introducción de nuevos impuestos y medidas de supervisión para controlar la explotación de “la tierras raras” y mermar el daño ecológico a su subsuelo; la comunidad empresarial ha explotado en hipócrita desaprobación. La contradicción de las tecnologías verdes y “las tierras raras” es similar a la que rodea al auto eléctrico. La mayor parte de la obtención de energía eléctrica en el orbe se realiza a través de combustibles fósiles que contaminan el ambiente, tales como carbón, petróleo y gas.

Si en este momento todos los automotores de gasolina se cambiaran por coches eléctricos, el incremento de la demanda de energía proveniente de generadores contaminantes nulificaría prácticamente todos los beneficios ecológicos de la nueva tecnología. ¿Pero quién se atreve a explicarle eso a los cruzados “verdes”? Prácticamente nadie. El planeta bien vale una herejía.

P.D. Este artículo se publicará en una versión diferente en el número de agosto de la revista Deep.