Scorsese, el ilusionista

por Mauricio González Lara

En el documental A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (1995), el ya casi septuagenario realizador estadounidense narra cómo los directores que trabajan en Hollywood generalmente operan bajo una de tres modalidades distintas: ilusionista, contrabandista e iconoclasta.

Los “ilusionistas” son los que conciben al cine como un oficio similar al de los magos, capaces de robar el aliento del espectador con trucos y efectos nunca antes vistos. Los “contrabandistas”, más artesanos que magos, son dedicados trabajadores que infiltran sus obsesiones autorales en estructuras convencionales diseñadas para obtener el financiamiento y “luz verde” de los estudios; son aquellos capaces de camuflar su estilo y temas personales en películas engañosamente genéricas y populares. Los “iconoclastas”, los más ambiciosos, son los que rompen con todo y redefinen las reglas del juego.

Vale la pena retomar la clasificación para entender a plenitud la intención de La invención de Hugo Cabret, un sentido homenaje de Scorsese a los “ilusionistas” que fundaron el “séptimo arte”, a los demiurgos que comprendieron su poder y potencialidad. Como lo ha hecho durante una buena parte de su carrera, Martin se torna una vez más en “contrabandista” para alcanzar su objetivo. La carga oficial de la cinta, el camuflaje, es la vida de Hugo Cabret, un niño huérfano que habita de manera secreta en la estación de trenes de París durante los años 30; el contrabando, lo que realmente le interesa contar a Scorsese, es una fantasía basada en el mítico George Méliès, el mago/director de la icónica Viaje a la Luna (1902).

La carga oficial -casi toda la primera hora- es trámite y tedio; el contrabando, sin embargo, es opio puro, espectacular. Apropiadamente, el contrabando también es una ilusión: del intrusivo rostro caricaturesco de Sacha Baron Cohen al detalle de la profundidad de campo de la estación de trenes, nunca habíamos visto un truco de magia en tercera dimensión tan logrado como éste. El entusiasmo de Martin ante las posibilidades expresivas del formato es de alcances epifánicos. Caer en el lugar común y afirmar que la cinta más reciente de Scorsese es el Ciudadano Kane de la 3D no es ninguna exageración, es simplemente hacerle justicia. Ya sabíamos de la maestría de Scorsese como contrabandista e iconoclasta (por lo menos Taxi driver, Buenos muchachos y La última tentación de Cristo son lo suficientemente disruptivas para acreditarlo como tal), pero ignorábamos que a estas alturas pudiera transformarse en entrañable ilusionista.

Con La invención de Hugo Cabret, a los 69 años, Martin reclama su lugar como uno de los grandes magos del cine. Llenos de asombro, sólo podemos aplaudirle.

+Una versión reducida de este texto aparecerá en el número de febrero de la revista Deep.

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