Hipocresía de piel sensible

por Mauricio González Lara

Todo nos molesta, todo nos ofende. Los mexicanos nos hemos vuelto hipócritas de piel sensible.


Es un fenómeno que contradice los supuestos elementos sustanciales del alma mexicana: pese a que en teoría somos un pueblo que se ríe de todo y de todos, al punto en que la misma muerte nos provoca sonoras carcajadas, lo cierto es que la nación azteca es cada vez más quejica. México es un bebé al que ya ni siquiera hay que pellizcar para que estalle en lágrimas; basta con mirarlo feo o llevarle la contraria para hacerlo chillar. Vivimos, como bien reflexiona el sicólogo Jorge Hill en un texto escrito para el sitio Animal Político, en el “México nena”. Peor aún, nos quejamos de conductas que nosotros somos los primeros en ejercer. Van tres botones de muestra para entender nuestro esquizofrénico victimismo:

Botón uno: mexicanos flatulentos

El pasado 30 de enero, los conductores de Top Gear, el afamado e irreverente programa de la BBC dedicado a evaluar diseños, eficiencia y desempeño de automóviles de lujo, presentaron el modelo deportivo mexicano “Mastretta 2011 MXT”. Insertos en el formato de charla casual que asume con frecuencia el programa, Jeremy Clarkson, Richard Hammond y James May se dieron vuelo en destrozar el coche, al que se refirieron bajo el nombre de “Tortilla”.

“¿Por qué querrías un auto mexicano? Los autos reflejan las características nacionales, ¿no? Entonces, los autos alemanes están muy bien construidos y son implacablemente eficientes, los autos italianos son extravagantes y rápidos. Un carro mexicano, por  tanto, sólo sería flojo, irresponsable y flatulento”, expresó Hammond.

A manera de cereza en el pastel, Clarkson declaró que estaba seguro de que no habría respuesta por parte del embajador mexicano en Inglaterra, pues si estaba viendo Top Gear, probablemente estaba medio dormido aplastado en un sillón. Con una intensidad que ojalá hubiera desplegado por su paso por la Procuraduría General de la República, donde sí parecía estar en estado catatónico, nuestro embajador en Inglaterra, Eduardo Medina Mora, tronó contra la BBC, y acotó en una misiva que “estas observaciones ofensivas, xenofóbicas y humillantes sólo servían para reforzar los estereotipos negativos y perpetuar el prejuicio contra México y su gente”.

El resto es historia: los medios difundieron la noticia y la reacción, interesantemente, se partió en dos. El primer grupo, el más reducido, se enojó ante la respuesta de Medina Mora, ya que según ellos Top Gear era una serie caracterizada por un humor negro que mexicanos como el ex procurador eran incapaces de entender, por lo que en lugar de quejarnos, deberíamos aplaudir la mofa y ser parte del juego. En su delirio aspiracional, los fans aztecas de Top Gear pasaron por alto que Top Gear dista de ser un programa que se asuma paródico; la idea, más bien, es presentar a un trío de machines en una fantasía fálica disfrutable para los amantes de los coches. No hay nada de malo en ello, pero argumentar que estos ingleses “son parejos y se burlan de todos” es hacerse una chaqueta mental a todas luces falsa. Si los conductores hubieran sustituido la palabra “mexicanos” por “musulmanes”, “indios” o “negros”, el escándalo en el Reino Unido hubiera sido de proporciones épicas. Hay un sector en México le molesta asumirse mexicano, por lo que casi siempre prefiere asumir la negación antes que una postura de rechazo frente a un embate exterior.

El otro grupo, el mayoritario, se envolvió en la bandera y comenzó a lanzar epítetos racistas y denigrantes para protestar contra los prejuicios de los conductores de Top Gear. La hipocresía es evidente: los mismos mexicanos que se sirven con la cuchara grande al hacer chistes ultra ofensivos contra gallegos (las bromas sobre su falsa estupidez son ya toda una tradición), argentinos (¡esos meseros de la Condesa!) y negros (pobre Kalimba), asumen como ofensa mortal que los llamen flojos e, irritados, casi le piden al presidente que le declare la guerra a Inglaterra. (Guerra que no dudo declararía ganada Felipe Calderón, aún cuando la bandera británica estuviera izada en el Zócalo capitalino a plena asta.) El Top Gear gate no era intrascendente, pero tampoco tan grave como para ocupar espacios de suma importancia; el tema, sin embargo, acaparó la atención en redes sociales y figuró entre las primeras notas de los medios durante varios días.

Botón dos: “narcoinsurgencia”

A principios de febrero, en el marco de una conferencia frente a universitarios, Joseph W. Westphal, subsecretario del Ejército de Estados Unidos, calificó a los cárteles del narcotráfico de México como una forma de “narcoinsurgencia” que podría tomar el control del gobierno, a la vez que advertía la amplia preocupación existente en el sistema castrense de su país de que tal situación derivara en una intervención castrense en suelo azteca:

“Nunca quiero estar en una situación en la que tengamos que enviar a la frontera a soldados, no sólo de la guardia nacional sin balas para obtener información, sino enviar a soldados en activo o reservistas para pelear contra la insurgencia en la frontera o tener que enviarlos a través de la frontera.”

El gobierno rechazó categóricamente que México esté en una situación de tal magnitud. Sí, en efecto, el mismo gobierno que le declaró “la guerra al narco” hace cuatro años, y cuyo saldo rebasa ya las 30,000 ejecuciones y se expresa territorialmente en  la virtual pérdida de la frontera, se hace el ofendido ante la aceptación foránea de la realidad nacional, y asegura que no, que no hay “narcoinsurgencia”, que todo es un asunto de policías contra ladrones, que quién sabe qué clase de agenda intervencionista debe tener Estados Unidos para decir eso, que no es para tanto, que no la jodan. ¡Bendita esquizofrenia! (Una duplicidad similar, por cierto, opera en el caso de Florence Cassez: el mismo gobierno que no acepta que el videomontaje de su arresto sería motivo de “nulidad de juicio” en cualquier país civilizado, no duda en solicitar, en tono enérgico, que todo mexicano goce del respeto pleno de sus garantías individuales en caso de ser arrestados en el exterior, culpables o no.)

Botón tres: Santa Carmen y los “calderonistas”

En 1995, en el punto más complicado de la crisis económica originada por el tristemente famoso error de diciembre, numerosos columnistas tildaban a Ernesto Zedillo de idiota y le exigían un día sí y otro también que renunciara a la presidencia y convocara a nuevas elecciones. Zedillo, hay que aceptarlo, nunca perdió la paciencia. Durante el sexenio pasado, a Vicente Fox varios periodistas lo acusaron de estar bajo los efectos del “toloache” y tomar Prozac; los señalamientos le molestaron -¿a quién no?-, pero el asunto nunca pasó a mayores. Hoy, empero, basta con sugerir que el mandatario se toma algunos tragos para que arda Roma. El despido y recontratación de Carmen Aristegui de MVS -por supuestamente haber difundido como noticia el rumor de que Felipe Calderón es un alcohólico- ha provocado múltiples encontronazos entre los grupos que conforman lo que se denomina como “opinión pública”. El maniqueísmo es casi imposible de sortear: si no se está a favor de “Santa Carmen Aristegui”, cada vez más militante y menos periodista, se corre el riesgo de ser considerado por el bando izquierdoso como un agente de “El Yunque”; si, por el contrario, se exhiben excesos arbitrarios en la conducta de MVS,  es probable que los “calderonistas” tachen el gesto como una conducta calumniosa y reprobable. No se articulan argumentos, sólo se inflaman prejuicios. El absurdo: ambos lados critican la intolerancia, ambos son delirantemente intolerantes. Ni siquiera el extraño regreso de Carmen ha cesado los insultos. Hasta lo que no comen les hace daño. ¿Cuándo van a dejar de chillar y molestar al otro? La hipocresía en pleno.

*Una versión diferente de este texto se publicará en el número de marzo de Deep, disponible a partir de este fin de semana.

**La imagen del inicio es un cartón de Daryl Cagle, de MSNBC. Cagle es un caricaturista gringo que nos ofendió por, supongo, decir la verdad.

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