Adiós Chabrol (o de cómo Hitchcock lo vistió de cura)

por Mauricio González Lara

Antes que cineasta, Chabrol fue cinéfilo.


Ya en algún momento escribiré una revisión de mis películas favoritas del enorme Claude Chabrol, quien hasta el último momento se mantuvo en activo con cintas cuya elegante destilación de la narrativa cinematográfica, así como de una ácida lucidez frente al orden social, lo reafirmaron una y otra vez como  lo que era y siempre será: uno de los grandes maestros de todos los tiempos.

Mientras tanto, en aras de celebrarlo como el personaje y  amante del cine que antecedieron al genio, comparto esta anécdota contada por Francois Truffaut  en la introducción de su memorable El cine según Hitchcock (1974, 1ª edición). Antes que cineasta, queda claro, Chabrol fue cinéfilo.

Todo comenzó con una caída al agua.

Durante el invierno de 1955, Alfred Hitchcock vino a trabajar a Joinville, en el Studio Saint-Maurice, para la postsincronización de To Catch a Thief, cuyos exteriores había rodado en la Costa Azul. Mi amigo Claude Chabrol y yo decidimos entrevistarle para Cahiers du cinéma. Nos habían prestado un magnetófono a fin de grabar esa entrevista, que deseábamos extensa, precisa y fiel.

Estaba bastante oscuro en el auditorio donde trabajaba Hitchcock, mientras sobre la pantalla desfilaban sin cesar, en bucle, las imágenes de una corta escena del film mostrando a Cary Grant y Brigitte Auber, que piloteaban una canoa automóvil. En la oscuridad, Chabrol y yo nos presentamos a Hitchcock, quien nos rogó que le esperásemos en el bar del estudio, al otro extremo del patio. Salimos, cegados por la luz del día y comentando con entusiasmo de verdaderos fanáticos del cine las imágenes hitchcockianas cuyas primicias acabábamos de contemplar, y nos dirigimos, todo recto, hacia el bar, que se encontraba a unos 15 metros de nosotros. Sin darnos cuenta, cruzamos a la vez el delgado reborde de un gran estanque helado cuya superficie ofrecía el mismo color grisáceo que el asfalto del patio. El hielo crujió y pronto nos encontramos metidos hasta el pecho en el agua, como dos tontos. Pregunté a Chabrol: “¿Y el magnetófono? “ El levantó lentamente su brazo izquierdo y el aparato emergió del agua, chorreando lastimosamente.

Como en un film de Hitchcock, la situación carecía de salida: el suelo del estanque estaba suavemente inclinado y era imposible alcanzar el borde sin deslizarnos de nuevo. Necesitamos la mano auxiliadora de alguien que pasara por allí para ayudarnos a salir. Finalmente lo logramos, y una encargada del vestuario que, según creíamos, se compadecía de nosotros, nos condujo hacia un camerino para que pudiésemos desvestirnos y secar nuestras ropas. Pero por el camino nos preguntó: “¡Pobres muchachos!, ¿ustedes son los extras de Rififi (*)?”

-No señora, somos periodistas

-¡Ah, en ese caso no puedo ocuparme de ustedes!

Y así fue, tiritando de frío en nuestros trajes aún empapados, cómo nos presentamos de nuevo ante Hitchcock algunos minutos más tarde. Nos miró sin hacer comentarios sobre nuestro estado y tuvo la bondad de proponernos una nueva cita en el Hotel Plaza Athénée para aquella misma noche. Al año siguiente, cuando volvió a París, nos reconoció inmediatamente a Chabrol y a mí en medio de un grupo de periodistas parisinos y nos dijo: “Señores, pienso en ustedes dos siempre que veo entrechocar los cubitos de hielo en un vaso de whisky.”

Años después supe que Hitchcock había embellecido el  incidente con un final a su estilo. Según la versión hitchcockiana, tal y como la contaba  a sus amistades de Hollywood, cuando nos presentamos ante él, tras nuestra caída al estanque, Chabrol iba vestido de cura y yo de agente de policía.

(*) Rififi, o Rififi chez les hommes, película de Jules Dassin de 1955. Obra maestra, por cierto

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