Lost y el “síndrome de la vieja engañosamente bonita”

por Mauricio González Lara

¿Te sientes avergonzado por haber visto Lost durante más de un lustro? No estás solo.


Todos, en mayor o menor grado, hemos sufrido en algún momento de nuestras vidas el “síndrome de la vieja engañosamente bonita”, esa enfermedad alucinatoria consistente en enamorarse de una mujer que, tras un “lejos” espectacular, esconde un horrible “cerca”. Desglosemos el padecimiento: cuando la conoces, la femme aparentemente hermosa luce tan cautivadora que incluso dudas en invitarla a salir, pero tarde o temprano lo haces, siempre lo haces. Ella, consciente de tu falta de confianza, acepta, aunque bajo el entendido de que su aquiescencia obedece más la compasión que al deseo, lo que tú, fiel practicante del “mercy fuck”, asumes con emoción.

Una vez que pasan tres citas y has gastado una pequeña fortuna en sus caprichos, la princesa por fin accede a coger contigo, pero en un hotel carísimo y previa cena de cuatro mil pesos. Una vez en el hotel, empiezas a desvestirla, nerviosísimo, y descubres con paulatino horror que esas tetas que tanto te obsesionaban eran una ficción creada por la ingeniería del “wonderbra”; que su cuerpo, además, presenta cicatrices y verrugas por todos lados, que huele medio feíto y que ni siquiera tuvo la delicadeza de rasurarse los sobacos. ¡En la madre!, piensas. Pero bueno, ya estás ahí y sigues pese a que sus humores y las fallas en su higiene personal son aún más notables conforme avanzas hacia el sur. Mareado y decepcionado, quieres largarte del lugar, pero piensas en el tiempo y dinero invertido y, casi a regañadientes, coges sin inspiración. Una vez que experimentas tu orgasmito, la volteas a ver y te das cuenta que tu  modelo era una obra maestra de la fusión entre tu calentura, el maquillaje y el pantallazo.

De haber sabido, lamentas, no gasto nada.

Proporciones guardadas, el compromiso de largo plazo de ver los 121 capítulos de Lost me recordó la frustración de mis peores delirios bajo el influjo del “síndrome de la vieja engañosamente bonita”. Hace cinco años, la serie creada por Damon Lindelof, J.J. Abrams y Jeffrey Lieber se apoderó de mi atención, tal y como sólo lo logran las “viejas engañosamente bonitas” que se lanzan a destazarte cuando detectan con olfato depredador que no pasas por tu mejor momento.

Como le sucedió a millones de nerds alrededor del mundo, mi mente enajenada digirió con alegría conspiraciones, experimentos setenteros, supermagnetos geológicos, reducciones insólitas de los habitantes del planeta a la teoría de “seis grados de separación” y todas las posibles combinaciones de los números 4, 8, 15, 16, 23 y 42, sin obviar, desde luego, la sonrisa de Evangeline Lilly (actriz “engañosamente bonita” de la que estoy seguro no volveremos a escuchar nunca).

Durante las primeras dos temporadas, todo el asunto de la isla y los misterios que rodeaban a los sobrevivientes del vuelo Oceanic 815, así como la rítmica y pulsante ejecución con la que se exponían sus rebuscadísimos vasos comunicantes, me pareció brillante. Los defectos, acepto, siempre estuvieron ahí. Desde el programa piloto, Lost siguió la dinámica de un culebrón, quizá uno de pretensiones gigantescas, pero culebrón al fin. Más allá de los flashbacks orientados a inyectarlos de una falsa profundidad, los personajes de Lost (entre 20 y 25 partes habladas recurrentes a lo largo de capítulos) eran caricaturas aburridas y dotadas de un sentimentalismo irritante (¡esos coreanos!).

La excepción era John Locke, el personaje/motor de la mitología filosófica de la serie interpretado por Terry O’Quinn, cuya “muerte” le abrió paso a la desastrosa conclusión “new age” de la sexta temporada. Gracias al talento de O´Quinn, incluso los más acérrimos detractores de la serie no podrán negar que el episodio en que sabemos que Locke era paralítico antes de pisar la isla es uno de los placeres culposos más emotivos en la historia de la televisión, sólo comparable a perlas como el capítulo de Cuna de Lobos en el que se revelaba que Catalina Creel no estaba tuerta, ¡sino que sólo fingía para hacerle un mindfuck cabronsísimo a Gonzalo Vega!

La genialidad del asunto no estaba en el desarrollo de personajes, sino en su estructura de caja china, donde la revelación de un misterio daba por resultado el planteamiento de otro, donde habitaba un misterio aún más grande que visto de cerca formaba parte del misterio original. Una caja que al abrirse revelaba una caja que a su vez escondía una caja que estaba dentro de otra caja y así…  hasta el infinito. Una pesadilla soñada por M.C. Escher, pues. Cuando la caja china se imponía a la telenovela, Lost era interesante y divertida; lamentablemente, ya pasada la tercera temporada, la caja china se vio forzada a revelar sus misterios, lo que redundó en que el sentido de amenaza metafísica fuera sustituido gradualmente por una estupidísima trama que redujo todo a una lucha cósmica entre el bien y el mal que parecía reivindicar a aquellos escépticos que aseguraban que los creadores no tenían idea de hacia dónde llevar la serie.

Rencores aparte, cabe reconocer que, así fuera de manera involuntaria, las últimas temporadas de Lost descubrieron un aspecto interesante del zeitgeist de la aldea global: en un contexto dominado por una telúrica crisis de las jerarquías eclesiásticas, el Occidente, quizá hoy con más urgencia que en décadas pasadas, se empeña en recrear en sus narrativas pop la idea metafísica de que existe un paraíso donde podemos dejar atrás los pecados de nuestro pasado y ser felices.

El final, visto simultáneamente por decenas de millones de personas alrededor del orbe, es una mentada de madre precisamente por eso: en lugar de explicar con cierta lógica los acertijos planteados durante más de 90 horas, se receta una cursilería monumental donde todos los protagonistas literalmente se van al cielo con sus seres queridos. Tal estado de negación, para desilusión de ateos al estilo de Richard Dawkins, permite suponer que el culto a Dios perdurará con fuerza durante varias generaciones.

Es verdad: estamos perdidos.

*Este artículo aparecerá en una versión extendida en la edición de julio de la revista Deep. ¡A comprarla!

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10 Responses to “Lost y el “síndrome de la vieja engañosamente bonita””

  1. Un final así en series actuales tan lleno de misticismo será casi imposible volver a verlo, ha sido una genialidad. Para desvelar los misterios de la isla hubieran necesitado sacrificar la serie y sentar a dos protagonistas a hablar de los misterios, lo cual sería una pedantería tan grande como cuando Michael explica lo que son los susurros, yo esa escena la hubiera eliminado porque cuando lo explicaron me daba la sensación de estar forzado. Además, muchas cosas no hace falta que las expliquen, porque se sobreentienden. El mejor final de una serie que he visto jamás, sobre todo la última escena. Al que no le guste el final es que no ha entendido nada.

  2. Pues no entendí nada, entonces.

    • De verdad, dale una vuelta al final, te aseguro que si echas la vista atrás verás que ha sido una genialidad. Por supuesto cuando cierto personaje dice que están muertos he de reconocer que se me cayó el alma al suelo y casi me eché a llorar de lo patético que resultaba, pero después até cabos y todo fue cobrando sentido, magistral el sentido que cobra la primera escena de la temporada 6 cuando Rose le dice a Jack tras las turbulencias que ya puede dejarlo, que puede soltarse, justo en ese momento acababa de morir él.

  3. No, como creo que se entiende en el artículo, no me quedaron ganas de revisitar el asunto.

  4. Quién les manda a ver series gringas esperando ver algo profundo.

  5. Bueno, The wire y los Soprano son más profundas que el 90% de la producción cinematográfica mundial, y son más gringas que una Burger king.
    Saludos

  6. “Bueno, The wire y los Soprano son más profundas que el 90% de la producción cinematográfica mundial, y son más gringas que una Burger king.”

    No las he visto. Puede que tengas razón. Por ahí a ver si también te acuerdas de aprobar mi primer comentario para que la gente entienda de qué hablamos. Me gusta tu blog. Síguele.

  7. Ya lo había aprobado. Gracias. Salu2!

  8. Nunca la topé. Por el ruido que generó su final me quedé con ganas de verla pero después de leer tu artículo creo que mejor ocuparé mi tiempo en hojear revistas del corazón. Gracias.

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