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diciembre 11, 2009

Los amantes, de James Gray

por Mauricio González Lara

Hace 2 años, Francis Ford Coppola visitó fugazmente el DF para dar una conferencia sobre creatividad y talento emprendedor. Charlé un rato con él. Le pregunté, entre otras cosas, cuál era la última buena película que había visto. “We own the night, de James Gray, un gran director”, contestó en corto. Cero sorpresas: la fotografía de todas las películas de James Gray recuerdan a Gordon Willis, el fotógrafo de los Padrinos. Coppola, créanme, no es ajeno a los placeres de la masturbación, así sea interpósita persona

Los Amantes, la más reciente cinta de Gray, marca una aparente ruptura con su cine anterior, poblado de culpas de criminales y policías. No es un detour drástico: de hecho, Two lovers prolonga sus obsesiones de autor: el dilema entre las convenciones comunitarias y la felicidad individual, la frustración, la contención emocional, la grisura del deber ser contra la posibilidad del escape, la imposibilidad de la felicidad. Visualmente, la deuda con Coppola/Willis también se mantiene incólume. En este caso, creo, es un error: por momentos, sobre todo durante la primera hora, la textura es demasiado “monotonal” y cuadrada, incapaz de inventarse caminos fuera de una visión a huevo gris y lluviosa. (Con la excepción de Abel Ferrara, me cuesta trabajo pensar en un director contemporáneo tan enamorado de su ominosidad visual, así esté filmando un momento feliz en una playa.)

La cinta, sin embargo, florece. Momento maestro: un plano abierto en una azotea que se cierra conforme Phoenix confiesa su amor, pasado y presente. Sensacional. Joaquin Phoenix deslumbra con una creación orgánica y dolorosa. Paltrow, por su parte, se libera generosa y desglamourizada; convence, por primera vez, como actriz.

Los amantes evade la lectura simplona. Ninguno de los personajes es tan puro o palmario como parece. El autoengaño, omnipresente, define al relato: a diferencia de La edad de la inocencia u otras historias similares de asfixia social, las convenciones y el contexto nunca le tienden una trampa insalvable al personaje de Phoenix, quien, previsiblemente, sólo se libera de sus traumas para entregarse a una infantil chaqueta mental inhabilitada de facto para trascender el apresurado cojín de lavadero. Al final, sus ojos revelan una conciencia que siempre estuvo ahí, expectante, completamente lúcida de la falsedad de sus azotes suicidas y su fingida pendejez.

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