Lecciones electorales (o cómo me enamoré de Maite)

por Mauricio González Lara

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Ahora que las campañas para las elecciones intermedias están a punto de ser un triste recuerdo, vale la pena recuperar algunas lecciones dejadas por el comportamiento de los actores del teatro político nacional.

1. Estamos secuestrados por la partidocracia. Los partidos políticos –PAN, PRI, PRD, PVEM y demás entidades amorfas bautizadas ya hace un buen tiempo por Vicente Fox como “la chiquillada”- han confeccionado un sistema electoral restrictivo e impenetrable. En términos prácticos, si una expresión política no pasa por el andamiaje de intereses, confabulaciones y complicidades de los partidos, simple y llanamente no existe. No sólo porque inscribir una candidatura independiente en las boletas frente a la ley electoral actual es una misión casi imposible –se piden porcentajes de registro iguales a los de un partido-, sino porque cualquier inquietud o reclamo que se registre fuera de la esfera de la partidocracia es considerada por los políticos profesionales como una blasfemia que, de no conjurarse, bien podría marcar el inicio del fin de los tiempos.

Caso de estudio: la condena automática y virulenta de los partidos frente al llamado de varios círculos sociales a votar “en blanco”. Nunca un tema electoral había galvanizado tanto a la clase política como la posibilidad de que los votantes se presentaran en las urnas y anularan su voto a manera de protesta. “Infantil”, “un retroceso de la democracia”, “un complot de fuerzas perversas”, “manipulación de intereses oscuros”, entre muchas otras, fueron algunas de las sentencias que el triunvirato conformado por el PAN, PRI Y PRD emitieron en voz de sus respectivos líderes: Germán Martínez, Beatriz Paredes y Jesús Ortega.

¿Cabía la posibilidad, así fuera mínima, de que un ciudadano que votara “en blanco” lo hiciera porque no confía en los partidos ni se siente representado por ellos? Desde luego que no: así como los hinchas mexicanos están obligados a llenar el Estadio Azteca para ver a su patética selección, los ciudadanos están obligados a soportar y reverenciar a los partidos, no importa qué tantas veces los jodan o los traicionen. No me cuesta ningún trabajo imaginarme a algunos de los candidatos dándose vuelo con sus sesudas reflexiones en algunos de los “think tanks” de la intelligentsia política mexicana (entiéndase el Champs Elysées, El Cardenal o el Churchill’s): “¡Pues qué se creen estos pinches indios! ¿Qué estamos en Francia?”

2. El rechazo y el disgusto no son sinónimos de apatía. Frente a una elección, el elector tiene tres opciones: votar por un partido político, abstenerse o votar “en blanco” a manera de reclamo contra el sistema (dentro de esta opción incluyo la posibilidad de que escriba el nombre de un candidato independiente, cuya viabilidad de ser electo al no estar registrado en la boleta, sobra decir, es nula). En esta elección, como nunca antes en la historia reciente del país, varios líderes de opinión (Eduardo Ruiz Healy, Carlos Loret de Mola, Dulce María Sauri, Lydia Cacho) expresaron abiertamente su deseo de dejar el “voto en blanco”.

Algunos de esos líderes, quién podría dudarlo, actúan en función de agendas políticas y empresariales; sin embargo, la incapacidad de la clase intelectual para responder a su argumento esencial –“no puedo respaldar a alguien en quien no creo”- reveló la increíble falta de racionalidad en la que se sustenta nuestro actual sistema político. A lo más, el grueso de los editorialistas se limitó a esbozar una defensa basada en el supuesto de que había que votar por el menor de los males, por el “menos peor”. ¿Se le puede exigir a un ateo que crea en el cristianismo porque de lo contrario se corre el riesgo de abrirle a la puerta a una posible expansión del fundamentalismo musulmán? No faltó, también, el comentarista que invocó la máxima de Winston Churchill: “la democracia es un sistema imperfecto, pero es el mejor que existe”. ¿Desde cuándo la democracia es sinónimo de un sistema partidista caciquil que no representa a la gente ni le rinde cuentas? Absurdo.

3. Nadie vigila nada. Durante la primera quincena de junio, Televisa transmitió a lo largo de su barra de telenovelas numerosos comerciales de su tradicional revista TVyNovelas, donde uno se entera de los chismes y vicisitudes de los famosos que estelarizan los culebrones mexicanos. La empresa está en todo su derecho de publicitar los productos que quiera. No obstante, en los anuncios se mencionaba que la revista traía una entrevista con Raúl Araiza, actor y conductor de Hoy, donde explicaba las razones por las que apoyaba las propuestas del Partido Verde, como la pena de muerte y el vale para medicinas. En síntesis, el comercial era un vil spot publicitario del Partido Verde disfrazado como anuncio de TVyNovelas, lo que en teoría constituía una falta a la ley electoral vigente, que prohíbe la contratación directa de espacios publicitarios en televisión por parte de los partidos. Hasta hoy, ni Televisa ni el PVEM ni el IFE han dado una explicación seria y congruente al respecto. Y como ese caso, se dieron muchos en esta campaña (de manejos similares de TV Azteca con su revista Vértigo, a la descarada entrevista que le hicieron a Demetrio Sodi en pleno medio tiempo de un partido de futbol). Conclusión: nadie vigila nada, no porque no importe, sino porque a ninguno de los actores mediáticos les conviene cerrar la caja.

4. Nuestra agenda de prioridades está jodida. Para regocijo del PAN, el tema que predominó en las campañas electorales fue la seguridad, y en específico, la lucha contra el crimen organizado. No dudo que la lucha contra el narco sea un problema grave que amerita resoluciones enérgicas; empero, es muy probable que en este 2009 la economía decrezca entre un 6 y 8 por ciento, a la vez que se pierdan entre 700,000 y un millón de empleos. La situación es crítica y se ubica casi en los mismos niveles de la crisis de 1995. ¿No debió ser éste el gran tema de discusión en las campañas? Si el decrecimiento fuera de 3 o 4%, quizá el argumento de que esta es una crisis generada en el exterior hubiera sido válido, pero queda claro que el gobierno ha sido incapaz de ejecutar las tan anunciadas medidas anticíclicas de principio de año, lo que ha redundado en que la recesión se transforme en debacle.

En materia económica, la obesidad de Agustín Carstens, nuestro secretario de Hacienda, se ha convertido en el símbolo perfecto de la abulia y la desidia de la administración de Felipe Calderón. Pero bueno, menos mal que para la mayoría de la población lo realmente importante es atrapar al Chapo (e ir al Mundial, obviamente).

5. Maite Perroni está buenísima. Los únicos spots electorales que me gustaba ver eran los del Partido Verde. Me imaginaba un mundo perfecto donde Maite y yo hablábamos de mariposas monarca y reservas ecológicas, justo después de hacer el amor en la terraza del piso 51 de Torre Mayor a las cuatro de la mañana.(F)

*Este artículo aparece en la revista Deep de este mes de julio. ¡Sal y cómprala!

4 comentarios to “Lecciones electorales (o cómo me enamoré de Maite)”

  1. Excelente reflexión!

  2. “No me cuesta ningún trabajo imaginarme a algunos de los candidatos dándose vuelo con sus sesudas reflexiones en algunos de los “think tanks” de la intelligentsia política mexicana (entiéndase el Champs Elysées, El Cardenal o el Churchill’s): “¡Pues qué se creen estos pinches indios! ¿Qué estamos en Francia?””

    A mi tampoco. Definitivamente he oido a la generacion mas joven decir pendejadas similares. Muy chingon el articulo, y estoy de acuerdo en todo, saludos.

  3. ¡BRAVO! bien dicho!, es reconfortante leer una opinión tan acertada, me quita el sentido de responsabilidad de escribirla yo 😛

    (aplausos)

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