Post etiquetado ‘Autoengaño’

agosto 29, 2009

Traumas futboleros (o de las razones por las que me caga el fut)

por Mauricio González Lara

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En México, como lo demostró nuestra reciente victoria contra Estados Unidos, celebramos los pequeños triunfos porque sabemos que no vamos a festejar los grandes.

Me caga el futbol. No se asusten: no procederé a criticar sus características enajenantes, ni me masturbaré con la idea de que es mejor leer un libro o ir a ver a la sinfónica, como suelen hacer muchos dizque intelectuales de Twitter que no pueden escribir una oración de 140 caracteres de extensión sin faltas de ortografía. Pero sí odio al pedestre fut: no permite dramas, desplantes de grandilocuencia épica o mayor intensidad que la del Perro Bermúdez gritando gooool durante dos minutos seguidos sin respirar.

¿Lo dudan? Realicemos la prueba del ácido: piensen en una película más o menos entretenida que hayan visto sobre futbol. No existen. Ni siquiera con la ayuda de la cámara lenta y la edición se puede tornar a ese paquidérmico ir y venir en un espectáculo ya no digamos trascendente, sino medianamente entretenido. El box cuenta con obras maestras como Toro salvaje y Campeón sin corona; el básquetbol, tan simplón y cerrado, ha generado la inspiradora Hoosiers, con unos muy conmovedores Gene Hackman y Dennis Hopper; el futbol americano, tan bestial y guarro, produjo Any given sunday, la mejor “peor” película de la historia (¿cómo olvidar el cursilísimo pero ultra efectivo choro de Al Pacino sobre cómo la vida es un juego de pulgadas?); hasta el muy gringo y largo beisbol cuenta con la simpatiquísima The bad news bears (la original, con Walter Matthau). El soccer, en cambio, sólo ha inspirado churros como Escape a la victoria, Atlético San Pancho y la saga de Goal!, esa serie de bodrios con el galanazo Kuno Becker. Nada más. (La delirante Shaolin Soccer, de Stephen Chow, no cuenta precisamente porque nos hace desear que el fut desafíe las leyes de la física y se convierta en algo que nunca será: deslumbrante y rápido como el kung fu.) Mientras el boxeo cuenta con iconos sociales como Muhammad Alí, y el basquetbol con agentes de cambio al estilo de Michael Jordan o El Magic Johnson, las estrellas mitológicas del soccer son el llorón y cocainómano Diego Armando Maradona y El Rey Pelé, cuya máximas contribuciones a la humanidad fuera del fut han sido anunciar Viagra y tirarse a Xuxa.

Sé que estoy solo: por una razón que se le escapa a mi pobre entendimiento (o a mi amargado corazón, para el caso es lo mismo), el futbol se ha convertido en el vaso comunicante deportivo más importante del planeta. Sobre todo en Europa y Latinoamérica, donde portar la playera de un equipo equivale para las nuevas generaciones a experimentar la misma clase de afirmación que antes se asociaba con portar la remera de un grupo de rock. Es algo que va más allá del deporte: un complejo sistema aspiracional que le permite al aficionado buscar en la cancha ese triunfo tan ausente en su cotidianeidad.

En México, el juego de espejos resulta todavía más fascinante cuando el equipo en cuestión es la selección nacional.

Entre la “hueva” y los “huevos”

El pasado 12 de agosto, tras varios meses de caminar con la cabeza baja, la selección mexicana de futbol le ganó a su contraparte estadounidense por dos goles a uno en el Estadio Azteca. El partido, si bien vital para alimentar las aspiraciones de México para ir al campeonato mundial de Sudáfrica 2010, era en esencia un encuentro más para Estados Unidos, un equipo que, hasta hace apenas unos años, era “cliente” de los mexicanos. “En el fut nos la pelan”, solía ser el comentario recurrente al interior de la fanaticada mexicana, quien solía deleitarse con las derrotas de los gringos.

Las cosas han cambiado. Desde hace ya varios meses, Estados Unidos es un equipo que, con base en el esfuerzo y el entrenamiento sistemático, ha logrado conformar una escuadra que, si bien no impresiona como la brasileña o la española, sí consigue resultados. Los mexicanos, en cambio, se habían dormido en sus laureles: pese a que en teoría son más talentosos y de mejor prosapia que los gringos, su juego durante el 2008 y buena parte del 2009 era el de de un equipo mediano de futbol llanero. Es por eso que la selección mexicana se jugaba algo más que su calificación el 12 de agosto; para México, perder equivalía a ser humillado en su casa de una manera francamente mierda. ¡Pero ganamos! Jolgorio y festejo. De la noche a la mañana, los vehementes ataques contra la selección se transformaron en loas y felicitaciones. “Ya llevábamos meses de comer caca”, declaró con la quijada trabada por la emoción (quiero pensar), Javier “El Vasco” Aguirre, director de la selección nacional. El Angel de la independencia se llenó, las actividades laborales cesaron y las cantinas hicieron su agosto.

“Con todo respeto, ganó el talento de los mexicanos y no la preparación de obreros calificados de los norteamericanos”, apuntó un reportero extasiado en la radio. Los estadounidenses, fríos y con la cabeza clara, regresaron a entrenar sin emitir mayor protesta por los golpes que algunos aficionados norteamericanos recibieron de las porras aztecas, ni por la forma tan lamentable en la que miles de almas le mentaron la madre a su himno nacional (hipocresía de hipocresías: los mismos nacos que le chiflan al himno gringo son los primeros en rasgarse las vestiduras cuando ven un inofensivo anuncio de Burger King donde se promueven estereotipos supuestamente racistas).

Los seleccionados mexicanos, en el extremo opuesto, siguen en la celebración. Los jugadores gringos regresaron a un país donde la sociedad no los conoce y sus andanzas, si bien les va, son consignadas a las páginas interiores de los periódicos deportivos. Con un apretado triunfo en un partido mediocre, los mexicanos ahora son héroes nacionales. El contraste habla por sí solo. En México nos encanta celebrar los triunfos mediocres porque sabemos que nunca vamos a obtener las grandes victorias. Así somos: festejamos los decomisos de la guerra contra el narcotráfico porque sabemos que no es posible erradicar las drogas; nos vanagloriamos de poseer una estricta disciplina en las finanzas públicas, pero no nos inmutamos ante un decrecimiento del siete por ciento y los despidos masivos; llenamos los conciertos en el Zócalo y las exposiciones en Reforma, pero de las cada vez más evidentes fallas estructurales en el suministro de agua y electricidad del DF no emitimos queja alguna. Sabemos que si vamos al mundial, no vamos a pasar más allá de cuartos de final.

El “sí se puede” que tanto nos gusta gritar ya despide en su afirmación autómata un tufo de ruina y autoengaño. Y no es porque no podamos ni le echemos “huevos” a la hora de la verdad, como sugiere la exitosa campaña de Nike en torno a la selección de futbol, sino porque no queremos darnos cuenta que son la constancia y la preparación, y no la chispa y el deseo, las que ganan los partidos importantes. ¿Tenemos “huevos”? Sin duda, el problema es que también nos sobra mucha, muchísima “hueva”.

*Este texto se publica en la revista Deep de septiembre, donde aparecen también otro par de reportajes de mi autoría. ¡Cómprenla!

agosto 5, 2009

Pecosa y fatal

por Mauricio González Lara

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Va un sentido y sincero homenaje a los poderes de seducción de una genuina “femme fatale”.

Todos las hemos visto, así sea sólo en las fantasías más húmedas de nuestra calenturienta psique: esplendorosas y sensuales, emergen de una neblina oscura de vicio y tentación para apoderarse de nuestra alma. ¿Para qué negarlo? Desde un inicio nos sabemos utilizados y desechables; la promesa de la carnalidad plena nos obnubila y gozosos caemos en el infierno. Arder y explotar, una y otra vez. Lamentablemente, una vez en las garras del monstruo, todo es vapor que se consume con desgarrada velocidad. El más patético de los escenarios se materializa en realidad inexorable: ridiculizados y destruidos, intentáremos darle sentido a la caída, pero todo será inútil. Contra el maleficio de la mujer fatal, esa bestia cuyos hechizos pueden transformar al más centrado de los hombres en un triste muñeco de trapo, no hay escape.

Pero basta de chaquetas mentales: gusanos comunes y corrientes como tú y como yo nunca conocerán frente a frente a una clásica e iconográfica femme fatale, es decir, a esa guapísima y maligna mujer con encantos capaces de llevar a sus víctimas a suspender toda racionalidad e involucrarlos en situaciones peligrosas, delictivas y con frecuencia mortales. Rita Hayworth, Barbara Stanwyck, Sharon Stone, Megan Fox, Ninón Sevilla. Nunca las besaremos; vaya, lo más probable es que ni siquiera intimemos con una aventurera región cuatro al estilo de Edith González o, ya de plano en el esquema “teibolero”, con una humilde aspirante a Maribel Guardia que trabaje en el Royal o el Men’s club. Nuestro destino es más pedestre: claro, seremos capaces de realizar muchas acciones cuestionables (o hasta ruines) por las mujeres que queremos conquistar, pero hasta un límite, pues sabemos perfectamente que el premio de todos esos azotes no será Angelina Jolie, sino más bien una persona nada excepcional que siempre va a coger mejor en nuestra mente que en nuestra cama.

Las mujeres cotidianas sólo son verdaderamente deseables si nos las inventamos a grados tales que la diferencia entre la idea y la persona es tan marcada, tan abismal, que nuestras amigas, crueles y objetivas, nos ven con extrañeza escéptica cada vez que nos “enamoramos” y fingimos perder el control (“¿todo eso por esa gata?”, preguntan con lucidez). El panorama es desolador. Sin embargo, así como el agnóstico se niega a abandonar toda esperanza de que Dios existe, me rehúso a vivir sin mujeres fatales. Sobre todo ahora que sé que existen los milagros, como el que le sucedió a Israel Vallarta, amante de Florence Cassez.

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Francesa y peligrosa

De acuerdo con un notable reportaje publicado en la revista Proceso el pasado 5 de abril, y firmado por el reportero Homero Campa, la historia de Florence e Israel es, como todo amorío propio de una relación fatal, de naturaleza ambigua y misteriosa. Tras laborar en varios oficios menores y mal remunerados en su nativa ciudad de Calais, Francia, Florence Cassez aceptó a principios de 2003 la invitación de su hermano Sebastián (casado con una mexicana) para venir a buscar fortuna en tierras aztecas.

Como toda femme fatale que se respete, la blanca y pelirroja Florence, entonces de 28 años de edad, no tardó mucho en convertirse en un imán de amistades peligrosas, las cuales incluían a Eduardo Cuauhtémoc Margolis Sobol, un exagente del Mossad, la famosa agencia de inteligencia israelí. Margolis, avezado en asuntos de seguridad y negociación de secuestros, entabló amistad con Sebastián y juntos formaron Radiance, una agencia de productos de belleza para la que también trabajó Florence. (Dado el historial de Margolis y el hecho de que Florence fuera la encargada de recibir los productos de la aduana, las dudas en torno a que Radiance se dedicara efectivamente a la comercialización de cosméticos son más que válidas.) Como sucede con numerosas mujeres fatales cinematográficas (remember Millers crossing!), el talón de Aquiles de Florence es el amor incondicional que siente hacia su no muy brillante hermano, quien se peleó con Margolis a los pocos meses de integrada la compañía a causa de 125,000 dólares. Florence y Sebastián se separaron de Margolis y fundaron su propia empresa de cosméticos, Systemes de Sante e de Beaute (SSB).

En una exhibición de productos de belleza, Florence conoció a Israel Vallarta, quien en apariencia se dedicaba a la comercialización de automóviles. Para Israel, el flechazo fue instantáneo: atrapado en la monotonía de la vida matrimonial con hijos, Cassez era como un manantial en medio del desierto: espigada, elegante, de acento cachondo y poseedora de una intoxicante locura pecosa en toda su piel, Florence no representaba una conquista exótica más, sino que era el símbolo de todo un nuevo continente. Ella jugó con la atracción durante dos años. Tras provocar sus constantes ruegos y fintar con fallidos regresos a Francia, Cassez consiguió que Israel prometiera dejar a su esposa e hijos. Sólo así Florence aceptó ser su novia. Fueron los días más felices en la vida de Israel.

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Lealtad al mal

Lo que siguió después es conocido por todos: Israel se consolidó como el jefe de una banda delictiva que, en presunta complicidad con su novia Florence, se especializó en secuestrar familias, a las que torturaban tanto física como psicológicamente. Según los testimonios de Ezequiel Elizalde, uno de los secuestrados, Cassez parecía darse vuelo con la crueldad y constantemente le pegaba y advertía que le iba a enviar un regalito a su papá: un dedo o una oreja.

Vallarta y Cassez fueron detenidos en diciembre de 2005. En su afán por presumir la hazaña en los medios, los agentes de la AFI recrearon la captura para las cámaras de televisión varias horas después de efectuado el arresto, lo que a todas luces constituye una violación de procedimiento que en cualquier país desarrollado hubiera provocado una nulidad de juicio. Vallarta, aparte, argumenta que todo es una venganza de Margolis, quien decidió cobrarse algunas facturas pendientes. Ante estas irregularidades, el mismo mandatario galo, Nicolás Sarkozy (quien sabe una o dos cosas sobre estar enamorado de una mujer fatal), ha solicitado sin éxito que se le permita a Cassez cumplir su condena en Francia.

Florence sostiene que es inocente y que no sabía nada de las actividades de su novio. La evidencia parece condenarla. A mi juicio, el indicio más demoledor de la culpabilidad de la francesa es uno de naturaleza totalmente sentimental: pese a las salvajes torturas que recibió en los interrogatorios, Vallarta nunca ha admitido el involucramiento de su novia en los secuestros. Incluso en el infierno, el recuerdo de la belleza de Florence es tan vigoroso, tan pleno, que resulta irrenunciable. Sólo el mal puede generar tanta lealtad.

Ay Florence, antes de ocasionar tu propia ruina, ¡de cuántos horrores habrá sido responsable tu pecosa hermosura!(F)

*Este artículo se publica en una versión distinta en mi columna Perdido en el siglo, de la revista Deep. Cómprenla, o mejor aún, ¡suscríbanse!

**Este texto es un very extended mix de este otro.

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