
En México, como lo demostró nuestra reciente victoria contra Estados Unidos, celebramos los pequeños triunfos porque sabemos que no vamos a festejar los grandes.
Me caga el futbol. No se asusten: no procederé a criticar sus características enajenantes, ni me masturbaré con la idea de que es mejor leer un libro o ir a ver a la sinfónica, como suelen hacer muchos dizque intelectuales de Twitter que no pueden escribir una oración de 140 caracteres de extensión sin faltas de ortografía. Pero sí odio al pedestre fut: no permite dramas, desplantes de grandilocuencia épica o mayor intensidad que la del Perro Bermúdez gritando gooool durante dos minutos seguidos sin respirar.
¿Lo dudan? Realicemos la prueba del ácido: piensen en una película más o menos entretenida que hayan visto sobre futbol. No existen. Ni siquiera con la ayuda de la cámara lenta y la edición se puede tornar a ese paquidérmico ir y venir en un espectáculo ya no digamos trascendente, sino medianamente entretenido. El box cuenta con obras maestras como Toro salvaje y Campeón sin corona; el básquetbol, tan simplón y cerrado, ha generado la inspiradora Hoosiers, con unos muy conmovedores Gene Hackman y Dennis Hopper; el futbol americano, tan bestial y guarro, produjo Any given sunday, la mejor “peor” película de la historia (¿cómo olvidar el cursilísimo pero ultra efectivo choro de Al Pacino sobre cómo la vida es un juego de pulgadas?); hasta el muy gringo y largo beisbol cuenta con la simpatiquísima The bad news bears (la original, con Walter Matthau). El soccer, en cambio, sólo ha inspirado churros como Escape a la victoria, Atlético San Pancho y la saga de Goal!, esa serie de bodrios con el galanazo Kuno Becker. Nada más. (La delirante Shaolin Soccer, de Stephen Chow, no cuenta precisamente porque nos hace desear que el fut desafíe las leyes de la física y se convierta en algo que nunca será: deslumbrante y rápido como el kung fu.) Mientras el boxeo cuenta con iconos sociales como Muhammad Alí, y el basquetbol con agentes de cambio al estilo de Michael Jordan o El Magic Johnson, las estrellas mitológicas del soccer son el llorón y cocainómano Diego Armando Maradona y El Rey Pelé, cuya máximas contribuciones a la humanidad fuera del fut han sido anunciar Viagra y tirarse a Xuxa.
Sé que estoy solo: por una razón que se le escapa a mi pobre entendimiento (o a mi amargado corazón, para el caso es lo mismo), el futbol se ha convertido en el vaso comunicante deportivo más importante del planeta. Sobre todo en Europa y Latinoamérica, donde portar la playera de un equipo equivale para las nuevas generaciones a experimentar la misma clase de afirmación que antes se asociaba con portar la remera de un grupo de rock. Es algo que va más allá del deporte: un complejo sistema aspiracional que le permite al aficionado buscar en la cancha ese triunfo tan ausente en su cotidianeidad.
En México, el juego de espejos resulta todavía más fascinante cuando el equipo en cuestión es la selección nacional.
Entre la “hueva” y los “huevos”
El pasado 12 de agosto, tras varios meses de caminar con la cabeza baja, la selección mexicana de futbol le ganó a su contraparte estadounidense por dos goles a uno en el Estadio Azteca. El partido, si bien vital para alimentar las aspiraciones de México para ir al campeonato mundial de Sudáfrica 2010, era en esencia un encuentro más para Estados Unidos, un equipo que, hasta hace apenas unos años, era “cliente” de los mexicanos. “En el fut nos la pelan”, solía ser el comentario recurrente al interior de la fanaticada mexicana, quien solía deleitarse con las derrotas de los gringos.
Las cosas han cambiado. Desde hace ya varios meses, Estados Unidos es un equipo que, con base en el esfuerzo y el entrenamiento sistemático, ha logrado conformar una escuadra que, si bien no impresiona como la brasileña o la española, sí consigue resultados. Los mexicanos, en cambio, se habían dormido en sus laureles: pese a que en teoría son más talentosos y de mejor prosapia que los gringos, su juego durante el 2008 y buena parte del 2009 era el de de un equipo mediano de futbol llanero. Es por eso que la selección mexicana se jugaba algo más que su calificación el 12 de agosto; para México, perder equivalía a ser humillado en su casa de una manera francamente mierda. ¡Pero ganamos! Jolgorio y festejo. De la noche a la mañana, los vehementes ataques contra la selección se transformaron en loas y felicitaciones. “Ya llevábamos meses de comer caca”, declaró con la quijada trabada por la emoción (quiero pensar), Javier “El Vasco” Aguirre, director de la selección nacional. El Angel de la independencia se llenó, las actividades laborales cesaron y las cantinas hicieron su agosto.
“Con todo respeto, ganó el talento de los mexicanos y no la preparación de obreros calificados de los norteamericanos”, apuntó un reportero extasiado en la radio. Los estadounidenses, fríos y con la cabeza clara, regresaron a entrenar sin emitir mayor protesta por los golpes que algunos aficionados norteamericanos recibieron de las porras aztecas, ni por la forma tan lamentable en la que miles de almas le mentaron la madre a su himno nacional (hipocresía de hipocresías: los mismos nacos que le chiflan al himno gringo son los primeros en rasgarse las vestiduras cuando ven un inofensivo anuncio de Burger King donde se promueven estereotipos supuestamente racistas).
Los seleccionados mexicanos, en el extremo opuesto, siguen en la celebración. Los jugadores gringos regresaron a un país donde la sociedad no los conoce y sus andanzas, si bien les va, son consignadas a las páginas interiores de los periódicos deportivos. Con un apretado triunfo en un partido mediocre, los mexicanos ahora son héroes nacionales. El contraste habla por sí solo. En México nos encanta celebrar los triunfos mediocres porque sabemos que nunca vamos a obtener las grandes victorias. Así somos: festejamos los decomisos de la guerra contra el narcotráfico porque sabemos que no es posible erradicar las drogas; nos vanagloriamos de poseer una estricta disciplina en las finanzas públicas, pero no nos inmutamos ante un decrecimiento del siete por ciento y los despidos masivos; llenamos los conciertos en el Zócalo y las exposiciones en Reforma, pero de las cada vez más evidentes fallas estructurales en el suministro de agua y electricidad del DF no emitimos queja alguna. Sabemos que si vamos al mundial, no vamos a pasar más allá de cuartos de final.
El “sí se puede” que tanto nos gusta gritar ya despide en su afirmación autómata un tufo de ruina y autoengaño. Y no es porque no podamos ni le echemos “huevos” a la hora de la verdad, como sugiere la exitosa campaña de Nike en torno a la selección de futbol, sino porque no queremos darnos cuenta que son la constancia y la preparación, y no la chispa y el deseo, las que ganan los partidos importantes. ¿Tenemos “huevos”? Sin duda, el problema es que también nos sobra mucha, muchísima “hueva”.
*Este texto se publica en la revista Deep de septiembre, donde aparecen también otro par de reportajes de mi autoría. ¡Cómprenla!


