Llámenme Mike

por Mauricio González Lara

Para Alejandro Parodi (1928-2011)

Con la posible excepción de los diputados y senadores, no existen personajes más repudiados en el México moderno que los policías. Sea patrullero de tránsito, “policleto” o judicial, la figura del policía – lastimera, inquietante y grotesca, todo a un solo tiempo- ocupa un lugar central en nuestra cartografía del odio. Por ello no extraña que los relatos protagonizados por policías sean escasos en nuestra ficción, sobre todo en el cine, donde casi siempre son figuras tangenciales, hasta en los thrillers y las películas de narcos.

Sin tomar en cuenta videohomes, gendarmes cantinflescos, sosos vehículos  o curiosas excentricidades al estilo de Lo negro del negro Durazo, el cine mexicano apenas cuenta, a mi juicio, con tres películas policiacas de interés. La primera, A toda Máquina (Ismael Rodríguez, 1951) es un agradable panegírico cuya  propaganda resulta efectiva gracias a que se acepta como una buddy movie donde lo que importa no es la acción (¡esas piruetas en moto!), sino la química entre  Pedro Infante y Luis Aguilar. La segunda, Bala mordida (Diego Muñoz, 2009), es un fallido retrato de la corrupción y el juego político que impera en los cuerpos policiacos; una película cuya oscuridad se asfixia a causa  de una dirección acartonada y solemne que termina por generar bostezos (pese a contar con lo que quizá sea la secuencia más truculentamente shocking de la cinematografía nacional reciente: la impunidad como una violación de la que nadie escapa, ni siquiera sus perpetradores).

La tercera, por supuesto, es Llámenme Mike (Alfredo Gurrola, 1979), la crónica de cómo Miguel, un policía corrupto muy mexicano, se transforma vía múltiples golpes en la cabeza y una accidentada cirugía en el muy gringo Mike Hammer, el violento detective protagonista de las novelas de Mickey Spillane.

Cualquiera está expuesto a un pasón…

No hay mejor apertura en el cine mexicano que la de Llámenme Mike. Un coche atraviesa una autopista a altas horas de la madrugada; adentro, nuestros “héroes”, Miguel y sus tres compañeros de escuadrón, duros y embrutecidos por una orgía de cocaína y alcohol, debaten el futuro del cadáver de Carmelita, una prostituta cuya resistencia cardiaca no estuvo a la altura de la exigente noche. Las recriminaciones entre ellos son joyas de cinismo:

-No se mide el jefe, hojaldra. Ella ni quería.

-No quería, no quería, pero bien que se atizó. Así son las viejas.

-Ya párenle. Se enfrío y qué. Cualquiera está expuesto a un pasón, ¿o no?

Acto seguido, los policías dejan a la tiesa Carmelita sentada a medio camino, no sin antes lanzarle una flor final: “Pobre Carmelita, tan jaladora que era. Mírala ahora, ¡cadáver!”

Desde su secuencia inicial, Llámenme Mike  es un acto de equilibrio donde la crudeza y el humor se funden con perfección. Nunca hay choque entre la violencia y el absurdo cómico;  la brutalidad policiaca se muestra sin tapujos ni condescendencias, pero siempre leal al creciente contagio cómico.  A diferencia de otras “farsas” como la ya mencionada Bala mordida o Las aventuras de Mike Goodness  y el cabo chocorrol, la tira cómica escrita y dibujada por “El Fisgón”, aquí no hay sermones de corrección política que secuestren la risa. ¿Para qué? La premisa central ya lleva implícita una doble carga subversiva: uno, un policía sólo puede ser honrado si pierde la razón, y dos, la única manera en que la audiencia azteca acepte la viabilidad de un policía como héroe es si éste se comporta y actúa como un extranjero, así sea un gringo tan reaccionario y grotesco como Mike Hammer. Ese es el triunfo de Gurrola en esta cinta: asumir que la comedia no puede estar sujeta a otra agenda que no sea el desmadre y la desacralización.

Ninguna autoridad sale viva. Miguelito realmente no se convierte en Mike debido a la paliza que recibe en la cárcel por parte de los delincuentes que torturó, sino por la negligencia de los médicos que de plano no saben cómo operarlo. No hay figura de orden que sea confiable o que valga la pena escuchar. El manicomio de Llámenme Mike -una zona de disrupción ubicada  entre Duck Soup, de los hermanos Marx, y Shock Corridor, de Samuel Fuller- es una de las alegorías más afortunadas del México contemporáneo, un universo cerrado donde un sinfín de personajes alienados predican lo que quieren sin escuchar ni respetar al otro.

La disrupción no sólo está presente en la historia: Llámenme Mike presenta una serie de juegos formales –largas yuxtaposiciones de cámara lenta, transiciones temporales sin corte, caprichosos pero efectivos encuadres- francamente vanguardistas para su época y contexto, tan plagado de directores incapaces de filmar una simple conversación. Gurrola nunca volvió a alcanzar ese nivel.

Parodi, Parodi, Parodi

El cine mexicano siempre ha menospreciado el talento de sus actores, sobre todo el de aquellos que no se identifican con sus expresiones más pretenciosas. Llámenme Mike es un luminoso aparador en el que podemos ver a todos esos actores que debieron ser mejor aprovechados por su industria. El ensamble es sensacional, por mucho la banda de malandrines más cagada del cine de los últimos 40 años: Víctor Alcocer, Carlos Cardán, José Najera, Humberto Elizondo, Roberto Dumont, Juan José Gurrola, y desde luego, Sasha Montenegro y su fallida femme fatale.

El más notable, sin embargo, es Alejandro Parodi. De temible erizo a paranoico vigilante, la metamorfosis de Parodi es algo más que un tour de force; es el vital testimonio de un actor que merece ser revalorado como el grande que fue.

En verdad se lo debemos.

 

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