El mundo no se acabará el próximo año, pero sí hay razones para sentir miedo, mucho miedo.
Tengan miedo, tengan mucho miedo: el fin del mundo se aproxima. El 2012 está a la vuelta de la esquina y el apocalipsis, de acuerdo con fuentes que van desde los mayas hasta los más pintorescos videntes europeos, es inevitable.
El terror al 2012 –“la docefobia”- es una epidemia para la que no hay cura: la intensidad del discurso catastrofista crecerá hasta volverse moda. Ni modo. Una vez finalizado el próximo año, la angustia se disipará hasta que los agoreros del desastre encuentren un nuevo pretexto para anunciar el inicio de un nuevo ciclo fatal.
Nos encanta vaticinar el fin del mundo, así como nos fascina pensar que somos la única generación obsesionada con el concepto. Es una asunción falsa: la idea apocalíptica es una constante en el desarrollo de la humanidad; una cuestión de ego y conciencia. No podemos concebirnos insignificantes frente al gran estado de las cosas, por lo que atamos la vida del planeta a la de nuestra corta existencia. Ian McEwan, autor inglés de Atonement y The Child in Time, lo explica con nitidez:
“Existe una noción muy poderosa en la historia de la cultura, la idea del fin. Que tendemos a pensar que vivimos el fin de los tiempos por el simple hecho de acomodar esa percepción a nuestra propia muerte. Una manera de reconciliar nuestro destino individual con el del mundo. Para mucha gente, sobre todo quienes tienen fuertes creencias religiosas, la idea de morir en medio de nada y que todo continúe es intolerable.”
La religión, bajo la lógica de McEwan, es un agujero negro de solipsismo: nos empuja a creer que el mundo comienza y termina con la persona que lo contempla; una vez muerto el individuo, éste ingresa a un estadio espiritual en el que encuentra su verdadera felicidad, invencible y eterna.
Creemos que la existencia gira a nuestro alrededor, por lo que imaginar un mundo indiferente e independiente a nosotros es doloroso. Instalados en el egocentrismo, pensamos que si nuestro destino es la muerte debe ser porque el destino de todo es la extinción. Es un gesto tan ridículo como épico: nuestra muerte no será un hecho aislado y sin importancia, sino resultado del apocalipsis. Ante esto, cualquier profecía o superstición es valiosa para asumir que, en efecto, el fin del mundo se acerca.
No se necesita ser creyente para estar convencido de que se aproxima el fin del mundo. Muchos laicos están convencidos de que la muerte de todo está a menos de un lustro. El calentamiento global y la depredación ambiental, nos dicen, terminarán en cuestión de años con el planeta. Es una verdad a medias. Nadie duda que si no asumimos firmes posturas de sustentabilidad la humanidad experimentará severos problemas, pero darle un sentido de inminencia apocalíptica es una trampa carente de todo rigor científico. Falta mucho para eso. El fundamentalismo ecológico asumido como sagrado absoluto se torna cada vez más chocante.
El único peligro apocalíptico real –el de las grandes bolas de fuego y la destrucción total- sigue siendo la amenaza nuclear; ya no proveniente de un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la otrora Unión Soviética, pero sí de grupos terroristas que consigan apoderarse de armas nucleares y decidan detonarlas indiscriminadamente. En todo caso, tal destrucción supondría genocidios en altas concentraciones de población, aunque ya no el fin del mundo como lo conceptuábamos durante la guerra fría.
En resumen, la buena noticia es que mundo no terminará en el 2012, la mala es que no será un año sencillo. Recesión económica, desempleo, elecciones, turbulencia social, violencia. El mundo no explotará en llamas el próximo año, pero sí, tengan miedo, tengan mucho miedo.
+Este texto se publicará en un formato distinto en la revista Deep del mes de septiembre.
